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“Los aranceles debilitan a la clase media”: su impacto entre Ecuador y Colombia

En Ecuador no hay clase media sólida, sino trabajadores endeudados. El nuevo arancel es otro golpe a su malabarismo financiero.

Camilo Gómez Forero

02 de febrero de 2026 - 06:57 a. m.
Vehículos transitando por el Puente Internacional de Rumichaca, el principal paso fronterizo entre Colombia y Ecuador.
Foto: EFE - Xavier Montalvo
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Históricamente, el comercio con Colombia ha sido la válvula de escape para el bolsillo ecuatoriano debido a la diferencia cambiaria y la dolarización. Para muchos ecuatorianos, esto ha permitido mantener un estilo de vida de “clase media” consumiendo productos colombianos que son más económicos que los nacionales y, para algunos, de mejor calidad en areas como el maquillaje.

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“Trendy, Atenea y Bloomshell (todas marcas de origen colombiano) son tres marcas que se han vuelto favoritas en Ecuador por su pigmentación, duración y diseños hermosos”, señala en redes la tienda Divina Piel, que importa maquillaje colombiano para distribuirlo en Ecuador.

Tras convertirse en el segundo país con más consumo en productos cosméticos, según la firma Kantar, cabe destacar que la industria colombiana de maquillaje ha sido precisamente el pilar que democratizó el acceso a la belleza profesional para la clase media. Aunque Ecuador cuenta con industria cosmética, no tiene plantas de producción de maquillaje a gran escala, como señaló Ecuavisa, debido al alto costo de la maquinaria.

Esto ha hecho que haya una dependencia casi total: el 95 % del maquillaje que se vende en el país es importado, y Colombia es uno de los tres principales proveedores. Pero ahora que los aranceles con Colombia entraron en vigor el domingo, los precios de estos productos se verían elevados, por lo que el consumo pasa ahora por una prueba de resistencia que ninguna base puede ocultar.

El “shopping” de la clase media en Ecuador

El domingo, el Puente Internacional de Rumichaca en la frontera colomboecuatoriana amaneció bajo el peso de una parálisis histórica. Mientras las cancillerías de ambos países sostienen diálogos estériles en Panamá, en la frontera la realidad es de asfixia: filas de camiones de hasta 600 metros custodian toneladas de arroz, confitería y medicinas que esperan el impacto del arancel del 30 %.

Lo que antes era el “shopping” de la clase media ecuatoriana, que con un viaje a Ipiales se ahorraba unos USD 80 en productos de la canasta básica, se volvió inviable al amanecer. La incertidumbre recorre las bodegas abarrotadas de químicos farmacéuticos y aceites que dejarán de ser competitivos. Con los nuevos precios, simplemente se vuelven impagables para el consumidor final.

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“La gente, el conductor, las empresas grandes son las que están perdiendo muchos millones de dólares en el cruce de frontera”, dijo Jairo Ricaurte, transportista de una empresa de equipos satelitales, a EFE.

Para el ecuatoriano promedio, el golpe es quirúrgico: el 14 % de las medicinas importadas y productos básicos como galletas o insumos agrícolas hoy cuestan un tercio más. Un tubo de dentífrico que antes costaba US 3.50 con el arancel y el margen de comercialización rozará los US 4.90. Un frasco mediano de champú o acondicionadores pasaría de los US 6 a los US 7.8.

Una caja de Enalapril o Metformina (para la presión arterial o diabetes) que en Ipiales se conseguía por US 12, ahora, al cruzar la aduana con el 30 % mas el costo logístico de las filas en Rumichaca, llegará a las farmacias de Tulcán o Quito sobre los US 16.50. Según la Cámara de Comercio e Industrias Ecuatoriano-Colombiana (Camecol), el 27 % de los productos farmacéuticos que consume Ecuador son colombianos. En el segmento de genéricos, donde está el Enalapril, la dependencia es incluso mayor debido a que la industria nacional ecuatoriana no cubre toda la demanda.

