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El nuevo baile de la protesta

Oscar Guardiola-Rivera

19 de mayo de 2021 - 12:04 a. m.

El léxico de la protesta está cambiando. Ya no es “el pueblo”, ese impersonal de las canciones viejas de protesta, sino “mi pueblo”. “Un ‘nosotros’ político está tomando forma en las calles, pero no todavía”, dijo en estos días el filósofo Santiago Castro-Gómez.

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K., una estudiante de 17 años sostiene el letrero que ha escrito a mano frente a la cámara de su celular. “Nos amenazaron diciendo que si salíamos a las calles Covid nos mataría. Al final, es el estado el que nos está matando”, señala.

En Londres, C., recién llegado del país, explica a la diáspora latinoamericana y la prensa internacional reunida en Jamaica Road lo que está pasando en Colombia. “Durante el conflicto fueron desplazadas más de siete millones de personas. Como si la casi totalidad de la población de Londres fuese sacada de sus casas y obligada a irse de un momento a otro. Los asesinatos de lideresas sociales y los desplazamientos continúan a pesar de los acuerdos de paz, que este gobierno aborrece e intenta destruir por todos los medios mientras sus embajadores le dicen a la comunidad internacional que trabajan por su implementación; que no hay opresión. Y cuando la gente estalla, los reprimen a bala. Promesas de día. Helicópteros y desaparecidos en la noche. ¿Por qué quieren callar a mi pueblo?”, dice.

Ambas miradas resumen bien lo que sucede en Colombia. En parte, se trata de una historia repetida. Pero hay algo nuevos. Primero, el léxico de la protesta. Ya no es “el pueblo”, ese impersonal de las canciones viejas de protesta, sino “mi pueblo”. “Un ‘nosotros’ político está tomando forma en las calles, pero no todavía”, dijo en estos días el filósofo Santiago Castro-Gómez.

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Lo viejo está muerto, pero se niega a ser enterrado y sigue por ahí como un zombi. Lo nuevo desea nacer, pero aún no logra hacerlo. A lo viejo se le escapa el poder, lo sabe y por ello reacciona desatando la violencia. Lo nuevo se ha descubierto en su deseo, y por ello ya no lo distrae el circo futbolero ni le amedrenta la violencia desatada. Segundo, ya no es el mero ‘sobrevivir’ lo que buscan quienes están en la calle, sino ‘pervivencia’ como dice el himno de la Guardia Indígena. Y es esa música, mil veces mas rave y rítmica que los himnos solemnes al afecto triste de los hombres grises e iracundos que nos gobiernan, la que bailan los jóvenes y la minga en la calle.

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Es otra música y un nuevo ritmo del goce, que por lo mismo requiere de una coreografía diferente. Quizás no la coreografía constituyente que entre nosotros ya está gastada, al contrario de lo que ocurre en Chile. ¿Por qué no entonces la coreografía diferente de los cabildos abiertos, los comités de justicia transicional y las asambleas ciudadanas, la democracia local agregada y aliada con las instituciones internacionales, comenzando por Naciones Unidas?

De esta manera podría devolverse la confianza que falta a las reformas profundas, las investigaciones y los juzgamientos que son necesarios. Pues esta no es ya una historia local. Apunta con claridad y dedo acusador, el de las mujeres violadas, al diseño global que nos violenta. En la concentración de Londres pudieron verse banderas palestinas, bolivianas, la whipala y la colombiana, entre otras.

¿Asistimos al comienzo del fin del diseño global contra el cual se estrellan y estallan las voces, los cuerpos y la verdad que encarnan quienes lo confrontan en las calles, desde Colombia hasta Palestina, desde Chile a los Estados Unidos, a sabiendas de que ello puede costarles la vida? Si ello es así, requerimos entonces de un diseño diferente, “pluriversal” como dirían Arturo Escobar y Don Misael de Las Pavas.

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Aquí cabe distinguir entre política de la demanda y política del deseo. Solo esta última, donde se agregan y encadenan los lenguajes y demandas diferentes, podría crear las tecnologías y rituales nuevos que nos reúnen sin imponerse el uno a los otros. Tecnologías de la liberación. El objetivo no es entonces el dominio sino la hegemonía. Esta última implica no solo el diálogo entre quienes tienen visiones diferentes de la sociedad, sino uno en el cual se transformen las subjetividades de quienes dialogan al igual que sus contextos institucionales y sociales.

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Por supuesto, el resultado de tal diálogo no es el fin de la historia, pero supone un comienzo diferente. Sin hegemonía, no hay poder político ni legitimidad suficiente. Quienes justifican la represión apelando a un supuesto derecho de autodefensa ejercen dominio, pero carecen de hegemonía. Su único expediente es la fuerza. La nuda fuerza, desproporcional y asimétrica, balas contra piedras, que oculta y defiende aquella otra, menos visible para algunos, la violencia estructural que sufren los que tienen hambre, carecen objetivamente de cubrimiento en salud, educación y oportunidades.

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También aquella otra que sienten quienes sufren en carne, alma y hueso el que su subjetividad misma sea considerada residual, anormal o primitiva. Estas violencias constituyen dos lados de una misma moneda. La línea de ensamblaje de la subjetividad mediante la cual se instala localmente el capitalismo de integración mundial. No se trata de revoluciones moleculares ni de otros monstruos bajo la cama. Es la realidad. No podemos negarla. Golpea a la puerta.

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