No hubo flores. Esa fue su última voluntad. De los 95 años que vivió, Taty Almeida dedicó casi 51 a buscar a Alejandro, el hijo que la dictadura argentina le arrebató. Él sabía que estaba en peligro, y ella supo su sentir al leer un poema que él dejó: “Si la muerte me sorprende lejos de tu vientre (...), si me sorprende lejos de tus caricias que tanto me hacen falta, si la muerte me abrazara fuerte como recompensa por haber querido la libertad, y tus abrazos entonces solo envuelven recuerdos, llantos y consejos que no quise seguir, quisiera decirte, mamá, que parte de lo que fui lo vas a encontrar en mis compañeros”. Y así fue. Lo buscó y lo trató de encontrar entre quienes lo conocieron, e incluso entre los desconocidos que pasaron por delante de sus ojos. Nunca perdió la esperanza de volver a abrazarlo, así como se aferró a la bandera argentina tras el retorno a la democracia, y su vida la dedicó a la lucha que reunió a muchas otras mujeres que cargaron con el mismo dolor.
Gánale la carrera a la desinformación NO TE QUEDES CON LAS GANAS DE LEER ESTE ARTÍCULO
¿Ya tienes una cuenta? Inicia sesión para continuar
Quiso ser recordada por su carácter y por sus discusiones. Quienes lloraron su muerte, ocurrida el domingo pasado, dijeron que volvieron a quedar huérfanos porque, como lo afirmó Verónica Castelli, de 52 años, a la agencia AFP, “las madres son las que nos protegieron, son las que nos marcaron el camino a seguir hasta el final”. En su caso, por ejemplo, luego de la desaparición de sus padres en 1977 y del reencuentro que en 2008 tuvo con su hermana, nacida en cautiverio. En el velorio, en lugar de flores, se recibieron donaciones para su organización. Las pocas coronas que hubo se vieron a la entrada, donde también hubo pañuelos blancos de papel, una insignia del movimiento que ella presidió.
Uno de los asistentes a las honras fúnebres, llevadas a cabo en la sede del sindicato telefónico en Buenos Aires, donde se vio una fila de al menos dos cuadras para despedir sus restos, gritó: “¡30.000 compañeros detenidos desaparecidos!”. Otros, al unísono, respondieron “¡Presentes, ahora y siempre!”, la consigna que ella solía usar al cierre de sus actos políticos. En ellos, Almeida aprovechó sus últimos años de vida para criticar al presidente Javier Milei, quien ha puesto en duda los consensos alcanzados por la sociedad argentina sobre la dictadura, y dijo que lo que tiene el país es un gobierno negacionista. Su esperanza la puso en los jóvenes, a quienes les habló hace poco, cuando recibió el doctorado honoris causa en la Universidad de Buenos Aires, un esfuerzo en contra del olvido. “Ustedes son los que van a continuar luchando por la memoria, la verdad y la justicia”, aseguró, citada por Página 12, exactamente hace dos meses.
Con su muerte, Argentina “pierde historia, memoria y una luchadora incansable por la justicia”, expresó Rodolfo Colalongo, docente e investigador de la Universidad Externado de Colombia: “Tarde o temprano, las madres fundadoras se irán muriendo; es algo biológico e imposible de evitar, pero pasarán de ser unas líderes políticas y sociales por la verdad a ser heroínas nacionales. Independientemente del contexto, su legado difícilmente será olvidado”.
Matías Bianchi, director de Asuntos del Sur, también habló de ese tema generacional, de la realidad que se está enfrentando con el fallecimiento de los referentes de las luchas de los años 70, que respondieron a ese momento histórico específico, pero recalcó que esas mismas muertes, a la par, pueden ayudar a fortalecer un mensaje que haga eco en actores más amplios: “En momentos como estos, en los cuales hay apatía y parece que no hay respuestas, entender el contexto de haberse enfrentado a una dictadura asesina, las posibilidades de éxito, pero también los riesgos de haber puesto el cuerpo, es aleccionador para los colectivos que quieren hacerle frente al momento actual”.
Ahí la cultura es fundamental. De hecho, acaba de finalizar la grabación de una película sobre la vida de Azucena Villaflor, una madre de la Plaza de Mayo. Su vida y la infiltración de Alfredo Astiz entre las mujeres (como ella) que pedían por sus hijos desaparecidos, haciéndose pasar por el hermano de una de las víctimas para luego perpetrar el secuestro de ocho de esas personas, que luego fueron torturadas y arrojadas al mar en uno de los vuelos de la muerte, serán contadas para retratar el nacimiento de esa resistencia civil en contra del terrorismo de Estado y, al tiempo, la operación que buscó destruirla. Como sucedió con Argentina, 1985, también de Santiago Mitre, esos discursos pueden hablarle a una generación joven que no le interpela la lucha por la defensa de la democracia o de los derechos humanos, como a las Madres de Plaza de Mayo. Eso nutrirá el contexto actual, sobre el cual también se están construyendo sus propias luchas.
👀🌎📄 ¿Ya se enteró de las últimas noticias en el mundo? Invitamos a verlas en El Espectador.
El Espectador, comprometido con ofrecer la mejor experiencia a sus lectores, ha forjado una alianza estratégica con The New York Times con el 30 % de descuento.
Este plan ofrece una experiencia informativa completa, combinando el mejor periodismo colombiano con la cobertura internacional de The New York Times. No pierda la oportunidad de acceder a todos estos beneficios y más. ¡Suscríbase aquí a El Espectador hoy y viva el periodismo desde una perspectiva global!
📧 📬 🌍 Si le interesa recibir un resumen semanal de las noticias y análisis de la sección Internacional de El Espectador, puede ingresar a nuestro portafolio de newsletters, buscar “No es el fin del mundo” e inscribirse a nuestro boletín. Si desea contactar al equipo, puede hacerlo escribiendo a mmedina@elespectador.com