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Democracia en América Latina: la oportunidad en medio de la amenaza

Laura Gamboa, doctora en ciencias políticas y profesora de Democracia y Asuntos Globales en la Escuela Keough de Asuntos Globales en la Universidad de Notre Dame (EE. UU.), advierte una crisis de representación, más que un giro ideológico.

Hugo Santiago Caro

01 de mayo de 2026 - 07:00 a. m.
Gamboa visitó Colombia como parte del Simposio Educar para la democracia de la Universidad Javeriana. /cortesía Universidad Javeriana.
Foto: Cortesía
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Renunció el director del centro electoral en Perú después de dos semanas contando votos. ¿Qué es lo primero que se le viene a la cabeza al pensar en esto?

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La situación es como una tormenta perfecta. Por un lado, tienes un sistema electoral muy desprestigiado durante muchos años, no necesariamente porque fuera malo, sino porque había actores que insistían en que el sistema era fraudulento, denunciaban irregularidades inexistentes y declaraban ilegítimas las elecciones. Ese discurso se fue construyendo con el tiempo. A eso se suma un Congreso supremamente nocivo, autoritario, dirían algunos peruanos. Yo suscribo la idea de que es un Congreso con tendencias autoritarias, y también con mucha desconfianza en el sistema electoral.

Luego vienen estas elecciones, que ya eran complicadas, y se presenta una serie de errores técnicos. Hubo problemas claros: en algunos puestos se acabó el material electoral, se planteó que algunas personas votaran al día siguiente. Entiendo todo ese contexto. Son errores garrafales bajo cualquier circunstancia, pero aún más graves en un clima de desconfianza. Si hubiera confianza en la autoridad electoral, probablemente se habrían interpretado de otra manera. Estamos viviendo un momento en América Latina —y esto se puede ampliar un poco más— especialmente tenso, o son procesos normales de cambio político. Es una pregunta difícil, porque si uno mira el largo plazo, la región ha vivido situaciones mucho más graves: las dictaduras de los años 70, las guerras civiles de los 80, con niveles de violencia, desapariciones y torturas que hoy no estamos viendo.

Hoy hay más ojos internacionales y más mecanismos de respuesta. Incluso en casos como Venezuela, donde la situación de derechos humanos es dramática, existen herramientas que se han fortalecido desde la tercera ola democrática de los 80 y 90, que permiten respuestas más rápidas, aunque no siempre tan efectivas como se quisiera. Entonces, si comparamos con América Latina de los 50, 60 o 70, estamos mejor. Pero si la comparación es con los 90 o comienzos de los 2000, el panorama cambia: hoy es una región mucho menos optimista.

En los 90 había una sensación de que la democracia había llegado para quedarse, una confianza profunda en el modelo de mercado y en que el crecimiento iba a arrastrar a todos. La idea del “fin de la historia” de Fukuyama. Lo que ha mostrado la historia es que no fue así. Muchas poblaciones se quedaron atrás y empezaron a preguntarse “¿y nosotros qué?”. Y ahí aparecen líderes muy hábiles que canalizan esas frustraciones, a veces de formas claramente antidemocráticas.

¿Cómo diferenciamos que sean cambios de rumbo de que sea una democracia que se esté debilitando?

Son las dos. Creo que cualquier crisis solo permite esperar que salga algo mejor. Esto ha sido cierto en términos de cómo los politólogos pensamos la democracia, en términos de olas. Entonces, la primera ola de la democracia es cuando se genera el sufragio universal a comienzos del siglo XX; la segunda ola es el periodo de entreguerras, cuando ves que se les da el voto a las mujeres por un lado, pero también desaparecen muchas dictaduras de los años 30 y hay una serie de movimientos democráticos; y luego viene la tercera ola, que sería tras las transiciones de los años 80, 90 y 2000. Creo que de cada una de esas ha salido una democracia un poquito mejor.

En cierta medida, creo que esta es una crisis que era inevitable y que ojalá, con algo de suerte, nos permita repensarnos como país, o a los diferentes países, y repensarnos como región. Creo que es muy diciente el rol que está jugando —o dejando de jugar— Estados Unidos en esto. Creo que hacia adelante también nos toca repensar nuestra relación con Estados Unidos. Pero, por el otro lado, especialmente si no estamos pensando en un horizonte tan largo, sino en uno más corto, sí es una realidad muy ruda.

