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El 'corralito verde' de Fernández

El control del mercado cambiario que impuso el Gobierno, sumado a la traba a las importaciones, comienza a preocupar a los argentinos.

Daniel Avellaneda / Buenos Aires

08 de junio de 2012 - 07:14 p. m.
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“Argentina, año verde”, era una frase que se imponía en la década de los setenta, momentos del “deme dos”, cuando la economía florecía antes de la irrupción de la dictadura. Con el tiempo, se transformó en un modismo. Y volvió a utilizarse en el nacimiento de la década de los noventa, cuando el entonces presidente, Carlos Saúl Menem, estableció la convertibilidad, un modelo de ciencia ficción en el que un dólar equivalía a un peso, por lo que tomar un café la avenida Corrientes, frente al Obelisco, ese ícono porteño, era tan costoso como hacerlo en Picadilly Circus, pleno corazón de Londres. Los argentinos de mayor poder adquisitivo y la clase media vivieron en esa igualdad en el que el Gobierno menemista puso a la moneda nacional.

Hasta que se produjo la devaluación y el corralito que ‘pesificó’ los depósitos. Lejos quedan las épocas en las cuales muchos se jactaban de los lujos que podían darse con 100 pesos. Cómo habrá cambiado la historia que ese billete, el que lleva la cara del primer presidente de estas tierras, el general Julio Argentino Roca, no alcanza para hacer un buen asado. Hoy, todos mueren por Benjamin Franklin, el rostro de one hundred dollars.

“Argentina, fiebre verde”, podría ser entonces el eslogan del momento. O “Argentina, cepo verde”. Porque aquí, apostar al dólar es un pecado para el Gobierno que encabeza la presidenta, Cristina Fernández de Kirchner, que le pone piedras en el camino a los pequeños, medianos y grandes ahorradores, al turismo y a los operadores inmobiliarios, cuya caída en el mes de abril fue la más abrupta de la última década. Una traba que se suma a la de las importaciones y que frena la economía de un país en el que las reservas ya empezaron a gotear porque no alcanzan para sostener el plan de subsidios y en el que el ritmo de la inflación es una presión diaria.

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Hoy, hay cuatro tipos de dólar en Argentina. El oficial, que ayer cotizaba 4,49 pesos; el paralelo, o blue, que llegó a trepar a 5,95; el contado con ‘liqui’, que es el que se compra a través de un agente de bolsa y se liquida en el exterior a 6,23, y el light blue o celeste, que es aquel que se intercambia entre particulares y cuyo precio oscila entre el oficial y el paralelo. Claro que para acceder al billete que se vende en los bancos al precio más accesible o en las casas de cambio al valor más alto, hay que pasar por el filtro de la Administración Federal de Ingresos Públicos (AFIP), que es la entidad que autoriza si el requirente puede o no adquirir la anhelada divisa extranjera. En muchos casos, el sistema niega la posibilidad, más allá de que la persona solicitante cuente con los ingresos suficientes para realizar la compra.

Otros prefieren no exponer su información financiera ni perder tiempo. Por eso tienen tanto éxito las ‘cuevas’, casas clandestinas donde lo único que hace falta es tener efectivo y resignación de aceptar un costo superior al valor del mercado legal, que ayer superó los 6,10 pesos, y los ‘arbolitos’, peones cargados de dólares que están apostados en cada esquina y se diseminan como una plaga.

El control del mercado cambiario que impuso Fernández tiene reminiscencias venezolanas. Hace más de dos años que en la tierra del comandante Hugo Chávez existen restricciones para comprar dólares. Allí, los ciudadanos caribeños sólo pueden comprar 500 billetes estadounidenses —o ‘lechugas’, según la denominación local— por año. Si el deseo supera ese monto y el justificativo es pasible de una excepción, el trámite es de incordia.

La presidenta tomó nota de la estrategia chavista y su séquito de colaboradores instruyó a la AFIP, que fiscaliza todas las operaciones. Sin su autorización no es posible comprar dólares. Esto se observó el martes, cuando se congelaron la mayoría de las operaciones por orden del polémico secretario de Comercio, Guillermo Moreno, quien les había exigido a los empresarios de las casas de cambio que bajaran el dólar paralelo, lo que generó mayor presión sobre el mercado negro. Los ‘cueveros’ tomaron sus recaudos. Por temor a que Moreno enviara agentes infiltrados, cuando un potencial cliente preguntaba por el precio del billete, le daban un valor bajo pero irreal.

El exjefe de gabinete y actual senador Aníbal Fernández había dicho el viernes que el lunes el dólar se iba a conseguir a 5,10 pesos. Nada de esto pasó. Y el ministro del Interior, Florencio Randazzo, pareció desautorizarlo cuando sostuvo: “Hablar del dólar paralelo es como preguntar el precio de un estéreo robado”. La palabra del funcionario, en el marco de una conferencia de prensa que tenía como objetivo dar a conocer detalles de la reglamentación de la Ley de Identidad de Género, no fue antojadiza. Tenía instrucciones de Cristina de aclarar la confusión que generó Fernández.

Este ‘corralito verde’ del Gobierno genera complicaciones. Especialmente para aquellos que quieren viajar al exterior. Incluso se les ha exigido a las agencias de turismo que revelen la información de los viajeros y hay límites monetarios de acuerdo al país que se visite. En tanto, los funcionarios que se llenan la boca hablando de cambiar la cultura del ahorro y que piden que la economía se pesifique son los primeros que guardan billetes ‘yanquis’ bajo su colchón. Sin ir más lejos, la presidenta declaró que tiene 3’066.632 dólares en plazo fijo. Esta semana, aseguró que lo pesificará, una salida elegante.

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A Buenos Aires volvieron los cacerolazos, todo un síntoma de inconformidad en diciembre de 2001, cuando terminó abruptamente el gobierno de Fernando de la Rúa. Y muchos ahorradores recurrieron a la justicia con amparos que les permitieran comprar el dólar oficial al valor más accesible, por la vía más engorrosa.

Por Daniel Avellaneda / Buenos Aires

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