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El domingo, día histórico en El Salvador

El Espectador logró el testimonio de un colombiano, ex comandante de la antigua guerrilla Farabundo Martí que el domingo llegaría al poder. Cuenta cómo sobrevivió a la guerra y que firmó la paz porque “se le acabó el tiempo a la lucha armada”.

Nelson Fredy Padilla

14 de marzo de 2009 - 05:00 p. m.
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“En El Salvador la gente me recuerda como Carlos Latino. Prefiero no revelar mi nombre para evitarle problemas a mi familia en Colombia, en el Valle del Cauca. Era mayor de edad cuando en julio de 1979 decidí que era más urgente irme a combatir a Nicaragua que hacer la tesis para graduarme de periodista.

En la Universidad del Valle había fundado un comité de solidaridad con el pueblo nicaragüense y militaba en el Frente de Estudiantes Revolucionarios. Gobernaba Julio César Turbay Ayala, hacíamos grandes movilizaciones, tirábamos piedra, nos ponían presos. También formaba parte del movimiento ideológico Firmes, donde debatíamos con personajes como Jorge Orlando Melo, Enrique Santos Calderón y Daniel Samper Pizano, pero estábamos frustrados porque no veíamos cambios por la vía política.

 Llegaban imágenes de la revolución sandinista, de jóvenes que luchaban contra la dictadura de Anastasio Somoza. Viajé por intermedio del comité y entré a Nicaragua cuando los sandinistas estaban en la ofensiva final. Llegué por tierra hasta Peñas Blancas y me enrolé con la gente que comandaba Daniel Ortega.

Me dieron instrucciones básicas y tuve mi primer combate durante la toma de Rivas, la segunda ciudad del país. Somoza fue derrocado y huyó del país el 17 de julio. La guerra en El Salvador estaba en marcha. Con mexicanos, costarricenses, venezolanos y colombianos —ex guerrilleros del Eln en Santander, Bogotá y los Llanos— nos valimos del canal de otro comité de solidaridad e hicimos contacto con el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN).

Entramos en forma clandestina por la zona de Colomoncagua. Mi primer arma fue una carabina M-1. Por mi experiencia me asignaron a Radio Venceremos. Yo coordinaba el aparato de publicidad de la guerrilla. A los combates llevábamos grabadoras, cámaras y micrófonos. Transmitíamos en directo, con emoción, como si fuera un partido de fútbol.

Decía: Nos encontramos aquí en la población de Cacaotera. Ingresan las tropas del FMLN por la calle que da frente a la iglesia, se parapetan, acabamos de recuperar tantas armas, en esta calle vemos, uno, dos, tres, cuatro, cinco soldados muertos. Aquí tenemos a uno de los prisioneros: ¿cómo se llama usted?, ¿a qué unidad pertenecía?, ¿qué piensa? Esos reportajes quedaron grabados en la memoria de mucha gente.

Hacía campañas de provocación al Ejército diciéndole que era cobarde porque hacía tanto tiempo no venía a tal zona. Eso le creaba un problema político al gobierno y el Ejército se veía obligado a hacer acto de presencia. Lo atacábamos, lo entreteníamos e íbamos retrocediendo hasta meterlo en una gran emboscada.

Era una guerra entre maizales y cafetales, frente a frente; se construía una línea de fuego y se empezaba a disparar. Imagínese un país de 21 mil kilómetros cuadrados, tan pequeño como el Valle del Cauca, donde no hay selvas y el cerro más alto tiene 1.700 metros. Y llegamos a tener 20 mil efectivos contra 300 mil hombres del Ejército y la Policía.

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Estuve en la radio hasta 1983 y todo el mundo había oído a Carlos Latino. Luego me enviaron como comandante en el departamento de La Unión. Estados Unidos decidió darle apoyo total al gobierno salvadoreño. Llegó una cantidad de helicópteros artillados, aviones bombarderos y eso nos impidió volver a hacer grandes concentraciones de tropas.

Para no ser blanco fácil, en octubre de 1984 creé unidades de sólo 12 hombres para atomizarnos. Ya no planteábamos líneas de fuego porque nos las destruían, no había vanguardia ni retaguardia, tampoco combates frontales sino guerra de guerrillas con emboscadas y campos minados.

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El amor y las minas

Aun así, había tiempo para el amor. Tuve tres novias combatientes y a las tres las perdí en la guerra. Una en combate y a Sonia y a Mabel en campos minados. Corría 1986, se suponía que los explosivistas habían limpiado el campamento. Sonó una bomba, fui en auxilio de los compañeros y encontré a Mabel mutilada. Duré 12 horas con ella en los brazos. Los médicos y enfermeros atendían a quienes tenían posibilidad de salvarse. Me decía “tengo sed”, y yo le ponía un pedazo de gaza humedecida en los labios.

 Así aguantamos hasta 1989 cuando asumí como comandante del frente nororiental Francisco Sánchez. Ya era miembro de la dirección nacional y tenía a cargo unos 1.200 hombres. Usaba fusil AK-47 de culata plegable, granadas de mano y permanecía con un operador de radio. No le jalamos nunca al narcotráfico ni al secuestro. La financiación provenía del socialismo y de la ayuda de ONG internacionales.

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Vino la ofensiva de noviembre del 89. Pensábamos que íbamos a derrotar al Ejército. Nos tomamos la mitad de San Salvador, una ciudad de dos millones de personas durante casi una semana. A mí me tocó la toma de San Miguel durante dos semanas. Pero nuestro gran error fue pensar que el Ejército no nos bombardearía si estábamos entre la población, que no iba a ser capaz de masacrar a la gente porque la prensa internacional tenía los ojos encima.

