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Mañana son las elecciones presidenciales y legislativas del Estado suramericano con mayor proyección en el mundo. Independientemente del comportamiento de las urnas, el próximo mandatario brasileño garantizará la continuidad del proyecto de inserción internacional que el país comenzó algunas décadas atrás.
Dilma Rousseff, quien tiene mayores posibilidades de vencer, cuenta con cerca del 50% de favorabilidad. A pesar de haber sido la segunda al mando durante el último periodo del actual gobierno, es prácticamente una desconocida en el escenario nacional. Su mayor logro político consiste en ser la apuesta personal de Lula, quien la impuso ante la opinión pública, y ante su partido.
Por su parte, José Serra, quien había sido el favorito hasta hace algunos meses, ha sido arrasado y hoy representa el 28% de las intenciones de voto. Cuenta con mayor reconocimiento en el plano político paulista. Se ha desempeñado como diputado federal, senador, alcalde y gobernador de São Paulo.
Ambos representan a la izquierda brasileña, y en su juventud lideraron movimientos de resistencia frente a la dictadura. Dilma, del ala radical, se comprometió con la lucha armada. Su militancia en guerrillas urbanas la convirtió en blanco de los militares, quienes la apresaron y torturaron durante 22 días. Serra, en un espacio más académico, desde la Universidad de São Paulo, se hizo líder y llegó a presidir la Unión Nacional de Estudiantes, cargo por el que fue perseguido políticamente hasta partir al exilio en Chile.
Las prioridades nacionales, como la consolidación del desarrollo económico, la inserción política internacional y la integración sudamericana, forman parte de los programas de los dos candidatos.
Dilma propone un mayor rol del Estado en la economía para adelantar un programa ambicioso en materia asistencial. Los recursos que lo sustentarían provendrían del acervo productivo de la nación. Esta visión ha sido criticada por la oposición, no sólo porque compromete la fuerza del sector privado de la poderosa industria de la región sureste, sino porque al aumentar el gasto social queda un menor margen para invertir en desarrollo.
José Serra propugna por una mayor estabilidad fiscal. Aunque no es precisamente un neoliberal, defiende la eficiencia del rol del Estado a través de una efectiva sincronía entre el sector público y el privado. En el plano internacional, ambos candidatos buscan ampliar la participación y el protagonismo del país. Un Brasil comandado por Serra intentaría atenuar el sesgo ideológico de la política exterior del actual gobierno, que muy seguramente continuaría sin variaciones con Dilma.
Si ganara Serra, el escenario sería más tranquilizador para potencias y economías importantes, como expresión de un evidente retorno a los métodos de Cardoso. Con Dilma Rousseff, la favorita, el gasto social puede irse a más, y la estabilidad macroeconómica puede resultar lesionada, si bien levemente, de acuerdo con la mayoría de los observadores.
Lo cierto es que una nueva victoria de la izquierda más radical puede tener también un importante impacto en el ajedrez político de la región, y ser la continuación por cuatro años más de la agitación ideológica que ha marcado el ritmo del escenario latinoamericano en los últimos años.
(*) Profesora de la cátedra ‘Brasil en la América del siglo XXI’ de la Facultad de Relaciones Internacionales de la Universidad del Rosario.