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Malverde, el santo de los narcos en México

En Culiacán, Sinaloa, se encuentra la primera capilla que se le construyó a Jesús Juárez Mazo, más conocido como Jesús Malverde. Relato sobre un edificio testigo de la guerra mexicana.

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Ollin Velasco
04 de julio de 2016 - 02:46 a. m.
Mauricio Parra
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La capilla de Jesús Malverde en la Ciudad de México huele a rosas. Basta con asomarse a ella para quedar impregnado del fuerte olor que anuncia el camino hacia el “patrón”. La figura a tamaño real del también llamado “santo de los narcos” mira tranquila a sus visitantes desde el fondo, porque es Alicia, la dueña del oratorio, quien se encarga de que dentro todo pase como si no pasara nada.

De cabello casi pegado al cráneo y una holgada playera negra con la imagen de la Santa Muerte en el pecho, esta mujer lleva diez años administrando el sitio y cumpliendo una promesa a Malverde, luego de un milagro que le concedió y del que se niega a dar detalles.

Hay gente afuera que apenas voltea y sigue de largo; a otros los llama el morbo o la fe y entran; varios más se persignan e inclinan la cabeza al pasar, pero a casi nadie le es ajena esa esquina de la Doctores, una de las colonias más peligrosas de la capital mexicana, a la que tantos han recurrido por innumerables súplicas, revanchas, penas o gratitudes.

El de Alicia es uno de los contados puntos en México donde se venera oficialmente a este famoso personaje, rechazado por la Iglesia y de quien ponen en duda hasta su existencia, pero al que igual rezan sobrevivientes de causas difíciles, ladrones y narcos, en un país donde la sangre y las balas son un muy honesto lugar común.

“Acá nada tiene que ver tu dinero, ni si te gustan las mujeres, los hombres o las drogas… No interesan tus contactos y tampoco pasa nada si no los tienes. A Jesús Malverde sólo le importa con cuánta sinceridad vengas a verlo”, dice ella, mientras observa con recelo la entrada de un par de curiosos, a quienes los ojos se les pierden de asombro entre los anaqueles henchidos de souvenirs.

“Llega de todo. Después de años, me ha tocado ver entrar desde gente humilde que pide suerte para que no le falte la comida de ese día, hasta banda pesada, de poder. Eso sí, la intención que los trae aquí ya aprendí a detectarla desde que se asoman”.

Alicia se acerca a la pareja recién llegada y comienza a enumerarle nombres y propiedades de amuletos, estampillas e imágenes a escala del “santo”, con sus respectivos precios. Luego regresa con una sonrisa burlona a la esquina desde donde vigila toda la capilla. “A mí ya nadie me marea”, asegura. Y se apuesta en su trinchera.

Nacer en tierra de balas

En Culiacán, Sinaloa, todos saben de Malverde. Y al mismo tiempo no saben nada de él. Esta ciudad enclavada en el famoso “triángulo dorado de las drogas” en México, al noroeste del país, reclama como suyo el origen del hombre de bigote que se ha vuelto leyenda.

Sin embargo, hay muchas versiones sobre su vida. Según Wilfrido Ibarra, reconocido historiador de la Universidad Autónoma de Sinaloa (UAS), “el nombre de Malverde fue Jesús Juárez Mazo. Dicen que Malverde era su alias, y que lo llamaban así porque disimulaba el ‘mal’ entre sus sembradíos de maíz”.

Por su parte, Gilberto J. López Alanís, director del Archivo Histórico General del estado de Sinaloa, tiene en su poder un documento que data del 15 de enero de 1888, en donde está registrado el nacimiento de un niño llamado Jesús Malverde, hijo de Guadalupe Malverde. Con eso, dice mientras ondea el viejo papel, el personaje traspasa el límite de lo imaginario.

La tradición popular asegura que era una especie de Robin Hood mexicano, que asaltaba a los ricos y repartía los botines entre gente necesitada. Por lo mismo, un gobernador le tenía el ojo encima y en una ocasión, antes de concretar uno de sus asaltos, la policía de la época lo enfrentó y mató.

