Los planes de Michel Temer, vicepresidente de Brasil, se derrumbaron como un castillo de naipes. La semana pasada, Temer, líder del Partido Movimiento Democrático de Brasil (PMDB), anunció que su partido le retiraba el apoyo al gobierno. Un golpe bajo para la presidenta Dilma Rousseff, pues con el anuncio, Temer dejaba en libertad a sus diputados (65) para votar en el juicio de destitución de la mandataria. Según sus cuentas, Rousseff estaba perdida sin sus copartidarios.
Claro, Temer no renunció a la Vicepresidencia –a pesar de la pésima relación que desde hace años tiene con Dilma, a quien acusa de no tenerlo en cuenta–, porque de acuerdo con la Constitución de Brasil, si la presidenta es destituida será el vicepresidente quien asuma el poder. Y no hay cosa que Temer quiera más que eso.
De hecho, el vicepresidente lleva tanto trabajando en eso que desde hace unos meses ya tiene listo su plan de gobierno para asumir las riendas del país después de la caída del Partido de los Trabajadores (PT). Se llama Ponte para el Futuro, fue lanzado el año pasado y tiene el apoyo de empresarios y buena parte de la oposición.
Pero en la política las cosas son impredecibles. Al final de la semana pasada, el clima triunfalista de Temer pasó a preocupación. El exministro de Educación Cid Gomes denunció a Temer por las investigaciones de la operación Lava Jato, que investiga la red de corrupción más grande de todos los tiempos en la estatal Petrobras.
Los nuevos vientos ya no tan favorables para Temer fueron avivados por el expresidente Lula da Silva, quien a pesar de no ser ministro del gobierno y de ser investigado por presunta corrupción, es quien está al frente de la recomposición del gobierno de Rousseff. El exmandatario dijo que algún día tendrán que pedirle perdón a Rousseff por lo que él calificó como mentiras en su contra. Durante su intervención, Lula también hizo alusión al vicepresidente: “No tengo nada contra Michel Temer, solo tengo que decirle que si quiere ser presidente de la República dispute una elección”. Acusó a la oposición de buscarle la caída a la mandataria de estar preparando un golpe blanco.
Ayer el magistrado Marco Aurelio Mello, de la Corte Suprema de Brasil, ordenó que la Cámara de Diputados abra los trámites para un juicio político contra el vicepresidente Michel Temer, similar al proceso en curso contra la mandataria Dilma Rousseff. El pedido de un juicio político contra Temer fue presentado por un abogado y rechazado por el presidente de la Cámara de Diputados, Eduardo Cunha, pero el denunciante apeló al Supremo y obtuvo el apoyo del magistrado Mello, quien alegó que la acusación es similar a la que llevó a iniciar el proceso contra Rousseff.
El autor de la acción, Mariel Márley Marra, sostuvo en su denuncia que el vicepresidente habría incurrido en el mismo “delito de responsabilidad” que Rousseff al firmar algunos de los decretos que facilitaron unas maniobras contables para maquillar los resultados del Gobierno en los últimos dos años. Antes de conocerse la decisión del juez del Supremo, Temer anunció que decidió tomarse una “licencia” de la presidencia del PMDB.
Un capítulo más en el caricaturesco sistema político brasileño, que esta semana espera la decisión de juicio en contra de Rousseff. La lógica señala que si el Tribunal Supremo aceptó el juicio contra Temer, por la misma causa que se pide el de Rousseff, la decisión está cantada.