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26 Sep 2013 - 10:00 p. m.

El número uno

El aparente cambio de rumbo en la postura diplomática iraní, expuesta por el presidente Hasán Ruhaní, está íntimamente ligado a la figura del ayatolá, un hombre que ha sido presidente dos veces, ministro de Defensa y que incluso sobrevivió a un atentado.

Redacción Internacional

Hasán Ruhaní, presidente de Irán, camina una delgada línea en la que, de un lado, se encuentra la oportunidad histórica de relajar la posición diplomática de Irán frente al mundo (principalmente con Estados Unidos), y del otro, está la posibilidad de ser saboteado internamente, perder poder y pasar al olvido.

Más que la gloria personal, aunque también hay algo de eso, Ruhaní juega sus cartas bajo la estricta supervisión del ayatolá Alí Jamenei, líder supremo de Irán: la opinión que, al final de todo, es la que cuenta.

La iniciativa diplomática emprendida esta semana por Ruhaní en el marco de la Asamblea General de las Naciones Unidas puede ser vista como una estrategia directa del ayatolá para explorar nuevos caminos que le permitan mejorar la postura diplomática de Irán. Esto, de llegar a suceder, estaría mediado inevitablemente por la negociación del programa nuclear iraní y podría traer, como parte de un paquete de beneficios largamente esperado, el levantamiento de las sanciones económicas que hoy pesan sobre el país.

“Ruhaní sólo puede tratar de emprender conversaciones directas si el líder supremo lo permite; de otra forma, Ruhaní no estaría en Nueva York esta semana. El presidente y su equipo sólo pueden entablar diálogos bajo la orden directa del ayatolá”, le dijo al diario The New York Times Hamid-Reza Taraghi, quien es una de las pocas personas encargadas de interpretar ante el público los discursos y los sermones de Jamenei.

Las apuestas son altas, pues el supuesto giro diplomático de Irán (autorizado por el mismo ayatolá) sería el primer cambio significativo en la postura diplomática de Irán desde 1979, año de la revolución de la cual emergió la República Islámica de Irán, controlada por un poder religioso encarnado en ese momento por el ayatolá Ruholá Jomeini.

Ruhaní y el ayatolá ya tienen detrás una historia juntos: una historia que no terminó bien. En 2003, el hoy presidente era el líder de las negociaciones internacionales acerca del programa nuclear iraní y logró convencer al ayatolá de detener el enriquecimiento de uranio durante unos meses, como un gesto de buena voluntad. Cuando el proceso de negociación falló, Ruhaní cayó en desgracia ante el líder supremo y fue excluido del círculo más íntimo del poder en Irán.

Hay un asunto que resulta inquietantemente cierto: si el presente acercamiento diplomático llega a buenos términos, el ayatolá será recordado como un líder de paz, una especie de reformista; en el caso contrario, sus continuos ataques contra Occidente y su desconfianza ante la comunidad internacional serán aceptados como ciertos y parte de su doctrina, y de su figura, terminará reivindicada.

Alí Jamenei es un hombre profundamente incrustado en las estructuras del poder en Irán. Después de haber emprendido sus estudios religiosos en la ciudad sagrada de Qom, se involucró con el ayatolá Ruholá Jomeini hasta convertirse en uno de sus protegidos y defensores de sus posturas políticas, incluso cuando el segundo fue enviado al exilio a principios de los años sesenta.

Fue encarcelado en una parte remota de Irán por parte del gobierno del sha, que cayó en la revolución de 1979. Luego de esto, Jamenei fue ministro de Defensa de Irán en 1980, posición en la que estableció sus primeros lazos con los poderosos Guardias Revolucionarios, la unidad militar iraní de élite que está bajo el mando del líder supremo.

En 1981 fue elegido presidente. En junio de ese mismo año fue víctima de un atentado que le dejó serias heridas en el brazo derecho. Fue reelegido para el cargo en 1985 y se desempeñó en esta oficina hasta 1989, año en el que murió Jomeini.

Aunque no era un clérigo de la más alta jerarquía, fue elegido por la Asamblea de Expertos como líder supremo en 1989 (previo cambio a la Constitución). Una de sus primeras acciones en el cargo fue enmendar el texto de la Carta para abolir la figura de primer ministro.

En algunas ocasiones se ha mostrado del lado de posturas más moderadas en Irán; apoyó la candidatura en 1997 de Mohammad Jatamí, un político similar a Ruhaní, pero permitió que el ala dura del establecimiento iraní saboteara su gobierno. Luego apoyó de forma casi ininterrumpida a Mahmud Ahmadineyad durante sus ocho años de retórica extrema y desafiante como presidente.

Expertos como Taraghi han asegurado que la exploración diplomática emprendida por el ayatolá y por Ruhaní busca ver qué tanto la comunidad internacional está dispuesta a aceptar a Irán como un jugador importante en la dinámica de Medio Oriente.

Por si acaso, el líder supremo Jamenei ha advertido que no es un diplomático, sino un revolucionario.


***


EE.UU. e Irán

 

 

1979
Las relaciones entre estos dos países comenzaron a deteriorarse después de la caída del régimen del sha Mohamed Reza Pahlevi y el triunfo de la revolución islámica de Jomeini. Sin embargo, fue un año después, en 1980, cuando ambos países rompieron definitivamente sus relaciones, tras el asalto a la embajada estadounidense en Teherán.


1981

El año anterior, los seguidores de la Revolución mantuvieron retenidas a 52 personas durante 444 días. Esta crisis se consideró como el punto más opaco de la administración Carter, cuyos intentos no lograron la liberación de los rehenes, que sólo fueron puestos en libertad el primer día de la presidencia de Reagan, el 21 de enero de 1981, y tras la mediación argelina.

1995

En la guerra que Irak e Irán libraron entre 1980 y 1988, EE.UU. apoyó el régimen de Sadam Hussein. Luego, en 1995, el presidente demócrata Bill Clinton acusó a Irán de apoyar el “terrorismo internacional”, de desarrollar armas de destrucción masiva e interferir en los esfuerzos de paz de Oriente Medio, y prohibió que empresas de EE.UU. invirtieran en la industria petrolera iraní.

1997

Con el acceso al poder en Irán de Mohamed Jatamí, conocido por su política aperturista, se entabló una política de diálogo entre Teherán y Washington. Durante el año 2000, EE.UU. flexibilizó su postura respecto a Irán y en 2001 lo incluía en la lista de estados que patrocinan el terrorismo.

2005

Durante el régimen de Mahmud Ahmadineyad no hubo acercamiento. En 2006 el programa nuclear llegó al Consejo de Seguridad de la ONU. Dos años después, en 2008, la tensión aumentó tras las amenazas iraníes de “borrar del mapa a Israel”. En 2010, EE.UU. impone más sanciones a Teherán por su plan nuclear.

 

 

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