Kevin Casas, exvicepresidente de Costa Rica, ha estudiado las instituciones y las democracias a lo largo del mundo por más de 25 años. Ha podido ver cómo los gobiernos, los pueblos y los medios para gobernar caen, emergen o se estancan. Con alarma, hoy le muestra al mundo a través del Informe Global de Democracias 2022, publicado por el Instituto para la Democracia (IDEA), una organización intergubernamental de la que es secretario general, cómo ese sistema de gobierno “por y para el pueblo” está en riesgo a nivel global.
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En su visita a Colombia habló con El Espectador.
¿Qué espera de su visita a Colombia?
Tengo mucho interés en reiniciar una conversación que se ha tenido en el pasado para que Colombia considere la posibilidad de vincularse a IDEA, a la coalición de democracias. Mucha cosa interesante está pasando en Colombia. Espero reunirme con congresistas, académicos, autoridades electorales para que consideren esa vía. Bien sabemos que si hay un país activo en materia de proponer reformas políticas y electorales es Colombia. Otra cosa es que esas reformas lleguen a buen puerto.
¿Qué resultados muestra el informe?
Denota un deterioro en la calidad de las democracias. Detecta que los problemas que se está enfrentando a nivel global se han agudizado. ¿Cómo sabemos eso? La cantidad de países que se está desplazando en una dirección autoritaria o híbrida en los últimos seis años es el doble que los que se desplazan hacia la democracia. Eso muestra la dirección en que está soplando el viento. A eso le añadimos que la mitad de las democracias están experimentando el deterioro significativo de alguno de los elementos centrales.
Ha habido un deterioro muy rápido y ha empezado a afectar democracias muy grandes como la India, como Brasil y quizá el caso más preocupante: el de Estados Unidos. Entonces hay una serie de síntomas ominosos a escala global.
Hay una percepción generalizada de que la democracia no está respondiendo de manera eficaz a las expectativas y demandas ciudadanas. Hay una brecha muy grande entre el crecimiento de esas expectativas y demandas sobre el bienestar y la capacidad de las instituciones democráticas para responder a ello.
Hay un último factor: el entorno internacional para proteger la democracia se ha vuelto mucho más hostil. Antes el precio que pagaban los líderes autoritarios era mucho mayor que el que pagamos hoy. Lo que reina es una impunidad brutal y lo hemos visto en Nicaragua ya que es un caso donde se ha ido construyendo de una manera absolutamente brutal: un régimen autoritario a plena luz del día sin que haya una reacción de la comunidad internacional y capaz de cambiar en ningún sentido visible.
Usted habla de un “declive de las democracias”, ¿a qué se refiere?
Varias cosas están convergiendo: la polarización, los atroces niveles de desigualdad, las redes sociales, la desinformación o la corrupción y percepción de corrupción. Le hace un daño brutal a la democracia y se está comiendo la legitimidad de los sistemas democráticos en todas partes.
¿Qué significa este “declive” en términos prácticos?
Estamos empezando a ver la factura política derivada de la crisis económica creada por la pandemia y agudizada por la guerra en Ucrania. Esa crisis con seguridad va a tener consecuencias políticas muy serias, lo que pasa es que nunca son inmediatas. Lo mismo que pasó con la crisis financiera de 2008 y 2009, eso tarda en decantarse 5, 6 o 7 años. Están empezando a aparecer la resaca política. Los próximos años van a ser muy complicados para la democracia, ciertamente en América Latina pero ampliamente a escala global. De alguna manera este fenómeno de deterioro agudo que detecta el informe está apenas empezando.
¿Qué son específicamente los regímenes híbridos?
Son regímenes que conservan algunos elementos del juego y la parafernalia democrática, pero que al mismo tiempo están subvirtiendo componentes fundamentales. Se compromete la independencia judicial, la libertad de prensa o el espacio cívico. Es decir, la capacidad de la sociedad civil para organizarse y demandar sus derechos. Aunque tengan elecciones a veces, poco a poco van perdiendo su significado, pero van subvirtiendo, van dañando otros componentes del juego que son esenciales. Claramente es distinto de los regímenes democráticos y de los regímenes derechamente autoritarios. El Salvador es ese régimen híbrido. Casi con seguridad está destinado a convertirse en un régimen autoritario de acuerdo con la tendencia que lleva.
Teniendo en cuenta el Estado de excepción en Honduras, ¿sería un intento de régimen híbrido?
En Centroamérica estamos viendo una situación extraordinariamente complicada. Con gran deterioro económico, político y social: coexisten dos democracias que funcionan razonablemente bien como Costa Rica y Panamá, un régimen autoritario puro y duro como el de Nicaragua y tres casos que son híbridos donde el deterioro de ciertos principios democráticos es muy visible.