Nosotros sabíamos cómo eludir el poder de una bomba de 250 libras, pero la gente del común no. Los que no murieron se enloquecieron y huyeron. Hubo unos siete mil muertos en total. En las otras ciudades tampoco se pudo mantener el control. Lo increíble es que a mí nunca me hirieron. Vi inminente la muerte en combates donde yo estaba delante de un compañero y él caía baleado y yo no. No sé a cuántos pude haber matado. De lo que sí me convencí es que después de tantas balas, tantas esquirlas, tantas bombas, en esa guerra no me moría.

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La primera semana de diciembre atacamos los cuarteles de Usulután, la tercera ciudad en importancia, con la promesa de que al segundo día nos llegaban 50 misiles tierra aire para neutralizar a la Fuerza Aérea. Nos quedamos esperándolos porque la avioneta que los traía la sobrecargaron y se estrelló cuando aterrizó. Murieron los cinco tripulantes y los misiles los cogió el Ejército.

Fue cuando nos enteramos de lo que había pasado en Berlín. Se nos cayó el muro y después en Nicaragua Daniel Ortega perdió las elecciones con Violeta Chamorro. Ahí vimos que a la lucha armada se le había acabado el tiempo, que había que hacer la paz.

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 “Acabas de morir”

Pasó la ofensiva, el Ejército nos neutralizó pero faltaba la batalla más dura: nos replegamos y empezamos a planear una nueva ofensiva para noviembre de 1990. El sábado 7 de julio me capturó el Ejército cuando iba con un compañero a entrevistarme con alcaldes que nos iban a colaborar en la población que se llama Jocoro.

Había un retén militar donde no debía haberlo, mi amigo alcanzó a escapar y yo quedé retenido. Un soldado desertor de la guerrilla me vio y gritó: ¡este es el comandante Carlos Latino! Los demás me agarraron a patadas y cuando estaba enrollado en el piso, esperando el rafagazo, apareció un teniente.

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Los soldados no me dejaban de apuntar con los fusiles y decían: ¡matémoslo!, ¡matémoslo! Creo que lo que me salvó la vida fue que le confirmé al oficial mi nombre, le dije que era colombiano y sobrino de Augusto Ramírez Ocampo. Esto último me lo inventé porque el canciller había estado varias veces en El Salvador, como funcionario de la ONU y todo mundo lo respetaba.


De repente empezaron a oírse tiros, granadas y ametrallamientos al aire. “Acabas de morir en este tiroteo”, me dijo. Me vendaron los ojos, me amordazaron y me subieron a un helicóptero. Me robaron el reloj, el dinero y hasta la correa del pantalón. Terminé en un calabozo de San Miguel donde me desnudaron y empezaron a interrogarme y a golpearme.

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Como no confesé me trasladaron en otro helicóptero a San Salvador. Me colgaron, no me dejaron dormir, me pusieron cañones de fusiles en la cara y los disparaban sin estar cargados; luego me ofrecían dinero, pasaporte y becas para irme a Europa con tal que les dijera dónde estaban los comandantes Joaquín Villalobos y Ana Guadalupe Martínez.

A la semana la Cruz Roja comprobó que yo fui capturado vivo y se armó un escándalo por mi desaparición. Tres días después me llevaron a los tribunales y se inició un juicio por todo tipo de delitos, no menos de 30 años de condena. Me internaron en la cárcel de Mariona, en San Salvador, donde estuve tres meses y aproveché para organizar un grupo de cien presos políticos para hacer un motín. Nos descubrieron. Era septiembre, de madrugada, me sacaron de la celda, me subieron a una avioneta y dijeron que estaban cansados de mí, que me iban a lanzar al mar.

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Sin embargo, me trasladaron a la cárcel de máxima seguridad de San Francisco Gotera, capital de Morazán, al peor calabozo, llamado ‘el gallinazo’; un cuarto de concreto de dos metros cuadrados, sin agua, luz, baño, cama ni cobijas. Me tuvieron 15 días sin ver la luz como castigo.

No comía, me enfermé y defecaba sangre, hasta que el obispo de San Salvador y la Embajada de Colombia intercedieron por mí.

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 Seguí preso nueve meses más, hasta julio de 1991, cuando hubo intercambio de prisioneros entre el FMLN y el gobierno. La guerrilla liberó a un coronel y la embajada envió a la cárcel a un cónsul que me sacó en un carro con protección diplomática. Me subieron al día siguiente en un vuelo para Ciudad de México.

Allá me llamó la comandancia y me dio licencia para volver con mi familia a Colombia. Llevaba 12 años sin verla y no sabían que yo era guerrillero.

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Luego regresé a El Salvador para los acuerdos de paz, le entregué mi fusil a la ONU y lo fundieron para un monumento que construyeron entre el aeropuerto y la capital. Los comandantes Villalobos y Martínez me encargaron el montaje en San Salvador de Radio Venceremos como empresa privada de la que fui gerente.

No me arrepiento de lo que hice, fue algo valioso y el hecho de que el FMLN pueda llegar hoy al poder lo demuestra. Pero es un hecho que la ideología marxista leninista ya es una utopía, en El Salvador y en Colombia. Las Farc, el Eln y los paramilitares no tienen justificación política. Hay que hacer una refundación de la sociedad para vivir unos con otros sin que a nadie le falte lo necesario. Ese es el gran reto después de superar la guerra”.

Por Nelson Fredy Padilla

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