Visto desde Colombia, las imágenes de la Guardia Nacional de Estados Unidos dispersando a manifestantes con bolillos y bombas de humo recuerdan escenas pasadas, en épocas de paros nacionales y de la actuación del antiguo Esmad. Sin embargo, esto ocurre actualmente y muy lejos de aquí: en California, EE. UU.
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El despliegue de uniformados para responder a las protestas por decenas de arrestos brutales a manos de agentes del ICE (Servicio de Control de Inmigración y Aduanas) ha dado lugar a videos que trascienden por su crudeza y muestran la delgada línea de la represión en estos eventos, concentrados principalmente en Megalópolis, una comunidad de mayoría latina en California.
Comunidades como esta han sido el blanco de violentas redadas de los agentes migratorios, cuyo actuar parece alinearse con la imagen de gobierno de Trump, convirtiéndose en una especie de performance o exhibición. “Agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de EE. UU. aparecen con ropa oscura, algunos con mascarillas o bragas en el cuello que les dan apariencia de bandidos. Las personas a las que se dirigen pueden estar caminando por la calle, sentadas en un auto o realizando actividades cotidianas. Pocos presentan un comportamiento delictivo evidente”, cuenta el medio estadounidense “The Atlantic”, que resume cómo las tácticas represivas del ICE han generado rechazo entre los ciudadanos.
En cifras concretas, según una encuesta de “The Washington Post”, ABC News e Ipsos a finales de abril, el 53 % de los estadounidenses reprueban la gestión migratoria de Trump frente a un 46 % que la avala. Cabe recordar que esa fue la principal bandera de Trump en campaña y la razón por la que convirtió esto en todo un espectáculo político, con imágenes dramáticas y llenas de violencia en los arrestos, que, entre otras cosas, solo indican la radicalización de un proceso estándar de detención para estos agentes.
Trump no es el que más ha deportado
En retrospectiva, y a pesar de las promesas de millonarias deportaciones que hizo Trump durante la campaña, los gobiernos demócratas de Barack Obama y Joe Biden deportaron considerablemente más migrantes que Trump en su primer mandato. Obama, en dos períodos, deportó más de 3 millones de personas; Biden superó los 2,8 millones y, en el año fiscal 2024, deportó 271.000 migrantes (la cifra anual más alta en una década). Trump, por su parte, entre 2017 y 2021 deportó aproximadamente 2 millones de migrantes. Todas estas cifras provienen de la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos.
La diferencia, entonces, radica en que los demócratas actuaron por rutina, respondiendo a las dinámicas migratorias como cualquier otro fenómeno que exige atención gubernamental. Trump, en cambio, ha hecho de esta cuestión su bandera política y la ha instrumentalizado, lo que podría jugarle en contra. Según “The Atlantic”, así como los estadounidenses rechazan la brutalidad, empiezan a comparar este proceder con el de regímenes autoritarios en el mundo.
Un revés peligroso
“Trump está tratando de dar una imagen dramática de que está cumpliendo y mostrando mucha fuerza. Pero aquí vale la pena preguntarse si en realidad se está perjudicando a sí mismo, porque estas imágenes ya caen en el desprestigio”, explica Alejandro Bohórquez Keeney, analista y docente de la Universidad Externado de Colombia.
¿Está cumpliendo? Desde 2024, Trump prometía una ofensiva implacable, apuntando a deportar a más de 11 millones de migrantes en situación irregular en Estados Unidos (aunque menos del 5 % cuenta con antecedentes penales). Sin embargo, desde el 20 de enero, fecha de su posesión, ha deportado entre 142.000 y 150.000 migrantes, según datos del Departamento de Seguridad de EE. UU. y Reuters, mientras que entre febrero y abril de 2024 Joe Biden deportó más de 195.000. Nuevamente, la ofensiva parece más mediática que efectiva.
Además, la gestión migratoria no se reduce a deportar. Una de sus primeras órdenes ejecutivas estuvo destinada a frenar los ingresos declarando emergencia en la frontera sur con México para detener el flujo migratorio. El fenómeno es, al menos, una crisis de doble vía.
“Creo que existe la tendencia a asumir que si la gente es escéptica o le desagrada la inmigración, simplemente se conformará con cualquier cosa. Pero hay límites. A la gente no le gusta el caos en la frontera. Si se deporta a las personas de forma aleatoria y sin el debido proceso, también es bastante caótico”, afirmó a “The Atlantic” el politólogo Alexander Kustov, de la Universidad de Carolina del Norte en Charlotte, especialista en migración.
El verdadero termómetro, como ocurre con cualquier causa política, serán las elecciones de medio término en 2026, cuando el electorado decidirá si refrenda o no la causa republicana de Trump. Mientras tanto, y en un clima aún tenso, las protestas continúan. Por un lado, la administración sufre reveses como el regreso de Kilmar Ábrego a EE. UU. por orden judicial, tras haber sido deportado por error. Por otro, la disputa en California —al igual que muchas otras decisiones de Trump— se ha convertido en un pulso entre poderes estatales y federales, con acusaciones cruzadas entre la Casa Blanca y el gobernador demócrata Gavin Newsom, e incluso con sugerencias del propio presidente de que Newsom debería ser arrestado por su papel en esta crisis.
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