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Su nombre era Manuel. El de ella no se registraba en el cable enviado desde la Embajada en Perú. Era una prostituta más de los burdeles sucios de la ciudad, quien esa noche se había atrevido a negársele al panameño. De ahí la furia, los golpes y la violación. Porque Noriega era el mayor de la escuela, el más vivo y el más rápido, y nadie le iba a negar un polvo frente a sus amigotes de la Escuela Militar de Chorrillos, en Lima.
Ese verano de 1960 Manuel Noriega fue apresado por primera vez. Lo registró un diplomático estadounidense, cuya Embajada mantenía comunicación con el audaz cadete. Ya desde entonces, Noriega era consentido por Washington: uno de los mejores de su clase, tosco y de origen humilde —hijo de una empleada doméstica del servicio— características que a los ojos norteamericanos le conferían las dosis perfectas de necesidad y resentimiento para ser espía.
Treinta años pasarían para que Noriega entendiera que su inmunidad no era eterna y que desde el comienzo de su larga carrera de colaboración y dobleces con los servicios secretos de Washington, su nombre había sido una incómoda necesidad de la Guerra Fría. Nixon, Ford, Reagan y Carter, de una u otra manera, intentaron salir de él. Pero sólo hasta el 22 de diciembre de 1989, su antiguo aliado, el ex director de la CIA y ahora presidente de Estados Unidos, George Bush, habría de cumplir la tarea pendiente.
Fue Bush, antiguo jefe soterrado de Noriega, quien ordenó, el 20 de diciembre de 1989, el bombardeo sobre los principales cuarteles de Ciudad de Panamá. Acto seguido, desembarcó 22 mil soldados del Comando Sur. La capital panameña se sumió entonces en un caos inédito, de ladrones y malandrines, vecinos armados para proteger su casa y marines que patrullaban las calles gritando por Noriega, esa pieza clave de la guerra de Washington contra los comunistas, el que dio refugio a Pablo Escobar y que en los 80 se convirtió en el hombre poderoso de Panamá, jefe militar, presidente a la sombra, dictador e ingrediente esencial para cualquier negocio sucio que se realizara desde el cono sur hacia el norte, o viceversa.
Entre Washington y Medellín
Al finalizar sus estudios en Perú, Noriega se hizo inevitablemente visible para el capitán de la Guardia Nacional Panameña, Omar Torrijos. Por ese entonces, el futuro presidente se encontraba diseñando el sistema de inteligencia de su país y, con el beneplácito del Grupo 470 de Inteligencia Militar del Pentágono, Torrijos nombró a Noriega director de la Policía. Desde entonces, su nombre aparecería en la nómina del Pentágono o la CIA. Su salario comenzó en US$1.200 anuales. Una década después, se elevaría a US$110 mil y, en los ochenta, a US$185 mil.
El continente era un polvorín. La doctrina de la seguridad nacional se consolidaba. Y Estados Unidos buscaba a toda costa frenar el ascenso al poder del comunismo. Noriega, particularmente apolítico y sangre fría, era el agente perfecto. Y no le fue difícil desde un comienzo hacer un doble juego que lo llevaría a su desgracia.
Localmente, era el hombre fiel de Torrijos. Primero como jefe de Policía, y luego, en 1969, tras el ascenso al poder de su padrino, como su incondicional jefe de inteligencia. Entre tanto, recibía formación por y en EE.UU. y trabajaba para ellos. Noriega se convirtió en los ojos y los brazos del Pentágono en Centroamérica: pese a la simpatía de su jefe por el gobierno de Castro, les vendió información a los norteamericanos sobre las actividades de la izquierda revolucionaria en Nicaragua, El Salvador y Cuba, accedió a proteger al sha de Irán, cuando fue depuesto por la revolución comunista-islámica del Ayatollah y participó en las operaciones de venta de armas a la resistencia nicaragüense una vez subieron los sandinistas al poder.
No se habían equivocado: Noriega era el espía perfecto para patrullar los potreros en llamas de las repúblicas bananeras.
En 1972, el gobierno de Nixon se reunió a determinar qué hacían con el ascenso de Torrijos. No sólo era molesta aquella “revolución”, tan cercana a Cuba, sino que había cierta molestia por los presuntos vínculos que tanto Torrijos como Noriega tenían con envíos de heroína a los Estados Unidos. Había que “inmovilizar o destruir con acciones decisivas los niveles más altos del narcotráfico”, se leía en los memos intercambiados entre la Casa Blanca y John Ingersoll, director del Buró de Narcóticos y Drogas Peligrosas.
