Estuvo como observadora en la primera vuelta: ¿qué destaca?
Como todos vimos, fue un proceso complejo, una campaña muy polarizada. Desde IDEA Internacional habíamos publicado un informe unas semanas antes para poner el foco en una dimensión que nos preocupaba y tenía que ver con la desinformación en el ámbito virtual y en particular con las narrativas de fraude que se habían instalado en el debate público.
Vimos que eso se mantuvo, no solo el día de la jornada electoral, sino después, y también los niveles de polarización, que estuvieron por encima de lo que uno esperaría en un proceso electoral incluso con alto nivel de competitividad como este.
Sin embargo, el proceso de organización, de instalación de la jornada electoral y de votación estuvo relativamente tranquilo; no se detectaron incidentes de violencia significativos; hubo un aumento relativo de la participación con un 58 % de personas que ha podido votar, algo más que la elección anterior. Si bien sigue siendo una participación más baja que el promedio latinoamericano, sí se dio una participación importante.
¿Cuál es la diferencia entre polarización y el hecho de que existan visiones opuestas en una democracia?
Recordemos que la democracia es un régimen de gobierno donde se utilizan las elecciones para dirimir diferencias de opiniones. Se convoca a los ciudadanos a elegir entre distintos proyectos de país; por lo tanto, es constitutivo de un régimen democrático tener modelos de país que estén en discusión, tener distintas posiciones políticas e ideológicas. Los sistemas de partidos se han creado en el mundo teniendo distintas tendencias y posiciones, partidos de derecha, partidos de centro, partidos de izquierda, partidos laicos, partidos más católicos, etcétera, ¿no? Esas disputas político-ideológicas son constitutivas de un régimen democrático.
Lo que no es lo mismo y lo que llamamos polarización es entender a los adversarios políticos no como adversarios que puedan tener diferencias de opinión, sino como enemigos, pensar que esos adversarios son un peligro para el país y también caer muchas veces en el ataque, en los mensajes de odio, en la denostación de la dignidad de los adversarios.
Eso ya no es parte de un debate de ideas ni parte de una diferencia de posiciones político-ideológicas legítimas, necesarias, sino que son parte de un sistema y de un contexto de polarización.
¿Por qué debería preocuparnos la polarización? ¿Cómo le hace daño a una sociedad?
La polarización es un síntoma y una expresión de problemas del sistema político. Causa problemas. Primero, baja los incentivos para las políticas de largo plazo, para los acuerdos en la esfera política que son necesarios para tomar decisiones sobre problemas estructurales de largo aliento. Es imprescindible, por ejemplo, tener transferencia de poder y tomar decisiones que puedan ser continuadas entre un gobierno y otro para temas que no son de resolución corta.
Es importante tener acuerdos respecto de políticas ambientales, económicas y de infraestructura que requieren conversación entre actores políticos. Por ejemplo, en infraestructura, construir el metro en Bogotá no es algo que pueda hacer un gobierno.
Por otra parte, la polarización extrema puede aumentar los niveles de violencia, en particular en sociedades que tienen una base de violencia social, extremar las posiciones. Entender a los adversarios políticos como enemigos y no como adversarios puede generar reacciones violentas de grupos políticos o de sectores sociales, y eso ciertamente es contraproducente.
Y finalmente algo que está vinculado quizás a la violencia tiene que ver con la proliferación de desinformación, los discursos de odio, con el estar disponible para difundir información que no está verificada respecto de los adversarios: puede ser una consecuencia de la polarización y contribuir a fortalecerla.
Entonces, en general, la diferencia de opiniones no es negativa para la democracia, pero la polarización extrema sí puede ser negativa y perjudicial para un sistema democrático que funcione adecuadamente.
¿Hasta qué punto esa polarización es un discurso al que la opinión pública, incluyendo a quienes no votan o están en el centro, se ve arrastrada por los extremos?
En la mayoría de los países de nuestra región y del mundo la polarización habitualmente comienza desde las élites políticas, ciertos liderazgos, ciertos partidos, muchas veces amplificada a través de las redes sociales o también por medios de comunicación y por debates públicos. Tenemos habitualmente una polarización que empieza desde arriba, pero que logra ir permeando la sociedad. Cuánto permea a la sociedad es un tema que puede estar en discusión, pero en el caso colombiano, por ejemplo, en la primera vuelta más del 80 % todos de los votos estuvieron concentrados en el candidato de extrema derecha y en el candidato de izquierda, con las opciones más de centro recibiendo mucho menos apoyo.
Por lo tanto, ves una sociedad que se está inclinando por los extremos, y eso ya es una señal de división política.
Vemos además los distintos informes que se han hecho respecto del debate público, que muestran altos niveles de desinformación, también importantes niveles de violencia política en redes sociales, en particular en contra de las mujeres, pero en general discursos misóginos, discursos homofóbicos, que contribuyen a esta polarización y que están también presentes en la sociedad.
Vemos que una mayoría de colombianos no adhiere a estos discursos de odio, no se siente interpretada por estas posiciones extremas que buscan atacar a los adversarios, pero en una situación en que necesita elegir entre candidaturas, puede terminar apoyando o validando alguno de estos discursos.
Entonces, creo que es un signo de interrogación cuánta polarización hay en la sociedad colombiana. Lo que sí podemos afirmar es que existe de manera muy importante entre las élites y que este es un problema que, sea quien sea el que gane la elección del próximo 21 de junio, tendrá que lidiar hacia adelante.
¿Cómo podemos o debemos combatir la polarización?