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Pensar, por ejemplo, en El Salvador: una guerra, una dictadura de décadas, cientos de miles de muertos, víctimas, desaparecidos, torturados; una democracia que les costó sangre a los salvadoreños y que hoy está desapareciendo. Se puede pensar también en México, donde la dictadura fue menos brutal —no que no tuviera sus brutalidades—, con una transición en el 2000 relativamente suave, pero hoy tenemos un ejecutivo que cooptó cortes, Congreso y organismos de control.

Entonces, en el corto plazo sí es supremamente preocupante, y se empiezan a ver las consecuencias. Venezuela es como el caso adelantado: les lleva unos 15 años a estos países. Si siguen esa misma trayectoria, las consecuencias humanitarias son desastrosas. Y un país como Venezuela, si hubiera una transición a la democracia mañana, no se reconstruiría sino en 20 o 30 años.

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¿Qué espacio tiene la idea y la noción del sur global?

Mi sensación es que uno de los mecanismos para mantener las democracias en la región fue un cambio: el fin de la Guerra Fría. Una vez Estados Unidos dejó de pensar en amigos y enemigos en términos ideológicos y empezó a considerar el valor de tener regímenes democráticos en la región, empezó a cambiar dónde ponía las cargas.

Y eso le favoreció a la democracia. De hecho, si vemos ejemplos tan recientes como el de Guatemala, la victoria de Bernardo Arévalo no hubiera sido posible sin la presión de Estados Unidos, ¿cierto? Pero ese Estados Unidos prodemocrático ha desaparecido o se ha vuelto mucho más volátil. Ahora tenemos otro tipo de hegemón en la región, o uno menos estable, donde su posición frente a la democracia varía dependiendo de quién es el presidente, cuál es el partido que gobierna. Cualquiera de las dos.

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Creo que, de ser así, vale repensarse cómo generamos mecanismos que protejan la democracia que no dependan de Estados Unidos. Creo que vale la pena repensar organizaciones regionales; creo que vale la pena repensarnos como América Latina y cómo generamos mecanismos de protección de la democracia, y de repensar la democracia, porque la que teníamos era claramente imperfecta.

¿La polarización y lo que estamos viviendo ahora están llevando a que el electorado repiense, o al menos mire con menos rechazo, los legados de las dictaduras? El presidente en Chile es hermano de un Chicago Boy y, por muy poco, la favorita en Perú es hija de un dictador. ¿Puede ser que ese legado se esté revisando, o más bien “revisionando”?

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Yo no sé qué tanto se está revisando, porque a mí me parece muy difícil desaprender las lecciones que hemos aprendido y la memoria colectiva que hemos construido. Yo creo que, si tú le dices a cualquier persona en Chile “vamos a volver a la época de las desapariciones”, te van a decir: “No, no, no, no se puede desaparecer personas, eso está mal”.

Lo que creo es que hay una combinación de otras cosas. Primero, creo que en Chile y América Latina, con poquitas excepciones —Colombia incluida—, hemos visto un rechazo al incumbente, a la persona que está en el poder, ¿cierto? Entonces es un voto en contra. No necesariamente es a favor de, es un voto en contra.

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Hace poco vi datos en El Salvador, donde existe esta famosa teoría de que la gente decidió que la democracia no importaba porque les da seguridad. Parece que los datos y la información están cambiando: sí, efectivamente la gente está contenta con la seguridad, la popularidad de Bukele sigue muy arriba, pero la preocupación por las libertades civiles y el estado de esas libertades en El Salvador también está subiendo.

