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Los malos y los buenos

La guerrilla controla el norte de la frontera desde Colombia y los paramilitares el sur desde San Lorenzo. En medio del fuego cruzado y la corrupción de la guerra quedan los civiles de los dos países que llevan del bulto.

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Alfredo Molano Bravo*
24 de mayo de 2009 - 09:20 p. m.
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De Quito el avión da un brinco para el otro lado, al occidente, y se llega al mar, al Pacífico, gris, desapacible, siempre sucio. Pero con una vegetación verde-acérrimo, sin concesiones.

Aquí la vida nace por todas partes: sobre la arena, sobre el cemento, sobre otra vida. Esmeraldas es la playa de Quito; las firmas inmobiliarias han querido hacer de este pequeño pueblo un Miami de Ecuador, pero han fracasado.

A San Lorenzo, al norte, frontera con Colombia, se gastan 80 dólares por carretera pavimentada.

Al pasar se ven enormes bosques de teca plantada, señal de que las manchas cercanas de buena madera de selva han sido agotadas; camaroneras que han costado el derribe de cientos de hectáreas de mangle, y por fin, de lado y lado de la vía, la palma africana, plantaciones regulares como ejércitos que avanzan implacables, derrotando comunidades, selvas, pueblos.

Al fin, San Lorenzo, la Tumaco del Ecuador: sucia, ruidosa, húmeda, atravesada por una línea férrea muerta hace diez años, y para rematar un gigantesco cuartel de Policía y una base naval, que hoy apunta hacia Colombia.

Aquí llegan, por el río Mataje, por el mar y por la carretera que lo une con Ibarra, miles de colombianos sin resuello, o con el plante puesto. Se diría que llegan de nuestro Pacífico, de Guapi y Buenaventura, lo que no es erróneo. Pero es sorprendente que la representación principal sea de Caquetá y del Eje Cafetero.

La migración de colombianos hacia la región de San Lorenzo está teñida de narcotráfico. Lo que no contradice el hecho de ser también un refugio político. Y es que el cultivo de coca ha sido correteado del oriente selvático al occidente pacífico, habitado hasta entonces por comunidades negras de raíz palenquera.

Conexión guerrilla-‘paras’

En paralelo: las guerrillas son fuertes en Colombia y someten a su ley las regiones de cultivo; en San Lorenzo el dominio paramilitar es total y se ha consolidado a tal punto que su imbricación con las grandes empresas de palma es manifiesta y reconocida. Como lo es también su papel en la compra y el embarque de la droga.

Es deducible, por tanto, que entre la guerrilla que compra en el norte de la frontera a los cultivadores, y los exportadores y transportadores ‘narco’-‘paras’, hay relaciones comerciales. El logotipo con que actúan los paramilitares es el de ‘Águilas Negras’ y manejan a los combos colombianos o binacionales, que operan no sólo en la cadena del narcotráfico, sino como extorsionistas regionales.


El comercio local les paga vacuna, sin excepción, tanto los graneros y los almacenes grandes, como las tiendas de barrio y las chazas de acera. Más aún, se habla de más de 30 “churqueros” vinculados a las ‘Águilas Negras’ que han importado el negocio del paga-paga, gota-gota o paga diario, en que se cobran cuatro dólares diarios por el préstamo de 100.

De hecho, el comercio, sobre todo el menor, trabaja tasas altísimas de usura. Los intereses y el capital son vigilados y cobrados por hombres armados en motocicleta, vehículo que usan casi de manera exclusiva nuestros compatriotas en la región.

Por supuesto que la mayoría de colombianos en San Lorenzo trabajan de manera honrada en empresas palmeras, vendiendo buñuelos y almojábanas, o como pequeños empresarios atendiendo restaurantes o panaderías.

Y celebran con solemnidad la fiesta del 20 de julio con lechona, frisoles, tamales y masato. La asociación de colombianos residentes en Ecuador es un movimiento muy activo que cumple una pulida y respetuosa función de cancillería popular: está atenta a las arbitrariedades, y desafueros, a las expulsiones y a la miseria en que llegan muchos colombianos.

Los negocios de colombianos y ecuatorianos se distinguen desde afuera, por ser los primeros más ruidosos y abarrotados, y desde adentro, porque en los segundos el vendedor muestra la mercancía sólo si el cliente se obliga previamente a comprarla.

La gente del pueblo reconoce que los colombianos son más activos que los ecuatorianos: son “abejas”, se mueven, compran, venden, chacharean, engatusan, voltean y prosperan.

Los ecuatorianos son más pasivos, usan el tiempo a su manera, son lentos, parecen ensimismados, pero son astutos.

San Lorenzo tiene el aire de cualquier pueblo que va al ritmo de la coca, que es el mismo que produce el estimulante en el consumidor. Pero además, por las calles y por la gran avenida que lo atraviesa hay multitud de negocios, tiendas, bares, cacharrerías, talleres, locutorios y una sola sala de internet.


 *Sociólogo, escritor y columnista.

 Espere la tercera y última parte de este reportaje: “El drama de los colombianos indocumentados”.

Por Alfredo Molano Bravo*

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