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El Brasil que no puede ser

El pasado domingo, miles de manifestantes brasileños salieron a las calles de las principales ciudades del país con pancartas que decían “Impeachment ya”.

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Beatriz Miranda Cortés
20 de agosto de 2015 - 03:28 a. m.
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Los colores verde-amarelo se tomaron la nación, poniendo sobre el tapete que la caída de un gigante podría estar siendo anunciada después de 30 años del final de la dictadura militar.

Decir que Brasil es un país a la deriva sería una buena definición de lo que sucede estos días, aunque nos duela. Un gobierno que no gobierna, una oposición que solo piensa en el poder a su servicio y unas manifestaciones que, aunque no pueden ser caracterizadas como masivas, han convocado a un buen número de personas.

Lo más frustrante es que la corrupción, la fragilidad institucional y la desigualdad social que han caracterizado al país eran los temas de los grandes estudiosos de Brasil, que se dedicaron a estudiar, entenderlo, buscar sus raíces, fortalezas y debilidades siempre con la esperanza de un mejor país en el futuro.

Como bien explicó el historiador británico Kenneth Maxwell en el periódico O’Globo, Brasil es víctima de tres crisis: la internacional, que empezó en 2008 y que se agudizó con la caída de los precios del petróleo y los commodities, con un fuerte impacto en la economía doméstica y regional; la económica y política, que se desató a partir de la operación Lava Jato (lavadero de autos), que busca aclarar una gigantesca operación de lavado de dinero en la estatal Petrobras; y, por último y más grave, un gobierno sin credibilidad.

Sin articulación política con el Congreso, recortes en los proyectos sociales, una diplomacia limitada y sin brillo, el liderazgo del Partido de los Trabajadores (PT) está disminuido, el partido no tiene identidad y, lo que es más preocupante, es rehén de sus adversarios.

La pregunta ahora es: ¿Qué hará más daño al país y a la región, un gobierno débil y un país sin gobernabilidad o la salida de la presidenta Dilma Rousseff?

Si se diera el impeachment (juicio político para destituir a un funcionario público), el país caería en las manos del vicepresidente Michel Temer, o mejor, en las trampas del Partido de Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), uno de los partidos más arcaicos del país, también involucrado en la Operación Lava Jato, según las investigaciones.

Si la mandataria Dilma Roussef logra mantenerse en el poder, la agenda de su gobierno será cada vez más la de su opositor Aécio Neves (PMDB) y cada vez menos la planteada por varios sectores históricos de su partido, el PT. Hace doce años el Partido de los Trabajadores salió de las calles, su lugar natural, y hace algún tiempo que se retiró del escenario.

No hay izquierda ni tampoco una derecha o un centro capaz de trazar un nuevo rumbo. Las protestas no son comandadas por ningún partido político, sino por gente a través de las redes sociales, lo que lo convierte en un movimiento difuso, que puede ocasionar la emergencia de un gobierno autoritario, lejano a los intereses nacionales.

Lo más grave es que si Brasil se derrumba, gran parte de la región perderá la oportunidad histórica de una transformación.

 

*Analista brasileña.

Por Beatriz Miranda Cortés

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