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Hemingway y la KGB

De cómo el Nobel de Literatura habría sido cercano a las redes de espionaje rusas en los comienzos de la Guerra Fría.

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Mauricio Becerra / Washington
12 de septiembre de 2009 - 09:00 p. m.
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Todos los cuadernos están escritos de un modo cuidadoso, como si las anotaciones hubieran sido hechas por un calígrafo experimentado o hubieran tenido por autor a una persona consciente de la responsabilidad que tenía al dejar correr su mano por la cuadrícula de las páginas. A veces, en algunos pasajes, aparece de pronto un rayón, o una flecha que agrega algo, o una nota breve sembrada en la mitad de un bosque de palabras que se inclinan hacia la derecha como si de repente quisieran asomarse a mirar la página que sigue.

Pero la regla general en todos los cuadernos son la pulcritud y la claridad con la que el ex agente y periodista Alexander Vassiliev transcribió, a mediados de la década del noventa, cientos de folios de los archivos de la KGB, transcripciones que por estos días vuelven a ser noticia tras la publicación del libro Spies, the rise and fall of the KGB in America, en el que se cuentan por primera vez en la historia las operaciones de espionaje llevadas a cabo por los organismos de inteligencia soviéticos en EE.UU. durante los treinta y los cuarenta.

“La historia del espionaje y la inteligencia puede ser un área frustrante para los historiadores”, aseguran John Earl Haynes y Harvey Klehr, coautores, junto con Vassiliev, del libro editado por la Universidad de Yale. “Los pedazos de información divulgados por los gobiernos para alimentar la curiosidad (de la gente) sobre el (mundo del) espionaje pueden ser malinterpretados. Por lo general, las declaraciones oficiales de los gobiernos tienen que ver más con las relaciones públicas que con la verdad”, explican.

El libro se basa en los cuadernos de notas de Vassiliev, cuadernos que hoy están no sólo al alcance del público en la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, sino que se pueden consultar en la página en internet del Woodrow Wilson International Center for Scholars.

Esta es la primera vez en la que se develan nombres y apellidos de agentes y colaboradores de la KGB en Estados Unidos. “La política de la inteligencia rusa y soviética era, y sigue siendo, abstenerse de identificar las fuentes y los agentes que no hayan admitido por ellos mismos haber trabajado como tales”, se lee en el libro. Hoy, muchos de los nombres encubiertos tienen al fin un rostro que mostrar. Uno de ellos es el de Ernest Hemingway.

El agente ‘Argo’

 “El simple hecho de que Ernest Hemingway hubiera jugado con la inteligencia Soviética constituye una de las revelaciones más sorprendentes en los archivos de la KGB”, anotan sus autores en las páginas donde registran los esfuerzos realizados por los servicios secretos rusos para reclutar a quien bautizaron bajo el nombre de ‘Argo’ (en la mitología griega, Argos era el nombre del gigante de los cien ojos). Las notas en poder de la KGB dicen:

 “Argo —Ernest Hemingway, fecha de nacimiento: 1898. Ciudad: Duke Park, Illinois (EE.UU.). Ciudadano americano, educación secundaria, escritor. Durante la Primera Guerra del Imperialismo fue corresponsal en las unidades médicas de los ejércitos italiano y francés.


En 1937, mientras estaba en España, ‘Argo’ escribió en defensa del Frente Popular en sus artículos, y solicitó ayuda para la República de España, criticando agudamente el aislacionismo del Congreso y el Departamento de Estado de EE.UU. ‘Argo’ insistió para que EE.UU. levantara el embargo en la importación de armamento a la Repub. de España…”.

Más adelante; “En 1941, antes de viajar a China, ‘Argo’ fue reclutado para nuestro trabajo en el terreno ideológico por ‘Sonido’. El contacto no se llevó a cabo en China. En septiembre de 1943, mientras ‘Argo’ estaba en La Habana, donde tenía una finca, nuestro agente lo contactó y, antes de su salida para Europa, se reunió con él solamente dos veces. En junio de 1943, la conexión con ‘Argo’ se reanudó una vez más en Londres, donde él había viajado como corresponsal americano con el ejército aliado para la revista Colliers”.

Y unos renglones después, de forma explícita: “Nuestros encuentros con ‘Argo’ en Londres y La Habana se llevaron a cabo con el objetivo de estudiarlo y determinar su potencial para nuestro trabajo. A lo largo del período de conexión con nosotros, ‘Argo’ no suministró ninguna información polit., aunque repetidamente expresó su deseo y voluntad de ayudarnos”.

 Con el paso de los meses, y los años, todos estos acercamientos se redujeron de a poco, hasta el punto que para finales de la década del cuarenta, el servicio secreto decidió echar tierra sobre el asunto y olvidarse del agente ‘Argo’, aunque, años después, en un intento por recuperar el territorio perdido en el mundo del espionaje, la estación de la KGB en Washington le recordara Moscú que todavía podían contar con Hemingway.

Esa fue la última vez que se habló de él. “Aunque no hay evidencia de que Hemingway hubiera hecho ningún trabajo real para la KGB”, dicen Haynes, Klehr y Vassiliev, “sus pestañeos con el mundo de la clandestinidad fueron aparentemente embriagadores”.

Todo por la plata

Que un ex agente de la KGB y periodista hubiera tenido la oportunidad de entrar a los archivos del Servicio de Inteligencia Extranjero Ruso (que es el nombre con el que se prolongó la vida de la desaparecida KGB), para copiar los documentos que reposaban en sus estantes, no se debió a una operación de espionaje, como sería emocionante creer. La realidad es otra. Tiene que ver con una negociación audaz entre la editorial británica Crown y el Servicio de Inteligencia, por medio de la cual la primera le entregaría una suma de dinero significativa destinada a crear un fondo de pensiones para los oficiales retirados del servicio secreto ruso, a cambio de la cooperación en la publicación de una serie de libros sobre los servicios de inteligencia que los editores de Crown ya tenían pensados. Corría el verano de 1993.

Por Mauricio Becerra / Washington

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