Lo de Honduras es muy complejo. De alguna manera no ha logrado totalmente sanar las heridas que dejó el golpe del 2009 y sigue todavía contendiendo con esas consecuencias y ahora recientemente con un fenómeno muy grave de violencia delincuencial que en los últimos días ha llevado la imposición de medidas extraordinarias de suspensión de derechos en ciertas partes del territorio. Es problemático y sintomático de la tentación de enfrentar el problema de la violencia delincuencial simplemente echando mano a recursos represivos cuando el problema es de una complejidad enorme y requiere más que la mano dura. Esta ya se ha intentado en Centroamérica por muchísimos años sin tener algún resultado para mostrar.
Incluso democracias antiguas y “estables” como la de Estados Unidos han tenido un retroceso, ¿a qué se debe?
Estados Unidos es de lo más preocupante que tenemos. El propio impacto global no importa únicamente en Estados Unidos, importa en todo el mundo. Está quedando en evidencia que el cambio de gobierno en 2020 no cambió las tendencias de deterioro de la democracia. Los niveles de polarización están descontrolados y sus secuelas negaron la legitimidad de un resultado electoral creíble, robusto y legítimo echando mano a la violencia.
¿Por qué se está dando esta desconfianza? ¿Qué le falta a la ciudadanía para poder confiar?
Las instituciones no están respondiendo con la celeridad adecuada a las demandas y necesidades sociales en materia de bienestar. La globalización democratizó las expectativas sociales, pero no los medios para satisfacerlas. Y eso es una parte grande de la historia: la percepción de ineficacia de los regímenes democráticos para responder a demandas sociales.
¿Cuál es la situación que está viviendo Perú?
En este caso convergen todo tipo de patologías de la democracia. Esto hace que el país esté en un descenso hacia la ingobernabilidad, porque aparte de estas dos cosas, Perú tiene un problema grave de diseño institucional. Con gran facilidad se puede plantear un juicio político contra el presidente o contra los ministros. Se la pasan en eso. Hay una serie de incentivos perversos que hace muy difícil que las instituciones funcionen.
¿Es decir que hasta que no se resuelvan las falencias institucionales no va a haber estabilidad?
Es ese diseño institucional el que ha contribuido que Perú se haya quedado sin partidos, desde hace años no tiene y eso hace muy difícil cualquier negociación.
Perú no se va a estabilizar hasta que no haya una reforma política profunda que corrija esos incentivos perversos. Yo le deseo lo mejor a la nueva presidenta, pero ya otra vez está en problemas y no tengo ninguna razón para suponer que no va a correr la suerte de los presidentes anteriores.
Hay reclamos de la población y la sociedad civil, por ejemplo, Colombia, Ecuador, Panamá. ¿Están respondiendo a esas demandas los gobernantes?
En los próximos años vamos a ver muchísima movilización social en las calles para demandar derechos y eso es una espada de doble filo. Por un lado, es una fuente de inestabilidad política. Lo estamos viendo en muchos casos alrededor del mundo: el caso es Sri Lanka que sale a manifestarse desesperada como consecuencia de la crisis económica y del mal manejo que hace el gobierno. Entonces la movilización social trae mayor inestabilidad política.
La solución entonces es renegociar el contrato social, ¿cómo hacerlo?
Esa renegociación es muy difícil que la puedan hacer los parlamentos o los congresos. Es muy importante complementar la acción de las instituciones tradicionales de la democracia representativa con nuevos foros donde sea posible tener una conversación amplia sobre ese nuevo contrato social. Por ejemplo, concejos económicos sociales. Ese tipo de mecanismos ayudarían a distender las cosas que están creando una gran tensión. En eso América Latina está en pañales. Nos estamos quedando sin canales institucionales para llevar, para procesar esas discusiones, ese es el problema.
¿Qué opina del primer gobierno de izquierda en Colombia?
Hay muy pocas buenas noticias en materia de democracia en América Latina y está enfrentando tiempos muy complicados. Una de las pocas es lo que ha pasado en Colombia, no específicamente por la elección sino por lo que eso significa. Que un sector que antes se planteaba su acceso al poder por la vía de las armas haya llegado al poder por la vía de los votos es una buena noticia.
¿Qué opinión tiene de esta nueva oleada de gobiernos de izquierda en Latinoamérica?
Yo no leería demasiado por una corriente ideológica, sino que el signo de los tiempos en este momento en América Latina es un cabreo contra cualquiera. Y ese cabreo terminará por afectar a cualquiera, sea de derecha, centro derecha. Más que ideológico, es una generalización de un descontento profundo con la política que ha estado ahí desde hace tiempo, Contra cualquiera que esté en el poder.
Dentro del informe hay hallazgos positivos, ¿cuáles son?
Hay algunas buenas noticias, pero son pocas. Por ejemplo, la acción cívica alrededor del mundo está siendo muy vigorosa, la gente está saliendo a las calles a reclamar sus derechos enfrentando un enorme riesgo personal como en Irán o incluso el de China.
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