Ni siquiera en los años 90, cuando Colombia le dio asilo político al expresidente peruano Alan García, se vio un quiebre tan grande en las relaciones entre Bogotá y Lima. Ese punto de inflexión se alcanzó después del fallido intento de golpe de Estado del exmandatario Pedro Castillo, que mostró un choque de tendencias regionales en Latinoamérica: la de Gustavo Petro (que en su momento también estuvo acompañada por la del mexicano Andrés Manuel López Obrador) y la de la extrema derecha en el Congreso peruano tras el ascenso de Dina Boluarte como jefa de Estado, destituida el año pasado. De ahí en adelante se desató una serie de tensiones de lado y lado de la frontera, el último episodio marcado por la denuncia de un hecho violento en el río Putumayo, que no resulta ajena a las lógicas detrás de las contiendas electorales que ambos países viven en este momento.
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Colombia, a través de la Cancillería, le solicitó formalmente a Perú esclarecer lo sucedido el pasado 12 de abril con un ataque armado contra una embarcación, que resultó en la muerte de un colombiano, mientras que otra persona quedó herida y otras dos fueron presuntamente detenidas. Desde aquí se dijo que la ofensiva provino de lanchas tipo piraña de la Marina peruana y la contraparte argumentó que se trató de un enfrentamiento contra organizaciones criminales. En un comunicado posterior, el Ministerio de Relaciones Exteriores peruano enfatizó que el enfrentamiento armado fue iniciado por la nave colombiana. Según la versión oficial de Lima, los hechos ocurrieron durante un patrullaje fronterizo de la Marina de Guerra por el proceso electoral que se llevaba a cabo en el país.
Esa solicitud, al menos para Carlos Novoa, analista internacional y profesor en la Universidad de Lima, puede responder a una jugada diplomática, si se tiene en cuenta que del otro lado de la frontera hay un gobierno débil (“porque la mayoría del Legislativo vaca presidentes cuando quiere hacerlo”) y el mismo día del ataque se desarrolló la primera vuelta de las elecciones presidenciales: “Los dos países están en procesos electorales y los candidatos, así como las tendencias ideológicas, podrían estar intentando aprovechar la coyuntura para agitar un poco el ambiente”.
Sin embargo, José Ragas, profesor del Instituto de Historia de la Universidad Católica de Chile, resaltó que el escenario político peruano está tan complicado que los temas internacionales han sido desplazados por los comicios y la crisis local. Entonces, Colombia no ha sido parte central del debate, como sí lo han sido en otra medida Estados Unidos y Donald Trump, además de China y su influencia en la frontera sur con Chile. Más aún, argumentó que, así como lo del Putumayo fue opacado por la reciente cita en las urnas, la disputa territorial por la isla Santa Rosa no tuvo el mismo eco de un lado y del otro de la frontera porque la población amazónica en Perú es percibida por las autoridades como lejana. Es un área que recibe poca atención del Estado y que en algunas ocasiones ha tenido que buscar en otros lados la atención que necesita. Además, el asunto no trascendió porque ambos gobiernos, tras una reunión que sostuvieron los dos cancilleres, acordaron reforzar la cooperación fronteriza y la navegabilidad del Amazonas. Según él, en eso funcionaron los canales diplomáticos.
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Tampoco resulta menor el hecho de que Perú haya querido evitar algo parecido a lo ocurrido con Ecuador en los años 80 y 90, cuando se desataron enfrentamientos militares entre ellos. Sobre todo, porque las relaciones con Colombia han sido históricamente tranquilas, atravesadas por temas como el narcotráfico y, más recientemente, la migración venezolana. Eso cambió con la cercanía ideológica de Petro con Castillo y con la posterior salida de los embajadores, aunque ambos países se comprometieron el año pasado a nombrar representantes en esas altas instancias diplomáticas. De momento, según la información pública y oficial que hay en internet, ambas instancias tienen al frente al encargado de negocios. La Cancillería colombiana confirmó que aún no se ha nombrado oficialmente embajador allá.
Entretanto, Novoa cree que las diferencias entre Bogotá y Lima no se van a superar sino hasta después de que ambos países elijan presidente, en un momento clave para Suramérica: además de los comicios colombianos y peruanos, este año también hay elecciones en Brasil. Eso marcará la agenda de los candidatos, además de que existe una disputa entre las fuerzas de izquierda y de derecha, que quizá se ve más marcada en Colombia que en Perú.
“Iván Cepeda es un favorito y las elecciones parlamentarias fueron favorables a él”, expresó el docente: “En cambio, aquí todavía está la disyuntiva acerca de quién va a ser el contrincante de Keiko Fujimori”, en un duelo entre la derecha y el heredero de Pedro Castillo. Y es que ese cálculo político siempre ha estado. De hecho, la misma coalición ultraconservadora que respaldó a Boluarte en el poder, a pesar de las manifestaciones y los escándalos de corrupción, fue la que terminó por destituirla hace apenas unos meses. Cuando los partidos que la respaldaban se dieron cuenta de que su baja popularidad los iba a arrastrar, ellos le dieron la espalda de cara a las elecciones.
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