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Ejército universal

“Pienso que la lección de esta elección es que no existe diferencia entre tomarse las calles y ocupar las redes sociales,” para sobrepasar al algoritmo, me dice mi amigo Marcus de Matos. Marcus es brasilero, joven profesor en la Universidad Brunel de Londres y uno de los promotores de Exército do Lula, el canal de WhatsApp abierto por André Janones y el PT para formar, comunicarse y hablar con “el mayor ejército democrático del mundo”.

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Unos diez millones seiscientas mil personas, dentro y fuera de Brasil, hacen parte de dicho ejército. “Este canal es el arma más importante con la que contamos para darle la vuelta a la marea y hacerla resonar en favor de Lula”, apunta Marcus. Me cuenta que el Tribunal Superior Electoral (TSE), equivalente en Brasil del CNE colombiano, liderado por un aliado de los Bolsonaro, intentó cerrarlo antes de las elecciones. Por ello, el objetivo era conseguir diez millones de seguidores en corto tiempo e invitarlos a un espacio que sentía confiable, como la sala de la casa donde el tío que sabe nos da confianza para distinguir lo verdadero de lo falso, demostrar esa fuerza al TSE y prevenir que fuese bloqueado. Al tiempo se amplificaban voces plurales y un estilo de campaña con gente de verdad, no bots, tanto en redes como en las calles destinado a superar el bloqueo impuesto por Meta y X/Twitter a los posteos de Lula.

“Para ganar necesitamos ambas cosas”, afirma Marcus, ocupar las calles y las redes sociales para movilizar afectos, votos y razones. El viernes antes de elecciones, Marcus se subió a un cajón de madera en una calle de Londres para dirigirse a un numeroso grupo de brasileros. Habló de tres cosas: como carioca y exalumno de UFRJ, la universidad pública reconocida por su excelencia en ciencias, derecho y humanidades, acerca de la oportunidad que tuvo de conocer a los Bolsonaro de cerca. Como practicante y profesor de derecho constitucional, presto a compartir su conocimiento y experiencia acerca de la fragilidad de los derechos y la democracia. Y como cristiano, haciendo uso de un lenguaje popular común y ocupando un espacio también común de valores morales y creencias vivas y de enorme importancia. Al hacerlo, Marcus estaba haciendo común una tradición histórica que conecta las luchas por la libertad, la igualdad y la democracia en Europa y las Américas y que se reinventa al menos cada fin de semana en la Speakers’ Corner de un parque londinense desde las revueltas callejeras de 1866 y la campaña de las mujeres sufragistas. Activistas prodemocracia como Marcus saben bien que el voto de los brasileros en el exterior es muy importante. Se trata del grupo más numeroso de la considerable colonia latinoamericana en Londres, y ese voto vale cuidarlo y cultivarlo. Entre otras razones porque dichas comunidades suelen representar en cuerpo y alma propia el sufrimiento y la vulnerabilidad de las personas, las familias, y las comunidades frente a la violencia política y económica que azota a nuestros países de origen. Pero también porque dicha expresión electoral es volátil y los consulados mismos pueden ser vulnerables a diversas formas de manipulación externa, como aprendimos recientemente en Colombia. No menos importante, con este tipo de acciones Marcus y otros como él impidieron que la ultraderecha wannabe y fascistoide se apropiase de símbolos patrios y valores morales que nos pertenecen a todos: la bandera, la camiseta de la selección nacional de fútbol, la importancia que les damos a nuestra familia, a la seguridad común, y los valores tradicionales. Pero también el ejército, la constitución y las instituciones que hemos creado juntos durante largas y sufridas historias de luchas revolucionarias, de independencia, y por la democracia.

Ninguna de esas cosas pertenece tan solo a las derechas, y menos a las ultraderechas que siempre fingen y se arropan en ellas para destruirlas una vez llegados al gobierno, como está sucediendo en Ecuador, los Estados Unidos o en Colombia. Por ello es un error que los liberales y las izquierdas las abandonen o dejen de hablar de ellas bajo el pretexto de que esas cosas no son populares ni transformadoras sino populistas, reformistas y en el mejor de los casos puramente simbólicas. “Expliqué las razones prácticas, personales, jurídicas y teológicas por las cuales era necesario derrotar a Bolsonaro en las urnas”, dice Marcus. Sus razones prácticas tienen que ver con el bolsillo y la economía, con el aumento del costo de vida empujado por las guerras e intervenciones para acumular, extraer o robarse el petróleo, las aguas y las tierras desde Ormuz hasta Venezuela al mismo tiempo que bajan o bloquean los impuestos a la riqueza excesiva de unos pocos y privatizan lo poco que nos queda. Tienen que ver con la falta de vivienda y empleos para nuestros hijos e hijas mientras crece la IA desregulada, monopolizada por los tecnobros que manipulan nuestros deseos e impiden que imaginemos otras cosas; los mismos que construyen sus centros de datos en nuestros ríos y lagos.

Las ideas jurídico-políticas de Marcus tienen que ver con la protección de la constitución y los derechos conquistados para nuestros hijos e hijas, en muchos casos con enormes costos personales (desplazamiento, exilio) para que puedan ser mujeres y hombres en el sentido más pleno y por venir de esos términos, más allá de los ismos, inclusive del antropocentrismo. Y sus ideas teológicas podemos leerlas bien en Magnifica Humanitas. Eso sí, como él y otros nos corresponde apropiar y reinventar esas tradiciones, porque nada surge de ellas por sí solas. Se me antoja que Marcus y todas las que trabajaron, ellas y ellos, para que Brasil toda triunfase sobre la ultraderecha fascistoide, se han reinventado la tradición liberal progresista y de izquierdas mejor expresada en las ideas de poder dual y ejército universal. Las de ingreso mínimo garantizado, cubrimiento universal en educación y salud, y fome zero, como dicen en Brasil y en el Almanaque de los Muertos de Leslie Marmon Silko.

¿Es esta la solución a todas las cosas? Más bien, el trabajo de realizarlas apenas comienza. Y se enfrenta a condiciones políticas y económicas adversas. Buena parte de esa adversidad se condensa en la ideología del fin del mundo que compramos en redes y librerías y con la cual buscan paralizarnos. Ideología. Haríamos bien en no evitar esa palabra cargada con profunda verdad, que es precisamente por lo que tantos quieren evitarla. Quizás ya no se trata tanto de construir un ismo utópico como de evitar el istmo y el abismo al que quiere expulsarnos este capitalismo avanzado socializado para unos pocos y al diablo con el resto de nosotros. En cualquier caso, ningún nuevo proyecto, por ejemplo, el socialismo democrático o el cosmopolitanismo de humanos y no humanos en el único planeta que tenemos, será posible sin el espíritu veloz de nuevas imágenes y esperanzas capaces de adelantarse a las distopías con las que nos paralizan desde dentro y en las redes los fascistoides y demás títeres de los ultramillonetas de turno. En este sentido, lo que han hecho Marcus y los demás demócratas brasileros es esperanzador e impresionante.

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