Tan pronto llegó al poder, Rafael Correa, presidente de Ecuador, exigió la salida de las tropas estadounidenses de la base de Manta, un anuncio visto en la región como un gran logro geopolítico, sobre todo cuando el Cono Sur apuesta por una integración más concreta.
De ahí que el acuerdo para que militares de EE.UU. operen desde bases colombianas haya suscitado enorme desconfianza. La primera impresión regional fue que Colombia se convertiría en un puente estratégico de los intereses militares de Washington en la era posterior a Manta: la Orinoquia (la mayor reserva de gas y petróleo del mundo) y la Amazonia (la mayor reserva de agua dulce y oxígeno).
Esa primera impresión se hizo más compleja cuando Bogotá justificó la presencia del contingente estadounidense desde su peculiaridad doméstica, “el conflicto armado”, mientras Washington demostró su urgencia en sustituir la Base de Manta y, por consiguiente, la importancia de esas bases para operaciones de mayor importancia a nivel regional y global.
Es importante recordar que la creación del Consejo Suramericano de Defensa, impulsado por Brasil, jamás fue visto con buenos ojos por EE.UU., así como todos los intentos de integración latinoamericana. La estrategia de la Casa Blanca en territorio colombiano incide directamente en el papel que el Consejo podría tener.
Por otra parte, la prensa internacional ha dado hoy gran despliegue al contrato a ser firmado por el presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, y su similar francés, Nicolás Sarkozy, lo que podría transformarse en el principal acuerdo de la historia militar de Brasil desde el gobierno de Getúlio Vargas, cuando apoyó a los aliados en la Segunda Guerra Mundial.
Después de 11 años de aplazamiento, Brasil comprará un nuevo caza para su Fuerza Aérea. Actualmente, el 90% de los aviones que dispone fueron fabricados en los años 70 y 80, por lo tanto están obsoletos. Entre los tres finalistas aparecen: Rafale, de la francesa Dassault; Gripen, de la sueca Saab; y el F-18 Super Hornet, de la norteamericana Boeing. Un aspecto relevante para Brasilia, más allá del modelo y el precio, es la posibilidad de la transferencia de tecnología, tema en el cual París ha demostrado más flexibilidad.
Pero más allá de la compra de nuevos equipos, podríamos vislumbrar a Francia como un aliado estratégico de Brasil en el mundo desarrollado, sobre todo ahora que el suramericano aboga por un mayor protagonismo e injerencia en la agenda internacional; por su parte, Francia busca oportunidades de negocios en el país que se perfila como líder regional.
Es importante recordar que Francia fue uno de los primeros países desarrollados en apoyar la reforma del Consejo de Seguridad de la ONU, lo que en un futuro podrá propiciar el ingreso de Brasil entre sus miembros permanentes, un anhelo constante en la política exterior brasileña. Además, París apoya la ampliación del G8 para la formación de un G14.
Estos debates que se presentan en el contexto regional son pedagógicos en el sentido de demostrar si la reciente aproximación suramericana presenta una mayor cohesión y hasta qué punto la integración se convertirá en una política de Estado y no de gobiernos.
* Profesora (Ph.D.), Universidad Externado de Colombia.