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Diana, la cazadora de choferes

La asesina se define como una vengadora de las mujeres abusadas sexualmente en esa población fronteriza con los Estados Unidos.

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Sebastián Jiménez Herrera
03 de septiembre de 2013 - 11:35 p. m.
Manifestantes con máscaras en una protesta por los asesinatos ocurridos en Ciudad Juárez. / Reuters
Manifestantes con máscaras en una protesta por los asesinatos ocurridos en Ciudad Juárez. / Reuters
Foto: REUTERS - STRINGER/MEXICO
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“Soy un instrumento que vengará a varias mujeres, que al parecer somos débiles para la sociedad, pero no lo somos; en realidad somos valientes, y si no nos respetan nos daremos a respetar por nuestra propia mano. Las mujeres juarenses somos fuertes”, reza un comunicado enviado a varios medios de comunicación de Ciudad Juárez, México. Quien firma se hace llamar “Diana, la cazadora de choferes” y se atribuye la muerte de dos conductores de bus: Roberto Flores, de 45 años de edad, y Alfredo Zárate, de 32 años.

Flores, conductor del bus 718, fue asesinado el pasado 28 de agosto cuando una mujer —según los testigos, de unos 50 años, 1,65 metros de altura, morena, vestida de negro y con el pelo tinturado de rubio— subió al vehículo y le disparó seis tiros en la cabeza. Zárate, conductor del bus 744, fue asesinado en circunstancias similares apenas 24 horas después. Al otro día, Ciudad Juárez escuchaba por primera vez de Diana, la cazadora de choferes.

En su comunicado, Diana agrega: “Mis compañeras y yo sufrimos en silencio, fuimos víctimas de violencia sexual de choferes que cubrían el turno de noche de las maquilas aquí en Juárez, y aunque mucha gente sabe lo que sufrimos, nadie nos defiende ni hace nada por protegernos”.

Entre 1993 y 2013 se han presentado en Ciudad Juárez cerca de 700 feminicidios, de acuerdo con organizaciones defensoras de los derechos de las mujeres. Son cerca de 700 mujeres que en su mayoría fueron secuestradas, violadas, torturadas, asesinadas, descuartizadas y dejadas a la vera del camino.

Dos de los primeros feminicidios reportados fueron los de Alma Chavira Farel y Angélica Luna Villalobos. La primera fue raptada, abusada y estrangulada. Tenía apenas 13 años de edad. Luna, por su parte, fue secuestrada, electrocutada y asfixiada. Tenía 16 años de edad y seis meses de embarazo.

En 2009, México fue condenado por la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) por no dar con los responsables de las muertes de las adolescentes Laura Berenice Ramos, Esmeralda Herrera y Claudia Ivette González, ocurridas en 2001. Este proceso fue conocido como el Caso del Campo Algodonero, debido a que muchas de las mujeres violadas fueron abusadas y asesinadas en un sector de Ciudad Juárez conocido con ese nombre. Este año se han presentado 25 feminicidios.

“Creen que porque somos mujeres somos débiles. Y puede ser que sí, pero sólo hasta cierto punto, pues aunque no contamos con quien nos pueda defender y tenemos la necesidad de trabajar hasta altas horas de la noche para mantener a nuestras familias, ya no podemos callar estos actos que nos llenan de rabia (...). Ante la ausencia de eficacia de las autoridades para defender a las trabajadoras de los abusos de esos conductores, seguirá el ajuste de cuentas contra los degenerados”, advierte la presunta asesina en su comunicado.

Los medios mexicanos señalan que la Fiscalía de ese país apenas se ha pronunciado al respecto. El ente investigador no ha dicho más que obviedades, como que, según sus investigaciones, cabe la posibilidad de que los asesinatos de estos dos choferes hayan sido producto de una venganza. Las autoridades de Ciudad Juárez están alertas y uniformados vestidos de civil acompañan a los conductores, principalmente a los de la ruta 4, a la que estaban adscritos los dos choferes asesinados.

Sin embargo, el comunicado de la presunta asesina ha sido opacado por la reciente captura del supuesto jefe del cartel de Juárez, Alberto Carrillo Fuentes, alias Betty La Fea, y por la sanción que se le impuso al comandante de la Policía de esa ciudad fronteriza con Estados Unidos, Julián Leyzaola Pérez, por torturas y abusos cometidos durante el tiempo en el que estuvo al frente de la Policía de Tijuana, sanción que, no obstante, sólo le impide ejercer cargos públicos en Tijuana.

El caso de Diana, la cazadora, acapara cada vez más la atención de los habitantes de una ciudad acostumbrada a la muerte de periodistas, de policías y de mujeres; acostumbrada al narcotráfico, al contrabando, a los abusos en los cientos de maquilas que hay en Ciudad Juárez; acostumbrada a la impunidad que rodea todos estos crímenes.

Diana, la cazadora, se hizo tan criminal como aquellos a los que dice perseguir. Sus desdeñables actos, sin embargo, puede que hagan despertar a una población que, durante 20 años, se ha acostumbrado a toparse con los cuerpos descuartizados de cientos de mujeres.

jjimenez@elespectador.com

@juansjimenezh

Por Sebastián Jiménez Herrera

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