El viernes de la semana pasada, en uno de los intermedios de la cumbre de los países del G-20 en Pittsburgh, Estados Unidos, Barack Obama y Luiz Inácio Lula da Silva tuvieron tiempo para hablar sobre un reciente desplante. Se trataba de la negativa de Brasilia a fortalecer su flota de jets con aeronaves de la norteamericana Boeing, y en cambio abrir su chequera al gobierno francés, al cual le compró 36 aviones cazas, a pesar de la molestia estadounidense (y colombiana, de paso).
Según lo contó el presidente de Brasil, Obama lo encaró y le dijo: “Ahora que elegiste a los franceses, la campaña para Chicago será dura”, aseguró el estadounidense refiriéndose a la jornada del Comité Olímpico Internacional que este viernes, en Copenhague, Dinamarca, escogerá a la ciudad que albergue en 2016 los Juegos Olímpicos. Lula, sin alboroto, le contestó rápidamente: “Ojo, puede ser tu segunda derrota”.
Para los brasileños, la búsqueda de convertir a Río de Janeiro en capital de los Olímpicos se ha vuelto un objetivo de primer orden en su política exterior. En la capital, su alcalde y sus autoridades deportivas han desarrollado durante meses un plan serio de estructuración de la ciudad, que hoy la tienen como favorita para ser la sede. Su presidente, entre tanto, ha llevado la causa brasileña al escenario internacional, con la misma pasión con la que viene defendiendo que su país —dado su sostenido desarrollo y creciente peso geoestratégico en Latinoamérica— adquiera un puesto permanente ante el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.
Ni el primer ministro japonés, Yukio Hatoyama, ni José Luis Rodríguez Zapatero (cuyas respectivas ciudades, Tokio y Madrid, también compiten) ni mucho menos Barack Obama fueron tan intensos la semana pasada durante la Asamblea de Naciones Unidas y la Cumbre del G-20 a la hora de insistir en la idoneidad e incluso moralidad de sus candidatas. “No es justo que Brasil no sea escogida”, se le escuchó a Lula decir en una rueda de prensa en Nueva York, “para ellos, son unos Olímpicos más. Para nosotros, es la oportunidad de demostrar nuestra autoestima, nuestra capacidad de hacerlo mejor que ellos”.
Pero pareciera que las sucesivas declaraciones de Lula, quien subrayó las muchas veces que Europa, Asia y Estados Unidos han sido sedes de las diversas modalidades de los Olímpicos, lo único que hicieron fue enardecer el deseo de Obama de que su ciudad adoptiva, Chicago, se lleve la candidatura.
El presidente había decidido enviar a su esposa, Michelle, y a la presentadora Oprah Winfrey a realizar el intenso lobby que se llevará a cabo este jueves y viernes en Copenhague. Pero en una decisión de última hora, anunció que él mismo encabezaría la misión Chicago 2016.
Para Obama, la movida olímpica es arriesgada. Deja al país en momentos en que se juegan cartas importantes de su reforma a la salud, comienzan negociaciones sobre el programa nuclear iraní y se decide el futuro de la estrategia en Afganistán.
Para Lula, que ya cuenta con un gran terreno de apoyo ganado (tiene el respaldo, como era de esperarse, de Francia), es la oportunidad de dejar su presidencia, el año entrante, con la entrada oficial del país a la antología de los grandes del mundo.