Hay que combatirla de manera directa, entendiendo que no hay una solución fácil ni única ni inmediata. Es esencial que sea quien sea que gane la elección asuma este como un problema que hay que enfrentar.
Creo que se puede revisar la legislación para avanzar hacia un sistema de regulación más claro sobre la desinformación y también sobre la violencia y los discursos de odio en línea. También los medios de comunicación tienen que asumir un rol importante, ojalá durante la campaña y después, entender que existe un límite para la libertad de expresión y que ese límite está en los discursos de odio, en la desinformación, y que no es aceptable difundir o amplificar aquellos discursos que están orientados expresamente a denostar, humillar, insultar a contrincantes políticos. Creo que el rol de los editores, de las editoras, de los consejos editoriales de los medios de comunicación, puede ser muy importante también en buscar la autorregulación para contribuir y no amplificar esta polarización tóxica.
También hay un rol de los partidos, de los actores políticos, que tienen que asumir un rol muchísimo más activo en no naturalizar, en no premiar los liderazgos que contribuyan a la polarización.
Finalmente, desde la sociedad y la ciudadanía se puede contribuir no amplificando estos mensajes. Las universidades, las escuelas, las organizaciones de la sociedad civil pueden tener un rol muy importante, así como la cooperación internacional, en buscar generar diálogos, debates, encuentros entre personas que tienen y apoyan distintos sectores políticos para conocerse, debatir y ver que muchas veces tienen una preocupación común para construir una mejor Colombia, y que desde esa preocupación común, aunque sea a través de propuestas distintas, es posible tener debates políticos de una naturaleza distinta.
También estuvo como observadora en Perú, en donde estamos viendo una segunda vuelta supremamente reñida, y Brasil probablemente va para un escenario similar. ¿Qué nos dice todo esto de los procesos que están ocurriendo en América Latina?
Estamos viendo crecientes tensiones para la integridad de las elecciones. La dimensión electoral de las democracias latinoamericanas era una de las más consolidadas, que se habían instalado fuertemente en nuestra región con mucha capacidad técnica y con la aceptación de los resultados por todos los actores. Esto ha permitido transiciones pacíficas y transferencias de poder entre la derecha y la izquierda por más de dos décadas, pero hoy estamos enfrentando nuevos retos que se suman a desafíos históricos como la desigualdad o, en algunos países, la violencia.
Vemos que la dimensión digital está teniendo un impacto muy importante en toda la región: desinformación, narrativas de fraude que están muy conectadas entre un país y otro, y también con actores globales que siembran semillas de duda respecto de la legitimidad de las elecciones antes de que ocurran y muchas veces sin tener necesariamente evidencia.
En Perú además hemos visto no solo una tendencia similar, sino también episodios lamentables en la primera vuelta, de errores procedimentales en la organización de la elección que terminaron en un grupo de personas que no pudo votar el día de la elección: se tuvo que alargar la votación a un día adicional. Eso aumentó todo tipo de suspicacia, alimentó las percepciones de posibles fraudes, la desconfianza en las instituciones, y se llega a la segunda vuelta, por lo tanto, con un clima muy enrarecido, con un candidato que quedó tercero por muy poca diferencia, cuestionando el proceso electoral, con actores llamando a no votar en la segunda vuelta. Así, en un proceso político que ya podría haber sido muy estresante, porque tiene al país enfrentado entre dos proyectos políticos, se ha agudizado una tensión producto tanto de los errores que se cometieron en la primera vuelta como el clima de polarización y la desinformación.
A pesar de ello, creo que hasta ahora hemos escuchado relativa cautela de los dos candidatos que pasaron a la segunda vuelta. No se ha generado violencia, se está esperando que los órganos electorales puedan finalmente terminar de dilucidar quién es el candidato o la candidata ganadora.
Creo que en el caso de Perú quizás no hay una situación de un candidato extrasistema de extrema derecha, como ha ocurrido en otros países y como está ocurriendo en Colombia. Los dos candidatos son más bien de las fuerzas más tradicionales, si se quiere. Lo que sí hay no es solo una división del país en términos de izquierda y derecha, sino también un fuerte quiebre geográfico, social, con Lima, los peruanos en el exterior y una parte del norte del país apoyando a Keiko Fujimori y todo el interior y el sur del Perú apoyando con mucha fuerza al candidato Sánchez.
Esa cautela de los candidatos en Perú contrasta con la injerencia que ha habido en los procesos tanto de ese país por parte de fuerzas políticas desde Colombia, pero también del presidente Trump hacia Colombia, en Honduras y en las legislativas argentinas. El ruido ha sido regional. ¿Cuál sería el llamado a la responsabilidad para que los líderes no interfieran en los procesos de otros países?
Lamentablemente estamos viviendo un retroceso a lo que ocurría en el siglo XX, con una injerencia directa, primero, por parte de Estados Unidos, pero también muchos líderes políticos de la región están tomando posición y haciendo llamados de injerencia en procesos que tienen que ser soberanos de cada país.
Es muy importante que la decisión respecto de elegir a un presidente o una presidenta en cada país se pueda hacer de cara a la ciudadanía, centrados en los intereses del propio país y no teniendo liderazgos de otros países incidiendo, tratando de influir por redes sociales o declaraciones públicas, pero también por vías más subterráneas, con movimientos económicos.
El llamado aquí nuevamente a los ciudadanos y a las ciudadanas es a repudiar este tipo de injerencia, centrar los debates y que todos los sectores de izquierda y derecha tengan una posición común de rechazo, de repudio, a la injerencia de potencias extranjeras en las decisiones democráticas que deben ser soberanas de cada país.
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