Vino Watergate, y mientras Nixon se ahogaba en sus escándalos, Noriega siguió campante, sin saber siquiera lo cerca que habían estado de asesinarlo. Sus vínculos con el narcotráfico, sin embargo, eran mínimos comparados con lo que estarían por venir.
Según lo revelado tiempo después por la revista Newsweek, Noriega llegó a los ‘narcos’ colombianos a comienzos de los 80 gracias a una compleja secuencia de reuniones. Primero conoció a Jaime Bateman. Alfonso López Michelsen le había solicitado a Torrijos, meses antes de su accidente, que a través de Fidel Castro arreglara una reunión con el comandante del M-19. El ex presidente López estaba en plena campaña y precisaba establecer la posición de la guerrilla frente a su aspiración.
La reunión se llevó a cabo. Desde entonces, Noriega se forjó una imagen de confiable anfitrión y facilitador. Meses después, el M-19 volvería a acudir a sus buenos oficios. Esta vez, para que mediara en la guerra entre esta organización y los principales ‘narcos’ de Colombia, tras el secuestro, el 12 de noviembre de 1981, de Marta Nieves Ochoa, la menor del clan de los Ochoa.
Había muerto Torrijos hacía un par de meses y Noriega era el virtual dueño del país. Y, tras una rápida mediación, transcurrida en tres casas vacacionales frente a las playas de Ciudad de Panamá, llegó la tregua, con ella la liberación de Marta Nieves Ochoa y el inicio de un tórrido romance entre el general y la plana mayor del narcotráfico, Pablo Escobar, Carlos Lehder y los hermanos Ochoa en primera fila.
Comenzó entonces una década de tráfico y traiciones, en la que el general sería medio tiempo narcotraficante, aliado de Medellín, y medio tiempo espía de la DEA y aliado del gobierno de Ronald Reagan y el vicepresidente George Bush. Desde entonces, el equilibrismo fue una exigencia: ser fiel a las millonarias sumas que le llegaban por los embarcos de droga y las operaciones de lavado, y cumplirle a sus patrones del norte, con información sobre pequeños ‘narcos’ y operaciones contra los intereses de los colombianos en Panamá. Al final se echó de enemigos a ambos bandos: “Es un personaje traidor a la causa latina, un vendepatrias”, diría de él en 1990 Carlos Lehder desde su prisión, en Marion House, Illinois: “Entregó a docenas de colombianos a los organismos de la DEA”.
Hasta que la cuerda se reventó para el equilibrista. Una acusación formal en Florida por narcotráfico había obligado a Noriega a desafiar a los Estados Unidos y desconocer las elecciones de su país. El gesto ponía en riesgo para Washington la más importante de las joyas: su acceso al Canal de Panamá. El 20 de diciembre de 1989, el presidente George Bush se dirigió al país a las 7:00 a.m.: “Ciudadanos, anoche di la orden a las fuerzas militares de invadir Panamá. Muchos han sido los intentos de resolver las cosas a través de la diplomacia, pero hemos sido rechazados por el dictador Manuel Noriega, acusado además de narcotraficante”. Bush habló esa mañana de los soldados norteamericanos en Panamá y de la vida de los civiles. Pero nunca mencionó el terror mayor de los norteamericanos: perder con la beligerancia de Noriega los privilegios sobre el Canal de Panamá.
Llovieron las bombas. Llegaron los soldados. Y en cuestión de siete días Noriega se entregó al comandante del Comando Sur y fue llevado a Miami con el estatus de prisionero de guerra, donde dos años después sería condenado por narcotráfico.
América Latina protestó por la invasión, y en el corazón del Consejo de Seguridad de la ONU se buscó proferir una resolución condenatoria que fue vetada por EE.UU., Francia e Inglaterra. Días antes el canciller de Colombia, Julio Londoño, vaticinó preocupado: “Una invasión a Panamá cambiaría el contexto de las relaciones interamericanas y produciría una fosa que no se podrá cerrar ni en 30 años”.
Veinte años después, Noriega sigue encerrado, esperando a que se decida su posible extradición a Francia o Panamá. Hace unas semanas, quien lo recordó fue el presidente Hugo Chávez, a propósito del acuerdo de cooperación militar entre Colombia y Estados Unidos. “Tengo varios alertas que me llegan desde hace varios años”, aseveró rabioso el mandatario venezolano. “Buscan señalarme de narcotraficante, aplicarme la fórmula de Noriega. Cualquier cosa es válida contra un presidente narcotraficante”.