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La dama de hierro del Brasil

La batalla más importante de Dilma Rousseff, candidata a suceder al presidente Luiz Inácio Lula da Silva, es contra el cáncer.

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Redacción Internacional
26 de mayo de 2009 - 10:50 p. m.
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“Los médicos descubrieron hace tres semanas que tengo cáncer linfático y tendré que someterme a quimioterapia durante cuatro meses. Estoy segura de que superaré este desafío porque no pienso dejarme vencer”. Con estas palabras la ministra de Gobierno de Brasil, Dilma Rousseff, anunció el pasado 25 de abril que estaba enferma. La desafortunada confesión se habría quedado sólo en eso, de no ser porque Dilma es la elegida de Luiz Inácio Lula da Silva para sucederlo en la presidencia.

Desde que dijo que no estaba interesado en una tercera reelección, porque “el relevo es bueno para la democracia”, Lula puso sus ojos y sus esperanzas en esta mujer, una prominente funcionaria del Partido de los Trabajadores (PT) en el estado de Río Grande do Sul, que en 2003 fue llamada a São Paulo para conformar el equipo de empalme entre el presidente Fernando Henrique Cardoso y el entrante Lula. Desde entonces la mujer no se separa del lado del mandatario. Quienes la conocen aseguran que se reúne diariamente con el jefe de Estado, quien a su vez no toma ninguna decisión relevante sin contar con su opinión. “Ella es mi elegida y creo que tiene todas las cualidades y condiciones para seguir con lo que comenzamos en el país”, aseguró Lula en una reunión con miembros del Partido de los Trabajadores.

Rousseff, de 61 años, trabaja 15 horas diarias. Llega a su oficina a las 9 de la mañana y no sale antes de las 9 de la noche. Los fines de semana trabaja desde su casa. Tiene, entre otras tareas a su cargo, el ambicioso programa de crecimiento económico para evitar que la crisis golpee muy duro al país.

Primero ministra de Energía y luego jefa de Gabinete y presidenta de la petrolera estatal Petrobrás, Rousseff es uno de los personajes favoritos de la prensa local. Y su penosa enfermedad es tan sólo el último capítulo de una vida accidentada dedicada a la política. Hija de un disidente comunista búlgaro, exiliado en Brasil tras la Segunda Guerra Mundial, Rousseff creció en una familia de izquierda bajo una férrea dictadura militar. Por eso, cuando aún no cumplía los 18 años, y durante los primeros semestres de su carrera en Economía, se vinculó a estructuras estudiantiles clandestinas.

Perteneció a la organización Política Operaria y tras ser expulsada de la Universidad se vinculó a la Vanguardia Armada Revolucionaria Palmares, uno de los más importantes grupos guerrilleros de la época. En 1970 fue capturada, torturada y encarcelada durante tres años. En poquísimas ocasiones, Rousseff se ha permitido hablar de los 22 días en que fue sometida a electrochoques.

Su silencio, sin embargo, contrasta con el interés de sus opositores por sacar provecho de sus años en la insurgencia. Recientemente, en la primera página de O Estado de São Paulo, apareció un registro público que sindicaba a Rousseff por el secuestro, cuarenta años atrás, del ministro de Finanzas del Brasil. Veinte días después el periódico se retractó del informe, cuya fuente principal habría sido una cadena de correos en internet.

Ahora, es la salud de la incansable funcionaria el centro de atención de la prensa y el blanco de sus detractores, hasta el punto de perder, en ocasiones, el tacto. Hace unas semanas, por ejemplo, una foto de la ministra con la peluca desajustada circuló por todos los diarios como seña fehaciente de su tratamiento médico. 

La semana pasada Dilma Rousseff fue internada de urgencia en el hospital. “La ministra presentó un intenso dolor en los miembros inferiores, necesitando medicación intravenosa”, señaló un boletín oficial emitido en horas de la madrugada. Según los médicos, Rousseff sufrió un problema muscular provocado por la quimioterapia a la que está siendo sometida.

De inmediato, numerosos dirigentes del Partido de los Trabajadores plantearon sus dudas sobre la capacidad de la ministra para hacerle frente a la campaña electoral de 2010, cuando se escogerá al sucesor de Lula, y pusieron sobre la mesa la posibilidad de promover una reforma constitucional que legalizaría un tercer mandato presidencial. El PT sabe que sin Lula y con la candidata enferma, las posibilidades de mantener la presidencia se reducen.

Según el parte médico, el cáncer de la ministra es curable en un 90%. Pero en su partido temen que la enfermedad les haga perder la presidencia frente a dos contendores de peso pesado como el socialdemócrata José Serra, alcalde de São Paulo, y el socialista Ciro Gomes.

Esta semana Rousseff fue dada de alta. Y ha vuelto a sus largas jornadas, que ponen a todos sus subalternos a apurar el paso para no quedarse atrás. Hasta ahora, la ministra lo ha superado todo. Y aunque aún no puntea en las encuestas, tiene la presidencia de Brasil a pocos pasos. Aunque se niega a hablar de su candidatura, ella insiste públicamente en que la enfermedad no será un obstáculo: “No hay incompatibilidad entre el cáncer y mi trabajo”.

Por Redacción Internacional

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