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Quizá algún día, cuando se escriba la historia de la presidencia de Donald Trump, identificaremos el inicio de esta semana como el momento en que comenzó a desvariar por completo y le inventaremos un nombre conciso. Quizá lo llamaremos “el lunes de Melania”.
Señalaremos que el 20 de agosto de 2018, la primera dama, de nuevo con una blusa de moño, reprendió públicamente a los ciberhostigadores mientras su esposo despotricaba y bramaba en Twitter, comparando a Robert Mueller con Joseph McCarthy y demostrando un entendimiento de la historia comparable con su entendimiento de la civilidad.
Admiraremos la perversidad de su anuncio, tan solo horas después, de que viajaría sola a África —su visita más lejana y controvertida hasta ese momento como embajadora oficial—, cuyos países el presidente no puede ni pronunciar, mucho menos respetar. No eligió ese destino al azar, lanzando un dardo a un mapa. Lo eligió de manera desafiante, menospreciando a su esposo.
Seguramente Melania Trump está molestándolo. Sin lugar a dudas se está esforzando. Si tan solo convirtiera esos pasos irregulares de bebé en grandes zancadas, por fin podría destrozarlo y liberarnos. Melania la Salvadora. Un golpe asestado con una blusa de moño. Cosas más extrañas ya han pasado y fantasías menos emocionantes ya han surgido.
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¿De verdad es tan improbable? A juzgar por sus tuits, berrinches y creencia aparente de que Rudy Giuliani es un defensor apropiado, Donald Trump está al borde de la incoherencia y la autodestrucción, y tan solo necesita un empujón. ¿Quién mejor para dárselo que una esposa que duerme en una habitación separada en la Casa Blanca y en su propia suite de hotel cuando viajan?
Fue evidente que eso de ser la primera dama al principio la desconcertó. Es un trabajo ridículo. Se supone que debes hacer una diferencia sin provocar olas, encontrar una pasión mientras ocultas tus convicciones y sonríes alegremente durante un análisis forense incesante de todos los accesorios que usas.
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Es un puesto que infantiliza y cosifica. Si un mandato presidencial fuera un sedán, la primera dama sería el ornamento sobre el capó. Si fuera un hogar sacerdotal, la primera dama sería los arbustos que flanquean la escalera frontal.
Normalmente Melania Trump había sido el ornamento faltante. Estados Unidos había tenido una fachada expuesta, y nosotros hacíamos suposiciones precipitadas. Cuando en un principio anunció su campaña contra el ciberacoso en un discurso en noviembre de 2016, pensamos que saldría a almorzar. ¿No veía la contradicción?
La teoría actualizada es que se está burlando de su esposo. Eso sí lo creo. Concuerda con muchas otras cosas.
Para el primer discurso presidencial sobre el Estado de la Unión, usó un traje sastre de pantalón que sirvió de recordatorio sartorial de las sufragistas y de Hillary Clinton. Este mes, después de que Trump cuestionó la inteligencia de LeBron James en un tuit, la portavoz de Melania emitió una declaración que afirmaba la admiración de la primera dama por el trabajo de James con niños en situación vulnerable en su ciudad natal, Akron, Ohio. Melania quizá estaba interesada en visitar la escuela que James ayudó a fundar, según la declaración.
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Además, mis colegas Katie Rogers y Maggie Haberman hace poco reportaron que, durante un viaje al extranjero el mes pasado, el presidente hizo berrinche porque la televisión de la primera dama en el Air Force One estaba sintonizada en CNN, no en su amado Fox News. ¿Fue CNN accidente o provocación? Pues, en una respuesta pública sobre el incidente, la portavoz de Melania dejó claro que la primera dama ve “los canales que ella quiere”.
No estoy seguro de qué pensar sobre esa chaqueta que decía “EN REALIDAD NO ME IMPORTA, ¿Y A TI?” que usó camino a un centro de detención para niños migrantes en Texas. Es el “capullo de rosa” de nuestra época. ¿Y si el mensaje era que no le importaba si interpretábamos su comportamiento como una reprimenda hacia el de su esposo?
El matrimonio como operativo psicológico: no es territorio virgen, pero el contexto y los riesgos de esta situación son épicos. El lunes, como lo señaló James Hohmann de The Washington Post, Melania utilizó la frase “sociedad global” tanto en sus comentarios sobre el ciberacoso como en su declaración escrita sobre el viaje a África, continente al que elogió por su “rica cultura”. Su esposo, desde luego, usa las palabras “globalistas” y “globalismo” como si fueran groserías, y algunos de sus “países de mierda” están en ese continente lleno de cultura. Además, va a ir sin él.
La exhorto a que visite la escuela de James y a que lleve consigo a Don Lemon. Sugiero que almuerce con Maxine Waters, tome Aperol spritzes con Angela Merkel y haga pijamadas con Nancy Pelosi. Además, que use blusas con moño y trajes sastres de pantalón hasta el cansancio. Son el comienzo de una revolución.