Nadie quiere meter las manos al fuego por Cuba ante el despliegue de poderío político y económico de Estados Unidos en el mundo. La política exterior de guerra del actual presidente norteamericano ha dejado sin margen de maniobra o de diplomacia tanto al gobierno cubano como a los países que históricamente han sido sus aliados; ni siquiera los gobiernos de izquierda sudamericanos interceden por la isla: luego de la intervención estadounidense en Venezuela el pasado enero, nadie duda de que Donald Trump utilizará la fuerza, si le resulta necesaria, contra quien considere un enemigo, y cualquiera que le contradiga puede entrar en esa categoría.
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Lo sucedido el 3 de enero de 2026 no solo tuvo un impacto simbólico en Cuba, sino en la vida de sus habitantes que se deterioró de forma irremediable debido a la suspensión del envío de combustible proveniente de Venezuela. No porque la escasez de combustible sea algo insólito en la realidad de la isla, que desde la caída de la Unión Soviética ha sorteado las barreras del bloqueo económico para abastecerse de gasolina, sino porque llega en un momento en el que la estabilidad energética, la vivienda y los servicios básicos se encuentran en estado crónico debido al impacto de la pandemia de la covid-19.
Mientras tanto, los habitantes de la isla intentan seguir con la vida cotidiana en medio de apagones cada vez más frecuentes, falta de suministro de agua y gas, dificultades para el transporte y el descenso abismal del turismo, uno de los motores de la economía del país. A pesar de las circunstancias adversas, viajé a La Habana con mi familia como lo teníamos planeado desde 2025. Es la tercera vez que visito Cuba.
En el aeropuerto El Dorado, la fila para hacer el chequeo del vuelo estaba llena de viajeros cubanos cargados de maletas con tamaños que no corresponden al equipaje regular para un viaje internacional. Me explicaron luego que los cubanos visitan permanentemente Colombia, especialmente Bogotá, para comprar a bajo precio mercancía como ropa, zapatos, perfumes y joyería, entre otros productos, para venderla en Cuba. Esta práctica ha ido en ascenso desde el año 2020, cuando el gobierno de la isla flexibilizó la importación de bienes por parte de privados para fines comerciales y abrió la puerta a la creación de las ahora famosas mipymes (micro, pequeñas y medianas empresas).
Ya en La Habana, el impacto en las visitas de extranjeros se hace evidente. “Hemos tenido una cancelación masiva de las reservas en las últimas tres semanas y para las próximas seguramente serán más”, comenta Odalys, quien administra un hospedaje en Centro Habana ofertado a través de plataformas online de estadías. “La gente tiene miedo porque las noticias hablan de todo lo que pasa acá, pero acá lo difícil es para nosotros, a los turistas no les toca nada”, reflexiona mientras nos entrega recomendaciones de restaurantes y mipymes donde podemos adquirir productos básicos para nuestra estadía en la ciudad.
Siguiendo sus recomendaciones, visitamos un restaurante especializado en comida cubana ubicado cerca del hospedaje. El restaurante se convirtió en nuestro favorito durante todo el viaje por la calidad de la atención, la variedad de platos y los precios bastante cómodos. Sin embargo, solo hasta el final de nuestra estadía encontramos el lugar concurrido. “El día de ayer, cuando vinieron a desayunar ustedes, fueron los únicos clientes que tuvimos en todo el día”, confiesa Antonio, el capitán de meseros del restaurante. Así, las propinas se vuelven casi una obligación para todos los servicios y lugares que visitamos, como una forma de compensar, si es que era posible, la falta de más turistas.
Sin el tránsito permanente de automóviles y buses, el silencio se apodera de las calles de La Habana Vieja, uno de los barrios más antiguos de la capital. Bicicletas, motos y triciclos eléctricos son los medios de transporte a los que han tenido que habituarse cubanos y visitantes. El silencio se intensifica con la poca afluencia de personas. El desabastecimiento de petróleo ha llevado al gobierno cubano a establecer el trabajo y las clases remotas, así como el recorte de horarios de los servicios presenciales; esto supone una reducción de los ciudadanos en las calles. Incluso largas caminatas son una elección permanente, ya que los precios del transporte privado son difíciles de pagar para un cubano que vive con un salario mínimo, que actualmente equivale a entre USD 6 y 8. Un trayecto de cuatro kilómetros puede costar alrededor de 6.
