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La doctrina de Trump a examen: qué dejan sus operaciones en el extranjero

El presidente amenaza con su tercera aventura militar en lo que va del año. En Venezuela, el control del petróleo no alivió la inflación interna, y la ofensiva en Irán, además, dejó a Estados Unidos en la soledad diplomática. ¿Qué pasaría con Cuba?

Camilo Gómez Forero

23 de mayo de 2026 - 07:00 p. m.
El presidente Donald Trump (izquierda) escucha al secretario de Estado, Marco Rubio (derecha) durante un encuentro en la Casa Blanca.
Foto: EFE - AARON SCHWARTZ / POOL
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Donald Trump no ha sido un presidente popular en ninguno de sus dos mandatos, según lo dictan las encuestas. Solo ha tenido un breve período de aprobación neta positiva en enero de este año, tras la operación Absolute Resolve en Venezuela, que condujo a la captura de Nicolás Maduro. Es decir, los ciudadanos que aprobaban su gestión superaban a los que la desaprobaban entonces. Sin embargo, en las últimas semanas los números son fatales.

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Solo un promedio del 39,7 % aprueba la gestión del presidente, mientras que el 57,6 % la desaprueba. Esto está cerca de los mínimos y máximos de su mandato actual, respectivamente. ¿Por qué? La respuesta está en Irán y los efectos que la guerra ha tenido en la economía interna.

“Encuestas recientes de CNN, ‘The New York Times’ y otros medios muestran que la mayoría de los estadounidenses se oponen a la guerra en Irán. Muchos han comenzado a vincular directamente las políticas de Trump con sus problemas económicos personales”, señala Stephen Collinson, de CNN.

Ante este panorama, y con la necesidad de levantar vuelo antes de las elecciones de medio término, Trump parece estar considerando otra operación que redima su fracaso en Irán y le otorgue algún rédito: Cuba, a quien ve como un “enemigo” más fácil de romper.

Esta semana, la escalada de tensiones con Cuba alcanzó su punto más crítico. El mismo Día de la Independencia de Cuba, el gobierno estadounidense acusó al expresidente cubano Raúl Castro, de 94 años, por asesinato y conspiración para matar a ciudadanos estadounidenses. Para analistas, esto podría ser un pretexto para una acción militar similar a la que se llevó a cabo con Maduro.

La acusación coincide con un repunte de los vuelos de inteligencia militar estadounidenses en la isla y también con la bienvenida del Comando Sur al Grupo de Ataque de Portaaviones Nimitz y movimiento en el Fort Buchanan, la base de EE. UU. en Puerto Rico. Estas maniobras, cabe destacar, precedieron a los ataques contra Irán y Venezuela.

Trump tiene motivación y está moviendo las fichas del tablero, ¿pero vale la pena el riesgo? ¿Qué ha conseguido EE. UU. y Trump con sus operaciones en el extranjero hasta ahora? Más importante: ¿qué ha perdido? Es hora de un profundo corte de cuentas.

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La fantasía de los precios de Venezuela

Además del efímero repunte en las encuestas en enero, Trump le demostró brevemente a su base electoral que su doctrina transaccional de “presión máxima” podía derrocar “gobiernos hostiles” sin empantanar al país en una ocupación militar prolongada. La mayoría de su bancada lo respaldó, aunque las fisuras preexistentes se profundizaron. De todas maneras, alimentó su capital político y, sobre todo, sus alianzas.

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Los magnates petroleros de Texas y los grandes fondos de Wall Street, financistas históricos del movimiento MAGA, vieron cómo la intervención militar les abría las puertas de un mercado clausurado por años. Al restringirse el flujo de caja y la reconstrucción de la infraestructura casi exclusivamente a corporaciones estadounidenses bajo la Licencia General 52, Trump pagó sus deudas de campaña entregando concesiones directas.

