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Hay un concepto que René Pérez se ha inventado en Twitter, esa red social en internet donde todos pueden decir algo en menos de 140 caracteres y tener una hinchada detrás que sigue sus comentarios. Pérez, conocido como Residente, vocalista de la agrupación puertorriqueña Calle 13, tiene 47 mil seguidores. Y a ellos les pidió, a mediados de octubre, que le enviaran ideas, muchas ideas sobre lo que los preocupa y moviliza. Residente ha bautizado a esta forma de comunicarse con sus fans con un curioso término, mezcla de su ya tradicional intuición política y obsesión escatológica: diarrea de twitters.
Fue gracias a esta dinámica, según el mismo René en uno de sus minicomentarios, que a mediados de octubre recogió los mensajes estampados en las camisetas que exhibió en los Premios MTV, el 14 de octubre. A través de ellas decretó que Hugo Chávez es un líder pop; acusó al presidente de facto hondureño, Roberto Micheletti, de ser la versión actualizada de Augusto Pinochet; reivindicó la soberanía de Puerto Rico y, por la misma vía, provocó con un juego de palabras que la Cancillería colombiana emitiera un comunicado de protesta por un “mensaje injurioso” en contra del presidente Álvaro Uribe.
En la carta, el Ministerio de Relaciones Exteriores le pidió al canal MTV “observar con mayor detenimiento las manifestaciones con alto contenido político que se hacen dentro de un escenario que se destaca por promover el arte músical”. Y Pérez, quien nunca demora en responder, dijo, en una carta escrita “desde el fondo del corazón”, que amaba a Colombia y no quería que sufriera el destino de su natal Puerto Rico: “en esa camisa existe un juego de palabras, tiene una doble lectura. Uno lee lo que quiere. Por lo menos yo leo claramente. Uribe Para Bases Militares” (el insulto, sin embargo, es fácilmente percibible, ver foto).
Para ciertos sectores de opinión, Residente —quien ya venía hacía rato martillando el underground con mensajes incómodos— se convirtió con el experimento de las camisetas en la reencarnación de “la canción protesta a otro ritmo”, como sentenció incluso una publicación colombiana esta semana. Y mientras su presencia en los Premios MTV causaba una discusión pública sobre la difusa intencionalidad de su anagrama, el cantante le recordaba a su “gente” en Twitter que no olvidaran que esas frases eran de ellos, “ fueron y son palabras suyas”, escribió.
El debate entonces se abrió de nuevo y como siempre. Bañados de toda la luminosidad que les da ser adorados como artistas pop, motivados por el cariño que les profesa la gente y, quizás, obligados moralmente, pues gracias al público se han convertido en estrellas, una nueva generación de músicos iberoamericanos han entrado en la escena hemisférica para asumir la vocería del pueblo: en tiempos de Barack Obama, de reconciliación y cambio, el paisa Juan Esteban Aristizábal, Juanes, viene echándose a cuestas la vocería de la reconciliación no sectaria, a la mejor manera del bipartidismo norteamericano, mientras que el Residente, Calle 13, en tiempos de convulsión social, de crisis del capitalismo, de izquierdas alternativas, se ha conectado con una masa de fans que define como “pueblo” y de la que hoy es vocero.
Lejos o cerca del poder
A la protesta de la Cancillería colombiana se sumó el alcalde de Manizales “en honor de todos los colombianos”, que canceló la presentación que René Pérez tenía planillada en las ferias de comienzo de año en esta ciudad. El gesto del mandatario local no estuvo distante al del presidente Hugo Chávez, que en 2007, aduciendo razones de seguridad, no le permitió la entrada al cantante español Alejandro Sanz, pues años atrás había reconocido que no le gustaba el gobierno de Chávez. “Yo no vengo a hacer revolución, vine a cantar. Pero si pudiera escribir una canción al país, se llamaría tres millones de firmas”, dijo en ese entonces Sanz, molesto, refiriéndose al número de apoyos necesarios para revocar el mandato al presidente venezolano.
¿Por qué son tan incómodos los artistas? ¿Deberían hacer política o quedarse callados? No parecería ser el caso, cuando se trata de acompañar a un presidente durante su posesión, sobre todo si el nuevo mandatario es casi una estrella y ha repetido una y otra vez que las canciones del artista son el mito fundacional de su matrimonio (véanse en YouTube los conciertos de Stevie Wonder en honor a Barack y Michelle Obama). Tampoco parece serlo, cuando se acude a un concierto en la frontera, como lo hicieron Shakira y Carlos Vives, acompañando al presidente Álvaro Uribe, durante la celebración del 20 de julio y la marcha mundial contra las Farc.
Pero, aunque lejos del poder, pareciera que René Pérez cruzó un umbral invisible, pero determinante en estos momentos de tensión y polarización latinoamericana. “Cuando le vi la camiseta, lo primero que pensé fue: ¿cuánto le habrá pagado Chávez por hacerlo? Residente realizó una acusación, y al hacer una acusación tomó partido. Los músicos no somos quién para acusar”, dice Dilson Díaz, vocalista de la agrupación La Pestilencia, venerada banda de punk de Medellín, cuyos primeros trabajos son un viaje al interior de la violencia política y social de los noventa.
