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El Ecuador que recibió Rafael Correa en 2007 es bien distinto del actual. No se trata de hacer proselitismo por el oficialismo, ni de simpatizar con un gobierno acusado constantemente de autoritarismo, sino de entender en su justa medida que cambió para siempre al país andino. Este Ecuador que cambiará de gobierno deja atrás uno de los procesos más importantes de su historia, equiparable a la gesta liberal de Eloy Alfaro, que catapultó al país a la modernidad a finales del siglo XIX, a las transformaciones de algunos gobiernos militares empapadas del progresismo nacionalista y a los mandatos de José María Velasco Ibarra, ícono del populismo ecuatoriano.
A mediados de la década de los noventa padecía el síntoma de otros estados de la zona, consistente en la decepción frente a la política tradicional, que derivó en votaciones que reflejaban un castigo a los partidos políticos. Abdalá Bucaram irrumpió en la escena con una idea de cambio radical que duró muy poco, pues el Congreso inauguró una tendencia que sería determinante en los años venideros: la destitución de presidentes como válvula de escape a las crisis. Bucaram fue separado de su cargo por incapacidad mental, léase locura, pero jamás hubo dictamen alguno que comprobara tal diagnóstico. Su vicepresidenta, Rosalía Arteaga, estuvo tan sólo horas en el poder, y fue reemplazada por Fabián Alarcón, cabeza del Congreso. Se habló de la noche de los tres presidentes, paroxismo de la crisis. En esa interinidad, el país intentó una refundación con la Constitución de 1998, de la que se dice, nunca colmó las expectativas de quienes pedían a gritos un cambio real.
A finales de los noventa llegó la peor crisis económica en la historia del país. La combinación de la caída de los precios del petróleo, la crisis de los llamados tigres asiáticos y el fenómeno de El Niño fue letal. No sólo desapareció el sucre, moneda nacional (empezando la dolarización), sino que Jamil Mahuad, entonces presidente, fue derrocado por un triunvirato que rápidamente cedió el poder al vicepresidente Gustavo Noboa.
En 2005, y ante una intromisión grotesca en las cortes, el coronel Lucio Gutiérrez (de quien se pensaba podía ser un Chávez a la ecuatoriana; “Yo soy Lucio, no soy Chávez”, dijo alguna vez) fue separado de su cargo por una polémica decisión del Congreso, que votó a pesar de la ausencia de un nutrido grupo de parlamentarios. Ecuador funcionaba como una democracia que permitía que, ante la mala gestión de un mandatario, el constituyente primario ejerciera como árbitro. Se trata de una concepción de la democracia muy cercana a la literalidad, pero con pocas oportunidades de prosperar, pues ante todo se trata de un sistema, no sólo de un valor.
Rafael Correa llegó a la Presidencia con la novedad de ser “un extraño en Carondelet” —sede del gobierno—, como lo definió Kintto Lucas, pero con dos ventajas capitales: los hastíos de los ecuatorianos por la política, que le daban un margen de maniobra para llevar a ejecución sus planes de refundación, y los vientos políticos en la zona, reveladores de una atmósfera favorable. El giro a la izquierda de América Latina, ampliamente admirado en el mundo, era visto como una profundización de la democracia, y el cierre de tal vez la deuda más visible del proceso inacabado: la desigualdad económica.
En 2007, en Ecuador, el 36,7 % de la población vivía en la pobreza, y en 2015 ese porcentaje se había reducido al 23,3 %. En ese lapso, más de un millón de ecuatorianos superaron la pobreza. Para el caso de la indigencia, ésta se redujo en ocho puntos. En América Latina ha sido el Estado que más ha avanzado en la reducción de la desigualdad, con un coeficiente de Gini que se ha contraído en seis puntos, pasando del 0,55 al 0,49. En la región, es la nación que más invierte en educación, destinando un 2 % de su PIB. Correa canalizó más de US$2.000 millones para la creación de universidades, entre las que sobresale la Ciudad del Conocimiento de Yachay.
Ahora bien, no es fácil el momento actual para el oficialismo. A pesar de este desarrollo, Rafael Correa ha tenido pésima relación con los medios de comunicación, lo que ha terminado por empañar su gestión. Las acusaciones contra el Gobierno por intimidación a la prensa abundan, siendo el caso de Emilio Palacio, columnista del diario El Universo, uno de los más dramáticos. Sin duda, el golpe más duro para Correa viene de la desaceleración como producto de la caída de los precios del petróleo, y del desgaste natural de la economía, luego de un proceso de expansión de diez años. Con la dolarización, los instrumentos correctivos en política económica se reducen drásticamente, y el Gobierno ha debido echar mano de tributos para financiar lo social. Marcado contraste con los correctivos que Venezuela nunca quiso aplicar. Como si fuera poco, los escándalos en Petroecuador, han debilitado seriamente la credibilidad del oficialismo. A eso se suma el giro a la derecha de la región, que le ha cerrado espacios regionales a la izquierda.
Lo anterior ha minado la viabilidad del proyecto de Alianza País —coalición oficialista de izquierda— y hoy lo tiene con serias posibilidades de perder las elecciones que se llevarán a cabo este domingo. Vale aclarar que la oposición está fraccionada entre Guillermo Lasso, banquero que ha tratado de ser el candidato más visible de quienes se inclinan por un cambio, y Cynthia Viteri, representante de la política tradicional. Ambos cuentan con una fuerza suficiente para rivalizar con Lenin Moreno, quien tiene a cuestas la responsabilidad de reemplazar a Correa como candidato oficialista.
La prueba para Ecuador es también desafío para la izquierda regional en uno de sus peores momentos, por cuenta de la llegada de mandatarios pragmáticos, que ven en la ideología un lastre a superar. El país llega a las elecciones polarizado y con una novedad mayor en los próximos años: gane quien gane, el Gobierno no contará con el margen de Correa, quien estuvo diez años al mando, amparado en una mayoría oficialista en el Congreso y una región con una predisposición inmejorable para su proyecto de política exterior. Estos años seguramente serán los de una dura transición que seguirá desvalorizando la política.
* Profesor U. del Rosario.