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En Quito, residentes como Daniel Pérez no sienten el impacto todavía, pues hay poca pedagogía sobre el tema. Lo primero que deben saber es que con la entrada de los aranceles eso no significa que los productos dejen de llegar al país, sino que se encarecerán, bien sea a través de las rutas legales u otras alternas. Lo paradójico para el gobierno es que, mientras el comercio formal se detiene, las rutas que busca combatir amenazan con reactivarse bajo una lógica distinta: la del crimen organizado, como advierte Beatriz Vicent Fernández, de Insight Crime.

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“Los productos de cuidado personal, bienes agroindustriales y combustibles aumentarán su precio en Ecuador, lo que podría favorecer su paso informal a través de la frontera”, escribió la experta.

De esto da fe Nelson Cano, presidente de la Cámara de Comercio de Tulcán, en la zona fronteriza, quien asegura que se disparará la movilización de productos por los más de 70 pasos no autorizados. La historia le da la razón: Tulcán ya ha vivido ciclos, como en 2016 y 2017, donde sus habitantes, empujados por la falta de dinamismo económico, sucumben a la rentabilidad del contrabando por encima de la agricultura o la ganadería.

En ese ciclo, y sin aranceles, el contrabando se duplicó ante la falta de dinamización de la economía. Se teme que ahora con los aranceles, esta lógica se dispare mucho más y afecte, además, la seguridad.En la provincia ecuatoriana Carchi, cuya capital es Tulcán, y en Imbabura, también en el norte, los índices de homicidios son bajos ya que hay una “paz mafiosa”, según el informe “Islas de paz criminal”. En esta, se castiga severamente la delincuencia no autorizada por el grupo que controla el territorio, como disidencias de las FARC-EP de Colombia. Pero según Guillermo Pozo, del sector transporte, ahora se registran balaceras, ataques armados y robos en comercios derivados de extorsiones contra los comerciantes.

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La fragilidad de la clase media

En Ecuador, la clase media es un pilar estrecho y frágil. No hay una base sólida, sino una clase trabajadora muy endeudada que hace malabares para no caer en la pobreza: el uso de tarjetas de crédito para comprar comida y medicinas creció un 15 % en el último año, por ejemplo. Es decir, el ecuatoriano de clase media no se está endeudando para viajar, sino para subsistir.

Según el Banco Mundial, apenas 3 de cada 10 ecuatorianos pertenecen a este estrato consolidado, mientras que un alarmante 33 % de la población se encuentra en situación de vulnerabilidad. Estos ciudadanos viven en un limbo económico: no son pobres, pero carecen de la resiliencia para soportar choques externos. Para este grupo, que sobrevive con poco más de US 17 diarios, el nuevo arancel no es un ajuste estadístico, sino un detonante de pobreza.

Matthew Rooney, del Bush Institute, es tajante al respecto al analizar los efectos de los aranceles de Donald Trump en el bolsillo de la clase media estadounidense: “El hecho es que las barreras arancelarias debilitan a la clase media. A corto plazo, elevan los precios al consumidor; a largo plazo, inhiben la innovación y el surgimiento de la próxima generación de empleos”.

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En este escenario, la “tasa de seguridad” funciona como un impuesto regresivo que obliga a los hogares vulnerables a destinar una proporción mayor de su presupuesto a productos básicos, mermando su capacidad de ahorro. Para el ecuatoriano que hoy mira con recelo la estantería, el arancel se convierte es una barrera que no solo frena mercancías, sino que drena el capital de su hogar, empujándolo de vuelta al abismo de la pobreza.

La fragilidad de este segmento radica en su alta dependencia del consumo y una informalidad que ya alcanza a un tercio de sus miembros. Cuando productos esenciales de higiene, salud y alimentación, tradicionalmente más baratos en Colombia, suben de precio, el efecto es inmediato: se reduce el ingreso disponible para educación y ahorro, los verdaderos motores de la movilidad social.

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