“Muchos músicos se ponen a tomar partido”, añade Díaz, “ y se dan después cuenta de que sigue siendo la misma mentira”.
Pero, ¿quién dijo que es fácil para un músico encontrar un lugar en lo público? La mayoría comenzó su carrera mezclando vocación y talento, y en el camino se fue encontrando con una base de fans que los apoya. “En momentos en que la esfera pública se convierte en una democracia de audiencias, los artistas pop se han vuelto puntos visibles capaces de articular discurso, guste o no, hasta el punto de contar con más reconocimiento que los intelectuales tradicionales”, dice José Alejandro Cepeda, profesor de la Escuela de Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Sergio Arboleda y periodista cultural.
Entonces, dice Cepeda, llega el momento en que “dejan de escribir canciones de te amo, te extraño”, y se lanzan a la arena pública. Así es como la historia ha visto nacer cantautores identificados con sus bases en las últimas seis o siete décadas. En 1963, en plena efervescencia de la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos, Bob Dylan estrenó su profética Los tiempos están cambiando, e inauguró en Estados Unidos una década en la que la canción buscó subvertir los cánones maniqueos y las injusticias de la sociedad norteamericana en medio de la Guerra Fría. En los setenta, John Lennon, casi como por relevo, asumió la vocería del movimiento pacifista (era inminente, la escalada nuclear no se detenía), mientras que Bob Marley hacía de las suyas acompañando a golpe de reggae y dub los procesos de descolonización en África y el Caribe.
A veces, sin embargo, había espacio para la desilusión. Bob Marley no vivió para ver el desastre de la Zimbabue de Mugabe, a la cual le compuso una memorable canción (tocó, de hecho, en la posesión del guerrillero hecho presidente); pero Bob Dylan, en cambio, descubrió en poco tiempo que era muy fácil pasar de la vocería al dogmatismo y el sectarismo, y en 1964 le confesó al crítico Nat Hentoff: “No quiero escribir para la gente, ser un vocero. De ahora en adelante, quiero escribir desde mi interior. No soy parte de ningún movimiento... No puedo con ninguna organización”.
Así, mantenerse libres de manipulación y fiel a los suyos se convierte en un reto para el músico público. Basta con la imagen de Miguel Bosé, incondicional aliado de Juanes en su búsqueda de montar un concierto no sectario en La Habana, para intuir de lo que se trata: “¡No podemos más!”, grita con desesperación Bosé en ese video grabado con celular en que el español responde con angustia frente al intento del Partido Comunista de Cuba de montarse en la tarima del concierto.
Y ‘Residente’, ¿es independiente? Hasta ahora ha dejado poco espacio para la duda. Insiste en que habla desde el “pueblo”, ese que, como cantó en su último disco, viene de atrás y viene con él.
A veces, sin embargo, René Pérez deja entrever, en sus diarreas de twitter, que intuye la fragilidad de sus mensajes. O así pareció ser, cuando dos días después de las polémicas camisetas, escribió una frase solitaria y sin signos de admiración, en ese foro leído por sus 47 mil seguidores: “Lo más triste”, escribió ese día Residente, “ es que todo esto en una semanita se va a olvidar”.
La historia de ‘Residente’ y ‘Visitante’
En el año 2005 el mundo musical conoció a Calle 13, un dúo de música urbana y alternativa surgido de las calles de Puerto Rico. Sus miembros René Pérez, Residente, y Eduardo Cabra, Visitante, adoptaron esos apodos de la época cuando debían identificarse con un guardia de seguridad para entrar a su urbanización en Trujillo Alto, un pueblo en el área metropolitana de la capital puertorriqueña.
En 2006 la agrupación musical ganó el Premio MTV (Video Music Awards) Latinoamérica como Mejor artista promesa, reconocimiento que promovió su carrera. Sus letras siempre han despertado polémica por el contenido crítico. René, cantante y compositor del grupo, ha liderado la campaña “Puerto Rico independiente” desde los escenarios, lo que le ha generado la dura crítica del gobierno de la isla. Durante las elecciones en Estados Unidos, Calle 13 no dudó en dar su apoyo a Barack Obama y criticar a los republicanos.
La voz que busca la conciencia del mundo
El sentimiento social se despertó en Paul David Hewson, mejor conocido como Bono, cantante y líder de U2, a los 19 años, al asistir a un baile de beneficencia en favor de las familias víctimas de la policía secreta en su natal Irlanda. “Se convirtió en una parte de mí... plantó una semilla”, le confesó, años después, a la revista Rolling Stone.
Desde entonces, Bono mezcló letras críticas y sensibles con las injusticias sociales, con un activismo que lo llevó a participar en eventos internacionales a favor de los más necesitados en los años 80, como el concierto Live Aid en Londres, donde cantó el tema insignia: Do They Know it’s Christmas?
La década siguiente lo consolidó como una figura mundial que participaba en causas como la condonación de la deuda de los países más pobres y el combate a la propagación del sida en África. Hoy es columnista del New York Times, desde donde continúa reivindicando los derechos de los más pobres.