3 Feb 2021 - 12:54 a. m.

Has nacido en Venezuela, perdóname

Truman Percales, especial para El Espectador

Testimonio en tercera persona de una historia real que refleja el drama humano que se vive hoy en Venezuela.

CARACAS. Ayer naciste con vida gracias a que alguien me ayudó a que nacieras, pagando la cesárea. No sé cómo agradecer esa ayuda. No lo sé. Lo único que sé, es que ya estás aquí, conmigo. Te envió Dios cuando menos lo necesitábamos. Aunque lo que Dios manda, hay que recibirlo siempre. Acabamos de llegar a la casa desde el hospital. Es tu segundo día de vida. Sé que tienes hambre, pero no tengo mucho para darte. Hace tiempo que las cosas ya no son como eran antes. Eres hija de una patria rota. Has nacido en Venezuela. Perdóname, hija mía.

No sé como te voy a sacar adelante. No lo sé. Necesitas tantas cosas para crecer bien. La doctora me ha dicho que tu peso al nacer ha sido muy bajo y que hay que comprarte una leche especial y vitaminas. Pero no tengo plata. No puedo comprarlas. La panadería donde trabajé por más de diez años cerró hace meses. Todo está cerrado. No hay trabajo y la plata no rinde. Vivimos en un país donde el poco dinero que tenemos ya no sirve para nada.

Ahora que ya eres parte de la familia, tienes que saber que tu hermana mediana, a la que hoy has conocido, en realidad no es tu hermana, aunque la amo como si llevara mi sangre. Tu hermana es la hija de una vecina adolescente a la que nadie pagó la cesárea. Una de esas muchachas que caminan buscándose la vida por las carreteras y caminos polvorientos de Barquisimeto, embarazadas de hambre, miseria y miedo. Un día, cuando sea mayor, quiero contarle quién es realmente. Le contaré cómo era su madre y la llevaré al cementerio, para que hable con ella y nunca olvide quién le dio la vida.

Tu padre se fue hace meses. Tu hermana hace dos años. Aún no han podido regresar, ni tan siquiera unos días para vernos. No sé en qué trabaja tu hermana en Bogotá. No me ha querido contar bien. Me da tanto miedo que le hagan algo feo. A veces me llama llorando, diciéndome que quiere volver a la casa, pero que necesita la plata. Tu papá está en Lima. Ha encontrado trabajo en un taller mecánico, en un barrio al que le dicen Chorrillo. Cuando hablamos, me dice que ve el mar todos los días. Que es hermoso. Que le reza a Dios para que nos proteja. Que quiere llevarnos allí. Que este mes nos mandará menos plata. No sabíamos que yo estaba embarazada cuando él se fue. Eres su última caricia.

Casi te mueres dentro de mí en el carro de tu tío camino del hospital. No teníamos combustible. Ya casi no se consigue y el poco que hay es muy caro. Tuvo que venir la doctora a buscarme. Que Dios me la bendiga. Ella nos va a ayudar con tus revisiones, si reúno la plata para pagarlas. Nunca había estado en un hospital así de elegante. Yo pensaba que ya no existían en este país estas cosas. Yo pensé que todo era como el Seguro Social. Feo, abandonado, sucio, peligroso. Yo pensé que todos pasábamos hambre, que todos bebíamos agua embarrada, que los mercados estaban vacíos. Yo pensé que ya no había pobres y ricos en nuestra Venezuela. Que todos éramos iguales en esta revolución del pueblo, como dicen en la televisión.

Ya es de noche. He salido a la parte trasera de nuestra casa para mirar las estrellas mientras duermes. El silencio me alivia el dolor que tengo en el pecho. Me relaja. Respiro mejor. Pienso que, a pesar de todo, estamos vivas después de la operación. Sueño con una vida distinta. Sueño con ver a tu papá nuevamente, cuidando de mí. Cuidando de ustedes. Me siento sola. Lo extraño. Necesito abrazar a tu hermana mayor. Sueño con irme de aquí. Sueño con olvidar esta pesadilla.

He organizado mi pieza para que estemos juntas. Me han prestado una cuna de madera pintada de azul cielo y he colocado una vela en una esquina de la habitación, sobre un plato, para iluminar el ambiente. Hace mucho tiempo que no hay luz por las noches y que el sol dejó de brillar. Vivimos en una tierra oscurecida por la avaricia. La doctora que nos ha operado me ha dado un toldillo para protegerte de los zancudos. Es blanco y con la luz de la vela hace que te veas como un hada madrina. He entrado a ver si dormías. Te siento respirar tranquila. Estás tranquila. Yo no lo estoy. En dos horas te vas a despertar y te pondrás a llorar mientras buscas mi pecho desnutrido. Te vas agarrar a él para estrujarlo. Para sacarme lo poco que me queda dentro de este cuerpo escuálido y adolorido.

No tengo nada más que ofrecerte. Perdóname, hija mía.

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