La Casa Blanca entregó a corporaciones como Chevron y Shell el monopolio virtual para explotar y refinar las mayores reservas de crudo del planeta. Al ciudadano estadounidense común se le prometía un alivio inmediato en los precios de los combustibles. Pero esto no ocurre así.

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Estados Unidos es el mayor productor de petróleo del mundo, pero produce principalmente crudo “ligero”. Sin embargo, las refinerías de la Costa del Golfo, en estados como Texas, fueron diseñadas hace décadas específicamente para procesar crudo pesado y “viscoso”, como el de Venezuela.

El doctor Ian Lange, de la Escuela de Minas de Colorado, explicó a la CBS que tener acceso al crudo pesado venezolano ayuda a las refinerías a reducir sus costos operativos, al no tener que competir exclusivamente por el crudo pesado de Canadá. No obstante, el impacto directo en el precio final de la gasolina para los ciudadanos es marginal a corto plazo y no se traduce en un alivio nacional inmediato.

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La gasolina que paga el ciudadano común en la estación de servicio está determinada en gran medida por los marcadores globales, como el brent, la inflación y los choques geopolíticos. Un barco de Chevron descargando crudo venezolano en Misisipi optimiza los márgenes de ganancia de la refinería y podría llegar a aliviar el suministro, pero no tiene el peso suficiente para tumbar el precio nacional cuando hay una guerra en Oriente Medio, como explica Patrick De Haan, jefe de análisis petrolero de GasBuddy.

“Probablemente se necesitarían años para ver un aumento considerable en la producción de petróleo”, dijo De Haan a la CBS sobre el crudo venezolano.

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Hubo ganadores, sí, pero no es el estadounidense de a pie. Y la estabilidad petrolera prometida en Caracas se evaporó, además, tan pronto como las decisiones de la Casa Blanca en Oriente Medio encendieron el frente iraní.

El estancamiento en Irán

Con el inicio de la guerra hace casi tres meses, la Casa Blanca buscaba una ganancia estratégica clara: desmantelar la capacidad de financiación de Teherán, asfixiar su economía interna y cercar de manera definitiva su programa nuclear mediante un agresivo bloqueo naval y financiero.

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En principio, a través de la persecución global de la llamada “flota fantasma”, los barcos que transportan crudo iraní bajo banderas de conveniencia, Washington logró demostrar el alcance de su poder extraterritorial, obligando a puertos y navieras de todo el mundo a alinearse con sus directrices penales y bancarias por temor a quedar excluidos del sistema de la Reserva Federal.

Pero conforme se fue extendiendo la misión, el pueblo estadounidense fue recibiendo un golpe directo al bolsillo. La desconexión forzada del crudo iraní del mercado global, sumada a la tensión militar constante en el estrecho de Ormuz, generó una volatilidad extrema. Hoy, el estadounidense de a pie paga las consecuencias de la demostración de fuerza de su presidente: los precios de la gasolina han alcanzado récords históricos, superando los USD 4 por galón en los 50 estados, con un promedio nacional de USD 4,56.

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Políticamente, la aventura en Oriente Medio se ha convertido en un bumerán para Trump. El despliegue ha tenido un costo diplomático que roza la humillación internacional y expone la fragilidad del aislamiento estadounidense. Lejos de alinear a una coalición global, la ofensiva sumió a la Casa Blanca en la soledad.

En Europa, aliados históricos del G7, como Reino Unido y Francia, se distanciaron de la estrategia de Washington, rechazando participar en un bloqueo total del estrecho de Ormuz y limitando sus misiones a patrullas de escolta comercial básicas. Y ante la desesperación por contener el desbocamiento de la inflación energética interna, la administración se vio obligada a pedirle a Pekín que intercediera ante Teherán y utilizara su influencia económica para frenar la escalada.

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Se evaporó el capital político ganado en enero, y esto ahuyentó definitivamente a figuras de la bancada republicana, que envalentonadas por las primarias, incluso votaron junto a los demócratas resoluciones de poderes de guerra para limitar la autoridad bélica del presidente. El régimen iraní, además, sigue de pie, la guerra está estancada y los precios altos. Una derrota.

