No terminó de almorzar; el cabro estaba recién servido cuando atendió la llamada. Era mediodía en Saltillo, la capital de Coahuila, al norte de Ciudad de México, y sin dar mayores explicaciones, el corpulento Félix Batista sacó unas tarjetas de presentación de la billetera y se retiró de la mesa diciendo: “Si me pasa algo o no regreso, llamen a estos teléfonos”.
El martes 10 de febrero de este año —a tres meses exactos de que lo vieran darse un abrazo con un desconocido y seguirlo hasta una camioneta blanca—, el hallazgo de 16 cadáveres calcinados en la sierra de Arteaga, una frondosa cadena de colinas sembradas de pino en el sudeste de Coahuila, de nuevo le abrió campo a Félix Batista en los titulares mexicanos. “Tenemos indicios de que puede estar muerto”, había dicho semanas atrás la procuraduría regional. El descubrimiento de los cuerpos acrecentó la sospecha.
La de Batista ha sido una desaparición humillante. A comienzos de diciembre, organizaciones no gubernamentales alertaban que México estaba por alcanzar la cifra, inédita en su historia, de mil secuestros en un año; el Departamento de Estado de EE.UU., entre tanto, intensificaba una “alerta de seguridad” para sus ciudadanos. Y en medio de este clima malsano, un cubano americano tenía que ser secuestrado, a plena luz del día, en una avenida principal. Con el agravante de que el hombre era un experto en secuestros, un negociador de alto nivel, a quien se le atribuían más de cien mediaciones exitosas en las que había logrado devolver a los plagiados de una sola pieza, a un precio razonable.
Era consultado por los medios como experto en seguridad. Protagonizaba crónicas sobre el tema, como la publicada en la revista Security Management, diez días antes de su desaparición, en la que el periodista narraba cómo Batista había logrado reducir en un 70% el precio a pagar por la liberación de un empresario mexicano durante las varias semanas en que asesoró (e incluso preparó de comer) a su familia. Por esos mismos días apareció también en un canal de televisión mexicano, en una extensa entrevista para el programa Seguridad Total, en la que Batista impartía consejos prácticos para manejar un secuestro o evitarlo.
“Yo siempre llevo un Ben Franklin, mi personaje histórico favorito, porque es la cara del billete de cien dólares. Uno entrega todas las pertenencias, el relojito, la billetera y después les dices ‘tengo algo escondidito, te lo voy a dar’, para complacerlos y que Dios quiera que con eso y una visita al cajero ya termine el asunto”, se le ve decir con seriedad. No confrontar al secuestrador. No mirarlo a los ojos. Dejar las manos quietas. Evitar a toda costa la violencia. Así eran las recomendaciones de Félix Batista.
Tras su misteriosa desaparición, se supo que había trabajado como mediador en casos de secuestros de las Farc y el Eln, aunque en Colombia, ni País Libre ni Fondelibertad han escuchado hablar de él. Su experiencia en el país —y el resto de su hoja de vida— fue rápidamente eliminada de la página de la empresa ASI Global, con sede en Texas, de la cual era contratista.
De sus actividades sólo quedan las huellas que sugieren los productos y servicios ofrecidos por el catálogo de esta empresa, especializada en responder a “secuestros y extorsiones”: “Negociaciones, ubicación y evacuación de zonas en conflicto, recuperación de barcos y aviones secuestrados”, las 24 horas del día, siete días a la semana.
Los voceros de ASI Global, se niegan a hablar. La procuraduría mexicana, perpleja, aún no sabe si se trata de un secuestro, mientras que el FBI le resopla encima con sus propios investigadores. Su esposa, Lourdes, en Miami, les ha enviado un par de mensajes a los secuestradores, y en el último les ofreció entre sollozos una jugosa recompensa.
A la procuraduría llegaron esta semana peticiones desde Washington para que se establezca si uno de los cuerpos hallados en la sierra de Arteaga, al lado de unos toneles con ácido usado, corresponde al del mediador privado.
En México nadie da razones. Las autoridades siguen investigando; las bandas, secuestrando. Félix Batista desaparecido. Y cientos de familias buscando quien les ayude a recuperar a sus seres queridos.