El fantasma del comunismo ronda de nuevo por Estados Unidos. O eso es lo que el presidente Donald Trump ha dicho con insistencia desde el pasado viernes. Durante su discurso en el Monte Rushmore por el aniversario 250 de la independencia del país, el mandatario advirtió que las próximas elecciones de noviembre serán una batalla contra lo que ha calificado como el “resurgimiento de la amenaza comunista” en Estados Unidos.
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“El comunismo es exactamente lo opuesto a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Es muerte, tiranía y la búsqueda del mal. La moral comunista atea afirma que todo está justificado para llevar a cabo visiones inhumanas… No quieren el bien. No aman a Dios ni lo quieren. No aman la religión ni la quieren, y no la aceptarán, pero no dejaremos que ganen”, dijo.
El lunes, sus alfiles insistieron en esta campaña narrativa. El senador de Texas Ted Cruz, acompañado del propio presidente, señaló que Trump está tratando de “convertir a cada niño y a cada estadounidense en capitalista” ante la “amenaza” cuando hicieron sonar la campana de Wall Street, que marca la apertura de mercados.
Como afirmó Jorge Chidi, columnista de “The Guardian”, “ningún presidente había hecho sonar la campana desde la Casa Blanca antes del evento del lunes, quizá porque ningún presidente había querido asociar el poder estatal tan estrechamente con los mercados financieros”. Además, el “Washington Post” reportó que los aliados de Trump aumentaron un 43 % el uso de “comunismo” en redes justo en las últimas semanas.
Trump está activamente en campaña electoral. Las recientes victorias de candidatos de la izquierda socialista en el país, a los que el presidente confunde con comunistas, lo han presionado. Por eso su respuesta ha sido esta renovada campaña narrativa contra el “comunismo”, que recuerda los años del macartismo estadounidense, un período histórico marcado por las acusaciones infundadas de traición, censura y listas negras contra aquellos que se relacionaran con la ideología comunista.
Hay cosas que el presidente ha entendido sobre esta “ola socialista” y hay otras que no. En primer lugar, hay que hablar de los candidatos que están ganando las primarias demócratas de cara a noviembre. Trump está vendiendo la idea de que son comunistas. ¿Lo son? Zohran Mamdani en Nueva York, Melat Kiros en Denver o Janeese Lewis George en Washington D. C., proponen vivienda asequible, educación pública gratuita y más impuestos a los ricos, así como defender el Medicare for all, el sistema de salud que ayuda a los más pobres.
Robert Reich, exsecretario de Trabajo de Estados Unidos y profesor emérito de políticas públicas en la Universidad de California, argumenta que lo que estos candidatos proponen no encaja en ninguna categoría ideológica clásica: no es comunismo, ni tampoco es socialismo marxista. Esa es una tendencia hacia la socialdemocracia escandinava, pero con algunos matices también porque el proyecto requiere impuestos masivos a la clase media que ninguno de ellos ha prometido. Entonces, ¿qué es?
Según Reich, la propuesta de estos candidatos es más bien un populismo de izquierda, antimonopolio, anticorrupción y contra el costo de vida, con un componente generacional fuerte que trata de responder a una pregunta: ¿cómo conseguir el “sueño americano” que tanto prometen los republicanos?
Como dice Asad Dandia, historiador de Brooklyn citado en Vox, la ciudadanía “no tiene acceso a los recursos y la riqueza para lograr” ese sueño. “Nos quedamos atrapados siendo arrendatarios perpetuos”, sentencia. Los precios siguen subiendo más rápido que los salarios, lo que significa que la mayoría de los estadounidenses se están empobreciendo. La guerra con Irán disparó la ansiedad de precios y los aranceles fueron, en palabras de Reich, “un fracaso total”.
El mercado laboral para jóvenes es “horrible”. Trump prometió resolver exactamente estos problemas, y no lo ha hecho. Por eso, el 68 % de los votantes señala que el sistema económico necesita “cambios mayores” o “ser demolido completamente”. El 60 % afirma que le molesta que los ricos y las corporaciones no paguen su parte justa en impuestos.
De ahí que la estrategia de Trump para las “midterms” sea cambiar el tema hacia el “terror” del comunismo en vez de hablar de economía, aunque lo que lo “amenaza” no sea precisamente comunista. El presidente aprendió el manual del miedo al comunismo de la mano del exfiscal Roy Cohn, el hombre que ejecutó esta doctrina en los años 50 persiguiendo a los comunistas y quien se convirtió en su mentor.
El problema con esto ahora es que los “millennials” y “zoomers” ya no relacionan la palabra con el mismo pánico. Una encuesta del Cato Institute muestra que el 53 % de los “zoomers” apoyan el socialismo frente al 45 % el capitalismo. Y en un sondeo de Axios-Generation Lab, el 67 % de los jóvenes tienen una asociación positiva o neutral con la palabra “socialismo”, frente al 40 % con “capitalismo”.
La jugada funcionó cuando la Unión Soviética existía, pero 35 años tras su disolución, y con un electorado joven que creció sin la Guerra Fría y que ve en el capitalismo, no en el comunismo, la amenaza a su futuro no tiene el mismo efecto. Sin embargo, hay algo que sí ha entendido Trump sobre el socialismo y el momento de su país: que el Partido Demócrata tiene una fractura real y hay un ala establecida, la de figuras más clásicas como Kamala Harris, que tienen más relación con el dinero corporativo, que tampoco quiere a esa nueva ala socialista.
Esto tiene un componente crítico: esta nueva generación de líderes no le debe nada a ese establecimiento. Durante años, ese establecimiento controló las primarias, el financiamiento y las candidaturas. Pero esta nueva generación de líderes, como Mamdani, construyó su poder por fuera de esa estructura. Ahora se ven en la obligación de negociar.
La narrativa de miedo de Trump no es realmente tan amenazante para la ola que encabeza Mamdani como la misma dificultad de sostener el proyecto con el tiempo. La socialdemocracia que prometen los nuevos líderes de izquierda como modelo se financia con impuestos altísimos a la clase media, no solo a los millonarios. En Noruega, por ejemplo, una familia de clase media paga USD 13.500 más al año en impuestos que su equivalente en Estados Unidos.
Ninguno de los candidatos socialistas ha prometido esto. De hecho, Mamdani solo habla de subir impuestos a los superricos. Y entre 2020 y 2025, el porcentaje de estadounidenses que considera su carga fiscal “demasiado alta” subió del 46 al 59 %. los votantes quieren los servicios escandinavos, pero no quieren pagar impuestos escandinavos. En esa contradicción es donde está el límite del proyecto, más allá que cualquier campaña narrativa que haga Trump con “la amenaza comunista”.
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