Según esta versión, que casi todos en Culiacán asumen como cierta, ellos mismos levantaron el cadáver y lo colgaron de un árbol a la vista pública. “Eso pasó en 1909. Su cuerpo se dejó a la intemperie porque las autoridades no le quisieron conceder entierro y entonces los transeúntes le empezaron a poner piedritas junto, hasta que con ellas le erigieron una tumba. Ese fue el primer monumento a Malverde: el que le hizo el pueblo”, asegura López Alanís.

A este punto, que la primera, segunda o novena versión sean las correctas es lo de menos. Su culto es vigoroso, aunque lejos de protocolos y tonos sacros; no sólo en Sinaloa, sino también en el centro y el norte mexicanos, igual que en países como Colombia, donde en Cali también le erigieron un oratorio.

México transita actualmente por una etapa convulsa, en la que el narcotráfico ha extendido sus tentáculos hasta esferas de la vida cotidiana antes inimaginables. Eso, aunado a una necesidad de apoyo en cuestión de fe, moral y hasta identidad, podría explicar el fervor en torno al “santo de los narcos”.

Bendiciones sin iglesia

De vuelta a la capilla de la colonia Doctores, en la Ciudad de México, el hijo de la administradora juega con soldados de juguete a los pies de una reproducción a escala del “jefe”, cerca de la que penden al menos una decena de camisetas con el rostro del Chapo Guzmán.

Un viejo radio esparce cumbias por local, al tiempo que Alicia le reza su inventario a una joven de larga melena, quien pide ver los escapularios. Desde el extremo donde acomoda unas veladoras, Alicia le grita a al niño: “Mijo, muéstrale a la señorita todos los colguijes del ‘patrón’”.

El pequeño se acerca al mueble donde están acomodados unos trescientos de ellos, se estira y, al no alcanzar siquiera a tocarles la punta, pide a su clienta que se los baje.

“¿No te da miedo estar aquí?”, le pregunta ella casi en un susurro.

“No, nada. Ya estoy acostumbrado”.

Tiene ocho años y, en efecto, atender en la capilla con su madre no le causa mayor sorpresa, pues lo ha hecho siempre. En lo que desenreda una maraña de hilos para entregarle a la chica el escapulario que va a comprar, otra vez la voz cavernosa de Alicia rebana de tajo la música.

Esta vez lo llama por su nombre, que a propósito de la burbuja de devoción en que viven inmersos podría parecer una gran coincidencia. Pero claro, no lo es.

“¡Apúrate, Santos, que necesito que vayas a comprar unas flores!”, le ordena.

Él se mete el billete al bolsillo, pasa corriendo bajo una imagen monumental de la Santa Muerte y llega hasta los pantalones de su madre, quien lo mira divertida.

Lo único que se puede comprobar de la fe es que es redituable. Y ya sea porque Malverde es tan buen cumplidor como todos dicen, o porque desde sus inicios se hizo de fama entre fieles con buenos fajos de billetes al cinto, los negocios en torno suyo florecen como amapolas.

A la capilla de Sinaloa, además de plegarias, llegan muchos miles de pesos. Jesús González es el encargado y cuenta que en 1976 su padre sufrió un atentado, sobrevivió y, como agradecimiento, empezó a construirla. Por alguna extraña razón, dice, a partir de ese momento su “viejón” empezó a ganar premios de la lotería.

Tras la muerte de su padre él se quedó a la cabeza del inmueble, y también ha visto llegar en todos los estados económicos, anímicos y etílicos a policías, federales, agentes del Ejército, bomberos, oficiales de tránsito, vendedores de dulces, albañiles, amas de casa, deportistas y hasta políticos.

En Sinaloa, a Malverde se le agradece con coronas de flores, oraciones especiales para la ocasión, aportaciones en efectivo y lo único que no puede faltar: grupos de música norteña que cantan su sentir al “jefe”, ayudados por acordeones y corridos. Con el de la megaurbe mexicana, lo que cambia es la forma de la veneración.