Creo, primero, que la noción que tiene la gente de democracia no es homogénea y no es necesariamente la que nosotros pensamos. Segundo, creo que la democracia ha fallado. La gente dice que ha fallado en dar seguridad y en dar justicia, y yo creo que eso es cierto, pero creo que, ante todo, ha fallado en términos de representación. O sea, a lo largo de América Latina creamos partidos muy buenos coordinando élites, pero muy malos canalizando demandas. Entonces, cuando las demandas no se canalizan, es muy fregado. Creo que eso pasa, y llegan Bukele, Milei, Chávez, y les dice: “Yo les canalizo sus demandas. Denme el poder a mí y yo se las canalizo”. Y a eso la gente le da un margen.

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Hay una historia muy bonita que me contaron de las elecciones en 2024 en Venezuela, y es que la oposición no hubiera podido recoger las actas electorales si no hubiera sido gracias al trabajo de los chavistas, de activistas y líderes comunitarios chavistas que hasta 2024 creían firmemente que Maduro era un presidente democráticamente elegido.

Y lo que lograron esas elecciones fue romper la ilusión de la victoria electoral del chavismo. Entonces, esas fueron las mismas personas que salieron a protestar, a decir: “No, no, no, señores, muy chavistas, pero nosotros lo que creemos es en la democracia y en el voto de las mayorías”. Entonces, yo no creo que haya un romanticismo de las dictaduras. Lo que creo más bien es que hay un rechazo y, de verdad, una expresión de una serie de heridas y de necesidades que no se han respondido.

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¿Podríamos decir entonces que seguimos con el voto castigo como bandera en Latinoamérica?

No me atrevería a dar una respuesta categórica. Creo que hay voto castigo, pero no en toda América Latina. Entonces, en México, por ejemplo, se reeligió el partido de gobierno y yo creo que ese respaldo es real; esto no es un artificio de que alguien se robó la elección. Creo que Gustavo Petro va a salir con una popularidad alta —por lo menos eso pareciera hasta el día de hoy—. Vamos a ver, porque de aquí a agosto quién sabe qué pueda suceder, pero el que lidera las encuestas en este momento en Colombia es Iván Cepeda, y ahí está. Milei, que acaba de ganar las elecciones regionales, también muestra eso. Entonces, yo no me atrevería a decir que hay voto castigo, pero tampoco me atrevería a decir que los outsiders o los líderes con tendencias autoritarias, o con una trayectoria menos sacrosanta, han ganado porque la gente no apoya la democracia. Creo que ahí hay una combinación de otras cosas que están pasando.

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¿Qué tienen líderes como Milei, como Bukele, como Kast, que, aunque pareciera que podemos meterlos en un mismo costal, también tienen sus diferencias?

Yo creo que tienen en común lo mismo que tuvieron en común Álvaro Uribe en su momento, Hugo Chávez, Evo Morales, Andrés Manuel López Obrador. Creo que, independientemente de si son de derecha o de izquierda, quisiera pensar —no estoy segura de que esto sea cierto para todos— que son personas que tienen ideologías relativamente fuertes y unas ideas claras de lo que tiene que suceder en el país.

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Pero como las democracias no son regímenes que se prestan para decisiones radicales y rápidas, sino para decisiones negociadas, lentas y, normalmente, aquellas en las que todos podemos estar de acuerdo —pero no necesariamente las que nos gustan—, creo que son presidentes que ven en las instituciones obstáculos para lo que ellos creen que tiene que ser el programa de gobierno que va a salvar al país. Entonces, creo que son personas que dicen: “No, pues es que yo creo que toca agarrar por acá, por la derecha”. Y la Corte les dice: “No, usted tiene que irse más bien por el centro, porque no se puede”. Y responden: “Pues deshagámonos de la Corte”. Y creo que eso es cierto para todos estos casos.

Ahora, creo que en algunos de estos hay menos ideología y más personalismo, interés en enriquecerse y en protegerse en términos jurídicos, digámoslo así. Ese es el caso de Nayib Bukele, por ejemplo. Ha brincado por varias opciones políticas y, más allá de si es un líder de izquierda o de derecha, es un líder con muchas patas en distintas ollas de recursos, con una serie de “guardados”. Y estar en el poder es lo que lo protege de que no lo persigan judicialmente.

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¿Qué nos dice todo lo que pasa en la región de los partidos tradicionales?

