Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Llegó el día de las elecciones en Brasil, un país que con errores y aciertos aprendió a creer en sí mismo; un país que puso en marcha un modelo político propio a pesar de las presiones internacionales y que dejó de lado la ideología para poder gobernar responsablemente.
Brasil es este domingo ejemplo de madurez política y de consolidación de la democracia. Pero para llegar a esto el país debió pasar por varios momentos difíciles. En 1964, Brasil se despierta a una pesadilla: el golpe militar. Se establece un régimen autoritario que va a durar 21 años, protagonizado por generales que se turnaban en el poder, caracterizado por el bipartidismo y cierres temporales del Congreso. La sociedad brasileña vivió el drama de la persecución política, de las torturas y de las desapariciones.
El régimen autoritario logró dos de sus principales objetivos: detener el movimiento popular e implementar un moderno capitalismo industrial, con el fin de crear una completa y diversificada estructura industrial. Los militares se apropiaron del proyecto de Brasil como una gran potencia, eterno anhelo de las élites brasileñas. El milagro brasileño —con un crecimiento de 10% del Producto Interno Bruto (PIB) y la victoria del Mundial de Fútbol en la década del 70— crearían un imaginario “de un país que iba hacia delante”. Mientras tanto, la represión llegaba a sus más altos niveles.
La transición hacia la democracia fue protagonizada por la alta cúpula militar en un proceso de articulación con los principales liderazgos civiles mediante un “proceso lento y gradual”, que le permitió a la élite política que había respaldado a los militares mantener sus posiciones, una “verdadera conciliación desde arriba”.
A partir de 1974, cuando se inicia el proceso de “apertura”, emergía una sociedad civil más activa que contribuyó no sólo al poner fin al gobierno militar, sino también a la construcción de una nueva ciudadanía y la aparición de nuevos movimientos populares. Era un indicio por fin de nuevos tiempos.
Sin embargo, ese proceso de transición controlada se caracaterizó por muchos sobresaltos: la muerte de Tancredo Neves (1985), el presidente elegido por el colegio electoral en las vísperas de su posesión, la destitución del presidente Collor de Melo, primero presidente elegido por voto directo después de la dictadura, se consagraría la presencia de los vicepresidentes al mando del país desde el gobierno de Juscelino Kubitscheck. Los sueños de reconstrucción nacional fueron sustituidos por una profunda desesperanza debido a las sucesivas crisis económicas y políticas.
La llegada de Fernando Enrique Cardoso a la presidencia de Brasil suscitó en América Latina la aparición de un nuevo estilo de mandatarios, sobre todo por su alta formación académica. Orientado por variables reformistas, buscó la estabilización económica, derrotó la inflación, promovió la apertura comercial, normalizó las relaciones con la comunidad financiera internacional, logró un mayor protagonismo en el exterior y no dudó frente a la propuesta del ALCA.
Después de las tres derrotas, en 1989, 1994 y 1998, llega a la Presidencia Luiz Inácio Lula da Silva. El orden del día pasa a ser la palabra cambio. En la política interna el combate al hambre y a la miseria pasan a ser prioridad. En la política exterior su objetivo principal será la construcción de una América del Sur estable, próspera y unida. Su política exterior será de una diplomacia profesional y “humanizada”. Al contrario de las expectativas, para la frustración de sus aliados mantiene la política económica de su antecesor, evidencia una fuerte determinación para ampliar la presencia internacional de Brasil.
Hoy serán las elecciones y una vez más la pugna se va a dar entre el Partido de los Trabajadores (PT) y el Partido Socialdemócrata (PSDB). En Brasil y en el exterior todos se preguntan cómo será la era poslula, el presidente que con su gran capacidad transformó al país en una pieza importante del sistema internacional.
* Analista política brasileña.