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Cuba, ¿la siguiente?

Trump tiene la experiencia positiva de Venezuela, pero ya no cuenta con capital político para respaldar una nueva intervención militar. Por otro lado, aunque el ejército cubano cuenta con equipo obsoleto para enfrentarse a EE. UU., sería difícil volver a ver una operación militar como la de Maduro. Analistas advierten que el anillo de seguridad de Castro se ha cercado para evitar una extracción como la que se vio en Caracas. Además, la sociedad no reaccionaría igual.

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Lee Schlenker, investigador asociado del Instituto Quincy para la Política Exterior Responsable, le dijo a CNN que el pueblo cubano tiene una doctrina de responder en caso de una invasión. “Eso causaría bajas estadounidenses que, a su vez, provocarían la muerte de decenas, si no cientos, de civiles y miembros de las fuerzas de seguridad cubanas”, dice.

Las encuestas también nos dicen que la mayoría de los ciudadanos se oponen a la política de Trump hacia Cuba. Sin capital político, y sin el apoyo popular, ¿por qué intentarlo? Como advierte Franco Ordoñez, corresponsal de la NPR en la Casa Blanca, “en este caso no hay petróleo que obtener ni armas nucleares que detener”. Sin embargo, sí tiene sentido desde la perspectiva de Trump sobre su legado personal.

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“(A Trump) le gusta decir que ha hecho cosas que sus predecesores no pudieron hacer. Y es algo que interesa mucho a sus amigos y aliados, incluidos sus partidarios cubano-americanos y algunos asesores. Es decir, vive en Florida y está rodeado de personal apasionado por este tema. Y, por supuesto, el secretario de Estado, Marco Rubio, ha sido una fuerza impulsora en este esfuerzo. Es hijo de inmigrantes cubanos y ha dedicado gran parte de su carrera a promover un cambio de régimen en Cuba”, señala.

Pero fuera del enclave electoral del sur de Florida, el único ecosistema donde el discurso anticastrista radical garantiza votos y financiamiento para el aparato republicano, la retórica de una nueva intervención carece de respaldo para el resto del país. A un votante en el cinturón industrial de Ohio o en los suburbios de Arizona una operación en el Caribe no le ofrece ningún botín energético que justifique el riesgo, pero sí la amenaza inminente de desatar una crisis migratoria masiva de balseros hacia las costas del sur.

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Hay que sumar que la tensión entre Trump y su partido es incluso más alta que la de Washington con La Habana. Trump ha trabajado para destituir a legisladores republicanos en ejercicio, como el senador Bill Cassidy, de Luisiana, quien finalmente perdió las primarias esta semana. Cassidy lo cobró y se pronunció públicamente en contra de la financiación del salón de baile de Trump y dio el voto decisivo para impulsar una resolución estancada sobre poderes de guerra que obligaría al gobierno a retirarse del conflicto con Irán. Esta ruptura también nos dice cómo están los ánimos en Washington y la oposición que puede causar una operación en Cuba.

En el plano multilateral, el costo para Estados Unidos sería la quiebra definitiva de su legitimidad en las Naciones Unidas. Cruzar la línea de la acción armada unilateral bajo el pretexto de la acusación a Castro aislaría por completo a Washington en la Asamblea General de la ONU, un foro que año tras año condena de forma casi unánime el embargo a la isla. Entonces, ¿por qué?

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Se trata, para los analistas, de una aventura por ego que el Trump reconoce: “Otros presidentes han estado considerando esto durante 50 o 60 años, haciendo algo al respecto, y parece que seré yo quien lo haga”. En esto coincide Collinson, quien dice que así, desde su perspectiva, Trump se observaría como el presidente que logró lo que sus predecesores, desde John F. Kennedy en adelante, no consiguieron: “Derrocar al régimen del difunto dictador Fidel Castro”.

“Esto promete el tipo de reconocimiento histórico que anhela Trump”, escribió.

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