Yo creo que los partidos tradicionales se durmieron en los laureles. Creo que esto nos dice cosas que me parecen no necesariamente negativas. Por ejemplo, que los mecanismos tradicionales de clientelismo ya no funcionan. Ese clientelismo con el que varios politólogos hicieron carrera, que todos criticábamos, que disminuye la capacidad de la democracia de representación y de efectividad, yo creo que está muy debilitado.

El peronismo, por ejemplo, era el partido clientelista por naturaleza: ganaban elecciones a punta de distribución de recursos del Estado entre sus redes clientelares y fueron incapaces de movilizar a los votantes. Yo creo que algo similar está sucediendo en Colombia con los clanes tradicionales; creo que están teniendo más dificultades para movilizar votos.

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Por otro lado —y yo insisto mucho en esto—, que los partidos tradicionales decidieron que no tenían que trabajar en temas de representación, precisamente porque la gente votaba por ellos por vía de otros mecanismos. Y, por el camino, fueron dejando a un lado a muchas personas, especialmente a quienes no están representadas. Entonces, si tú perteneces a un sindicato, de alguna forma ese sindicato tiene conexión con algún partido, normalmente, o con algún mecanismo de representación. Pero si tú eres un vendedor ambulante, no tienes canal.

Entonces, estas poblaciones no representadas, no agrupadas —y esto es resultado de una serie de medidas que han debilitado los sindicatos, que han debilitado los movimientos sociales, que han debilitado este tipo de organizaciones que existían en la sociedad y que de alguna forma articulaban demandas con los partidos políticos—, todas estas poblaciones que no están agrupadas ni organizadas de ninguna forma también tienen demandas, ideas, derechos y necesidades. Y los partidos tradicionales no encontraron mecanismos para incorporarlas.

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¿Qué sintió en las elecciones a Congreso colombiano cuando veía las coaliciones, cuando veía todos los logos agrupados?

Debo decir muy honestamente: primero, como votante afuera, la circunscripción extranjera es un poco un desastre natural. No hay señales claras. Yo soy politóloga, estoy enterada de esto, es lo que trabajo, y me costó averiguar quiénes eran los candidatos de la circunscripción. Empecemos por ahí.

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Habiendo dicho eso, para el Senado, donde hay unas señales más claras, mi sensación es que las cosas están mejor hoy que antes. Tengo la sensación de que el Senado tiene menos alianzas de las que tiene la Cámara, porque la Cámara es una competencia más regional y se pelea en términos regionales. Entonces, creo que esa es otra competencia, y por eso tampoco puedo decir mucho, porque en el extranjero esto no funciona de la misma forma.

El Senado, creo que es algo más partidista y, la verdad, yo soy un poquito optimista con respecto a esto, porque mi sensación es que lo que está pasando en Colombia es que estamos teniendo opciones más claras. Bueno, malo o regular, el gobierno de Gustavo Petro ha logrado fortalecer la izquierda y ha logrado fortalecer un partido de izquierda, ¿cierto? Bueno, malo o regular, Álvaro Uribe lleva ya varios años fortaleciendo un partido de derecha.

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Y claro, tenemos a los “abelardos” y a otras figuras, pero en general creo que hay dos partidos que no son los tradicionales —aunque puedan tener gente tradicional— que se están, de alguna forma, reajustando a una serie de preguntas y clivajes que nunca habían sido parte del debate político en Colombia.

El debate político en Colombia, hasta 2018, se daba alrededor de la guerra. Hoy en día hablamos de reforma a la salud, de reforma pensional y, de alguna forma, creo que se están estructurando dos opciones alrededor de eso, con ofertas de un lado y del otro, para que cada cual escoja lo que le parece. A mí esto me parece positivo. Habrá que esperar qué pasa.

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Pensando en la oposición venezolana, ¿qué errores puede cometer una oposición para terminar fortaleciendo un gobierno que concentra el poder?

Juzgar o pensar las estrategias de la oposición toca hacerlo de manera justa frente a los retos que enfrenta. Una cosa era oponerse a Hugo Chávez entre 1999 y 2006, incluso hasta 2010, y otra muy distinta es hacerlo entre 2010 y 2017, y otra aún más diferente entre 2017 y 2026, simplemente porque el régimen se ha vuelto más autoritario y los espacios disponibles son más limitados.

