Lo han llamado forastero, comunista, fascista; lo han comparado con un chimpancé, una serpiente que quiere adoctrinar a todos desde los más chicos; a su mujer, la han llamado basura, un animal que ha escapado del zoológico. Esto es sólo un bocado del resentimiento racial que está viviendo en carne propia el primer presidente afroamericano en la historia de los Estados Unidos.
“Estoy absolutamente convencido de que personas blancas, negras, latinas, asiáticas y de todos los colores quieren trascender más allá de las divisiones raciales y crear un movimiento de cambio en Estados Unidos”, dijo Barack Obama en un inspirador discurso en febrero de 2008, justo cuando iniciaba su carrera por la Presidencia. Sin embargo, hoy, un año y medio después y con su retrato colgado en la pared de la Oficina Oval, ese sueño parece más lejos de lo que muchos románticos pudieron imaginarse.
“Debimos haber enterrado a Obama con Kennedy”, “Mándenlo de vuelta a Kenia”, “No convierta a Estados Unidos en un país del tercer mundo, regrese a África”. Esto decían algunos de los carteles que ondeaban los asistentes a la manifestación en su contra el pasado fin de semana en Washington, cuando cerca de cien mil personas se congregaron frente al Capitolio para enviarle un claro mensaje de rechazo a su plan de reforma al sistema de salud.
Lo que parecería ser otra muestra de animadversión contra el mandatario y su agenda política es en realidad un radiografía de lo que está ocurriendo en el país, explica Melissa Harris-Lacewell, profesora de Política y Estudios Afroamericanos de la Universidad de Princeton. “Que Joe Wilson (representante a la Cámara por Carolina del Sur), quien días atrás desafiara al Presidente llamándolo mentiroso, estuviera firmando autógrafos y repartiendo propaganda política, a aquellos que ondeaban banderas raciales en contra de Obama, es una clara muestra de que el resentimiento racial sigue siendo un móvil de acción política en este país...
Para ella, como para muchos otros analistas, ni la campaña de Wilson ni los pronunciamientos de Jim DeMint (senador por Carolina del Sur), en los que llama a cerrar filas en contra de Obama, son casos aislados. Según ellos identifican, son las facciones radicales del Partido Republicano las que promueven una campaña con tintes raciales en contra del primer mandatario.
Rush Limbaugh, el líder de opinión más influyente del conservatismo en este país, proclama en su programa radial, el cual tiene una audiencia de 22 millones de radioescuchas al día, que así como los liberales aceptan el homosexualismo sin mayor reclamo, también lo deberían hacer con el racismo. Otra de sus cabezas visibles, Glen Beck, cuyo programa en la cadena de noticias Fox News, uno de los de mayor audiencia nacional, promueve diariamente que la reforma al sistema de salud de Obama es un peligroso movimiento de reivindicación para la gente de color.
Por su parte Obama, por medio de su secretario de prensa, Robert Gibs, le ha salido al paso a la polémica pronunciándose en contra de los comentarios del ex presidente Jimmy Carter, quien en la noche del miércoles volvió a poner el dedo sobre la llaga frente a un auditorio lleno de estudiantes en la Emory University en Atlanta. “El saber que parte del país piensa que un afroamericano no merece ni está calificado para gobernar esta gran nación, por el simple hecho del color de su piel, es un hecho abominable”, dijo el ex presidente demócrata, refiriéndose a cómo el racismo se eleva en gran parte del país como explicación para la aversión sistemática a las políticas del cabeza de Estado.
Según una encuesta de Rasmussen, publicada el pasado jueves, el 57% de los demócratas quienes apoyan a Obama consideran que la inquina y tenacidad de las criticas en contra del mandatario, responde indiscutiblemente a resentimientos de tipo racial. Hecho que a pocos meses de las elecciones para el Congreso de 2010 tiene a las toldas demócratas muy preocupadas. Más aún, luego de haber visto cómo después de que Joe Wilson atacara al presidente Obama, recaudara, al día de hoy, más de US$400.000 para su campaña de reelección.
Para Gerald Jaynes, profesor de política del Centro de Estudios Afroamericanos de la Universidad de Yale, es inocente pensar que con la llegada de Obama al poder, la segregación y el resentimiento racial son un capítulo cerrado. “La esclavitud es el pecado original de la nación americana, por lo tanto, la tarea de cerrar las heridas de su legado en la identidad colectiva no son empresas de un día”. El problema, indica el investigador, es que en aun hoy, en pleno siglo XXI y con un presidente de color en la Casa Blanca, se siga aplaudiendo el uso de las banderas raciales como estrategia para alcanzar réditos electorales y partidarios.
Sin embargo, añade, no se puede caer en el error de calificar a todos aquellos que se opongan legítimamente a las política de Obama como racistas, pues esto alentaría aún más la polarización racial que todavía hoy persiste en el país. “A diferencia de lo que muchos opinan, este es el preciso momento en que desde la presidencia para abajo se dé un debate abierto sobre el verdadero lugar del racismo en nuestra cultura política y en nuestra sociedad.
Los republicanos, por su parte, se defienden de quienes los acusan de levantar sentimientos de odio en el electorado y por el contrario acusan al propio gobierno y a los demócratas de convertir el debate político en un tema racial. “El único objetivo con esto es crear una cortina de humo para desestimar las críticas que tiene un gran sector de la población sobre la forma en que la administración actual quiere manejar los distintos problemas que afrontamos como nación”, explica Nicholas Lot, investigador del centro de pensamiento conservador Missipi Forward, y añade que si no podemos controvertir y hacer oposición al gobierno de Obama, sin ser conminados en el intento, quedaría demostrado que Estados Unidos no está listo para un presidente afroamericano.
Así, y aunque Barack Obama sigua en su firme intención de caminar más allá del debate racial, queda poco claro si sus opositores, colaboradores y en general toda la población estadounidense se lo vayan a permitir.
La furia legislativa de Carolina del Sur
Dos palabras convirtieron en villano y, al mismo tiempo, héroe nacional al representante republicano Joe Wilson. El político paso a ser el blanco de grupos defensores de los derechos civiles y en la imagen de la campaña contra el presidente Barack Obama, tras gritarle, en pleno Congreso, “¡Usted miente!”.
Su airada intervención recordó la de otros legisladores de su estado, reconocidos por protagonizar célebres peleas. Como Preston Brooks, quien en los días previos a la Guerra de Secesión defendió el honor de su tío golpeando a un colega con un bastón. O del demócrata Benjamin Tillman, quien agredió a un contrario que lo tildó de mentiroso.
En ambos casos los congresistas fueron suspendidos, al igual que Wilson, quien recibió una sanción moral de parte de todos sus colegas en la Casa de Representantes.