Ahí la gente va a lo que va. Ora, se persigna, deja su “donativo”, toma alguna foto (el derecho de hacerlo cuesta alrededor de un dólar por cada una), se vuelve a persignar y sale, mirando a todas partes en cada paso.

La oficina principal de la Procuraduría de Justicia y la Jefatura General de la Policía de Investigación de la CDMX están a escasas dos cuadras de ahí, pero es bien sabido por todos que la muerte ronda en las esquinas aledañas, sin que nadie se atreva a pedirle cuentas.

Cuando a Alicia se le pregunta si a su santuario lo ha salpicado la sangre, guarda un considerable silencio antes de decir que no. Según ella, lo más extraño que ha visto fue cuando llegó alguien muy conocido y poderoso (tampoco especifica su identidad), quien le dejó un maletín retacado de dólares.

“Cuando se dio la vuelta para retirarse vi el dinero, me espanté y logré alcanzarlo antes de que se fuera. Le pregunté por qué lo había dejado y me dijo que hiciera lo que quisiera con él, porque de todas formas ya se lo había prometido a Malverde”.

Alicia no cuenta qué pasó después con el maletín. Una vez más, tuerce la boca, sonríe y cambia de tema.

Fiesta y muerte en México

Desde otra perspectiva, el fenómeno adquiere una lectura interesante. Ángel Solano es artista plástico y devoto del “santo” desde hace seis años. Su poder, asegura, ha estado presente en momentos complejos de su vida: la enfermedad de su madre, quien padece lupus eritematoso sistémico, y la muerte de su tía más cercana por un tumor en el sistema nervioso central, imposible de operar.

Dichas experiencias le movieron el piso y el mundo, y lo llevaron a incluir mediante exvotos a Malverde en su obra, así como llegar hasta la tumba del poeta Arthur Rimbaud en Francia, donde como ofrenda dejó un escapulario del famoso sinaloense en cuestión.

Para Solano, representarlo es una licencia poética que le permite hablar de la relación que el ser humano tiene con el pensamiento mágico, dentro de una sociedad envuelta en mecanismos de control y violencia.

El egresado de artes plásticas y visuales, originario del estado de México, actualmente desarrolla una línea de experimentación creativa mediante la que intenta hacer visibles los lazos que, de acuerdo con sus creencias, entrelazan al hombre con la fiesta, la muerte y la fe. Nada mejor que el México de hoy para mostrar en su máxima expresión cuán cerca están, unas de otras, dichas variables.

Desde su trinchera de paletas de color y lienzos que reflejan sus ideas, el también especialista en tanatología aventura una posible razón de lo renovado del culto a últimas fechas.

“Considero que la imagen de Malverde engloba una serie de críticas a las instituciones, iniciando con la Iglesia católica. Se ha transformado en un receptor de cualidades espirituales, emocionales y sicológicas que revisten una lectura de veracidad social”.

Explica que, al tratarse de una figura descalificada por los dogmatismos religiosos, su adoración se vuelve accesible a sectores de la población que cuestionan a dichas instituciones. Y en dicho espacio tiene cabida un grueso número de personas, no necesariamente narcos.

Este santo es la documentación visual de cómo el ser humano construye su fe, afirma Solano.

***

En un país donde no sólo descabezar es casi un deporte, sino que verbos como desaparecer, migrar, encarecer u olvidar se conjugan en casi todas las personas gramaticales, pensar que encomendarse a Malverde es tenerle prendida una vela al santo de los narcos termina por reducir un universo a las cuatro paredes de un prejuicio.

Para empezar a entender esta realidad, hay imágenes más contundentes. Jurarle una honesta devoción es, según el propio Solano, “la revelación de que el pensamiento mágico, en pleno siglo XXI, se convierte en una tabla de salvación para seguir viviendo en medio del caos”.

Por Ollin Velasco

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