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Creo que, en los primeros años de un proceso de erosión democrática, la gran ventaja de estos procesos graduales es que no son como un golpe, como en Chile, donde llegan los militares y la gente sale a las embajadas. Aquí lo que hay son oposiciones que todavía tienen curules en el Congreso, instituciones relativamente independientes —unas más, otras menos—. Creo que el objetivo de la oposición debe ser proteger esos recursos y utilizarlos de manera inteligente. Y la mejor forma de protegerlos es no arriesgarlos con lo que yo llamo estrategias maximalistas o radicales.

La oposición venezolana, en mi opinión, cometió tres errores clave: el golpe de Estado de 2002, que le permitió a Hugo Chávez purgar las Fuerzas Armadas; la huelga petrolera entre 2002 y 2003, que le permitió purgar PDVSA y luego utilizarla políticamente; y, finalmente, el boicot electoral de 2005, que fue un error grave porque le entregaron el Congreso sin dar la pelea.

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La lógica, independientemente del momento del proceso de erosión democrática en el que estés, es que las jugadas autoritarias deben ser tan costosas como sea posible para el líder autoritario. Eso no significa que no las logre, sino que no se las vas a regalar.

Así, creo que la oposición venezolana ha tenido momentos muy buenos y muy malos. Esa primera etapa fue muy mala, pero aprendieron y empezaron a participar en elecciones. El problema es que, cuando lo hicieron, las condiciones ya eran mucho más difíciles que en 2000 o 2006. Aun así, lograron organizarse, coordinarse, establecer reglas de cooperación y ganaron las elecciones de 2015 contra todos los pronósticos.

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Luego llegaron al Congreso y, de alguna forma, esa estructura de coordinación se desordenó. La dirección de la oposición la asumió la Asamblea Nacional, con una rotación de dirigentes de distintos partidos, y con un objetivo ambiguo de sacar al gobierno, primero con un referéndum que no funcionó y luego, en 2019, con un intento de reinterpretar la Constitución para generar un vacío de poder, que tampoco funcionó.

En algún punto, lo que termina pasando es que la oposición que pide reformas más radicales tiene su base fuera del país, responde a una diáspora con necesidades específicas; mientras que la oposición que apuesta por cambios más graduales e institucionales está dentro del país y responde a la gente que sigue allí. Eso fue evidente en las elecciones del año pasado. Y es muy difícil, porque no puedes ignorar a la diáspora, pero tampoco a quienes están dentro. Se necesita algún mecanismo de coordinación, porque en este momento la brecha entre esas dos facciones de la oposición es más grande que la brecha entre la oposición y el gobierno, y se enfrentan con mucha dureza.

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Parte de lo que debería pasar es lograr algún tipo de coordinación. Uno de los roles positivos que jugó el gobierno estadounidense durante la administración Biden fue generar incentivos para eso. Sin esos incentivos, es muy difícil que la oposición funcione de manera cohesionada. Además, los intereses son muy distintos. Entre otras cosas, porque hay una diferencia grande entre ser candidato presidencial y ser un agente de democratización. El candidato presidencial tiene que ganar elecciones y, para eso, necesita ser popular, especialmente con ciertos sectores. El agente de democratización, en cambio, tiene que construir acuerdos que muchas veces son impopulares, porque esa suele ser la única forma de lograr una transición democrática.

Nos quedan Perú, segunda vuelta, Colombia y Brasil. ¿Cómo va a terminar 2026 para Latinoamérica?

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No me atrevo a contestártela. Esa es la respuesta: no tengo ni idea. Y creo que no tengo ni idea, porque nadie la tiene. Te puedo decir qué espero. Yo espero que la segunda vuelta en Colombia sea la posibilidad de escoger entre dos candidatos que se comprometan a proteger las instituciones, independientemente de sus políticas públicas.

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Por Hugo Santiago Caro

Periodista de la sección Mundo de El Espectador. Actualmente cubre temas internacionales, con especial atención a derechos humanos, migración y política exterior.@HugoCaroJhcaro@elespectador.com
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