Hoteles, bares, restaurantes, transporte, artesanías… Los trabajadores del turismo luchan por no perder su sustento bajando sus precios y atendiendo como celebridades a los turistas que cada vez son menos. En el año 2019, un paseo de una hora en uno de los carros antiguos descapotables, conocidos como almendrones, que se encuentran en el Parque Principal, costaba alrededor de USD 60; actualmente se puede conseguir en USD 30. “Mi mejor momento fue la época en la que vino Obama”, comenta José Luis, el conductor del almendrón que decidimos contratar, quien agrega: “En ese momento podía hacer hasta USD 600 en un día; hoy, con suerte, hago USD 50”. En medio de la información histórica que nos entrega, José Luis habla de la situación actual del país: “Se me hace increíble que después de tanto tiempo los de acá no hayan buscado mejorar la relación con el vecino más importante que tenemos, esa debería ser una prioridad. Tienen que sentarse a hablar”.
En el almendrón recorrimos desde el centro hasta el oeste de la ciudad a través del Malecón y pudimos advertir el contraste entre el paisaje lleno de edificios deteriorados y calles angostas de Centro Habana frente al de casas grandes y avenidas amplias de los barrios Vedado y Playa. El regreso al punto de salida a través de calles interiores nos deja ver el insuficiente manejo de las basuras del que tanto se habla en los medios de comunicación y en las redes sociales. Sin distingo de zona, la acumulación de desechos puede encontrarse por toda la ciudad y, a pesar de que algunos camiones recolectores se encuentran en servicio, es claro que no es suficiente. Y nunca lo ha sido, porque este problema, como casi todos los problemas en Cuba, tiene su génesis en la escasez histórica de combustible y de repuestos para los vehículos destinados a ello. Así que el endurecimiento del bloqueo a la isla solo agrava un problema ya conocido, con los riesgos directos para la salud que esto puede traer para los cubanos. “Es cuestión de tiempo para que se privaticen los servicios como el de las basuras porque al gobierno le quedó grande ese problema y muchos otros”, sentencia el conductor, finalizando el servicio.
Y es que el capital privado tanto de cubanos (en el país y en el exterior) como de extranjeros ha supuesto un alivio al desabastecimiento de productos básicos y no básicos en el país. Desde el año 2020, como consecuencia de la flexibilización aduanera, se ve un aumento considerable de automóviles último modelo en las calles de La Habana, así como la apertura de restaurantes y bares de lujo, tiendas con productos alimenticios de diversos países como México, España, Brasil y Estados Unidos, y hoteles como el Torre K, que actualmente es el edificio más alto del país. Esto, aunado a la situación económica general del país, ha devaluado el peso cubano, que antes de la pandemia estaba uno a uno con el dólar estadounidense. En 2023, un dólar se cambiaba por 300 pesos cubanos en el mercado negro; hoy, un dólar equivale a 500 pesos cubanos.
Esto profundizó una brecha social entre quienes se benefician del producto de estas inversiones o quienes reciben dinero de familiares en el extranjero y quienes no. Una brecha que no hace sino aumentar y que deja desprotegidos a quienes trabajan o dependen del Estado. “Acá no es que no haya qué comer, lo que no hay es dinero con qué comprar”, resume Odalys, mientras cuenta fajos de billetes de 500 y 1000 pesos cubanos para cambiarlos por nuestros dólares.
En nuestro último día de viaje nos dedicamos a gastar el dinero cubano que aún nos quedaba porque, nos advirtieron, comprar dólares con pesos cubanos no es tan fácil como venderlos. Así que buscamos souvenirs y volvimos a desayunar, almorzar y comer en el restaurante en el que trabaja Antonio, que cada vez que nos veía llegar nos recibía como la primera vez. Al indagar por su opinión sobre la coyuntura, cuenta que como ingeniero de profesión entiende técnicamente las dificultades que supone el bloqueo al país, pero no titubea al señalar que esa ha sido la gran excusa del gobierno para evadir su responsabilidad en la situación, y remata: “Caballero, un gobierno que no acepta la diferencia no tiene futuro”.
* Juliana Velasco es abogada especializada en derechos de autor, escritora y editora.
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