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El escritor brasileño João Guimarães Rosa (1908-1967) produjo una de las obras más originales de la lengua portuguesa en el siglo XX. Sus textos reinventaron y universalizaron la vertiente regionalista de la literatura brasileña, al volverse hacia el campo mediante un lenguaje innovador, que combina la investigación del habla popular, neologismos y una notable elaboración poética. Sus personajes, lejos de ser prosaicos o ingenuos, enfrentan temas de gran envergadura, como el amor, el destino y la lucha entre el bien y el mal.
2026 es un año especial para la obra de Guimarães Rosa, ya que tres de sus principales libros celebran aniversarios redondos: Sagarana cumple ochenta años, mientras que Grande Sertão: Veredas y Corpo de Baile alcanzan siete décadas. Biografías, tradicionalmente escasas en el caso de alguien que decía que su vida debía buscarse en las páginas de la literatura, han venido publicándose con motivo de esas efemérides. Dichos relatos tienden a llamar la atención sobre algo que mucha gente, en Brasil y en Colombia, desconoce: Guimarães Rosa vivió en Bogotá, donde se desempeñó como diplomático entre 1942 y 1944.
Tras trabajar en Hamburgo —su carrera en el exterior, además de Bogotá, incluyó París—, Guimarães Rosa llegó a Colombia solo, dejando en Brasil a su mujer y a las hijas de su primer matrimonio. En tiempos de guerra y con una red aérea menos densa, su arribo a los Andes orientales implicó un periplo con escalas en Bolivia, Chile, Perú y Ecuador.
Durante su estancia bogotana, Guimarães Rosa fue atormentado por el mal de montaña. “No deseo, sinceramente, a ninguno de ustedes, venir a estas regiones tan cercanas al cielo, que son parajes apropiados para ángeles y no para criaturas humanas”, se quejó, en una carta a un primo, de la náusea que sentía. En un documento enviado a la cancillería en Río de Janeiro, el embajador de Brasil registró que el funcionario “nunca dejó que su estado de salud, tan afectado por la gran altura de Bogotá, perjudicara su actividad en esta Embajada”.
La experiencia del soroche fue tan intensa que sería reelaborada en clave literaria en Páramo, texto publicado póstumamente en 1969. En la trama, un extranjero vive las dificultades de adaptación y los percances de la falta de aire. Bogotá no es mencionada explícitamente, pero aparece como una “ciudad vieja, colonial, de vetusta época, y triste, quizá la más triste de todas, siempre lluviosa y adversa, en yertas alturas, en una altiplanicie en la cordillera, cercana a las nubes, castigada por el invierno, una de las capitales más elevadas del mundo”. Resulta bastante interesante cotejar las impresiones de ese narrador con las primeras memorias capitalinas de otro escritor procedente de altitudes más bajas y de clima más soleado, un joven costeño llamado Gabriel García Márquez.
Se equivoca, sin embargo, quien vea la etapa bogotana del autor brasileño únicamente bajo el prisma de una antipatía sin matices provocada por las dificultades respiratorias. Él consideró que los locales tenían “el intelectualismo en gran estima, y loables preocupaciones culturales”, además de elogiar frutas y dulces. De manera afectuosa, en cartas a sus hijas, les enseñó palabras como ruana, tinto, perico y mijita (“minha filhinha”). Asimismo, comentó la belleza de nombres de ciudades como Fusagasugá, Facatativá y Zipaquirá.
La relación de Guimarães Rosa con Colombia no se limitó a los dos años como secretario de embajada. El escritor regresó brevemente como integrante de la delegación brasileña a la IX Conferencia Internacional Americana, durante la cual se adoptó la Carta de la Organización de los Estados Americanos (OEA); es decir, nuestro autor estaba en Bogotá el 9 de abril de 1948. En su discurso de ingreso en la Academia Brasileña de Letras, pronunciado tres días antes de morir a causa de un ataque cardíaco, recordó que fue testigo del Bogotazo: “Tres días, sin policía, sin restos de seguridad, el propio Gobierno acorralado en el palacio. Éramos cinco brasileños, bloqueados en una vivienda en un barrio aristocrático, y creo que ni un revólver siquiera”. Cuenta la leyenda que Guimarães Rosa aprovechó ese tenso momento histórico para releer al novelista francés Marcel Proust.
Patrono del departamento cultural y educativo de la cancillería brasileña, bautizado en 2022 como Instituto Guimarães Rosa, el escritor evocado en este texto legó una obra que, con perdón del juego de palabras, quita el aliento. Que cada vez más colombianos, reconocidos por su interés cultural, puedan aprovechar las traducciones existentes al español para conocer a Guimarães Rosa y las altas cumbres que alcanzó su prosa.
*Paulo Estivallet de Mesquita es embajador de Brasil en Bogotá.
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