Mar-a-Lago, la sucursal tropical de Trump

Cada viernes, el presidente estadounidense cierra su agenda oficial y se va a su mansión en Palm Beach. ¿Cómo es la residencia de descanso del presidente?

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redacción internacional
18 de marzo de 2017 - 03:00 p. m.
Donald Trump no esconde su emoción al llegar a Palm Beach, en donde está Mar-a-Lago. Esta es su reacción al llegar este fin de semana. / AFP
Donald Trump no esconde su emoción al llegar a Palm Beach, en donde está Mar-a-Lago. Esta es su reacción al llegar este fin de semana. / AFP
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Es un viaje que siempre está en la agenda. Desde que llegó a la Casa Blanca, el pasado 20 de enero, Donald Trump dejó claro que el viernes después del mediodía, el Air Force One tiene una parada obligada: Palm Beach, en la ciudad de Florida, centro exclusivo del mandatario y una pequeña élite de millonarios. Trump llega a Mar-a-Lago, un balneario con más de un siglo de historia y al que solo acceden los grandes apellidos. Según un comunicado de la Casa Blanca, emitido el viernes, “el presidente Donald Trump pasa su fin de semana en su residencia de Mar-a-Lago, en Florida. Por ahora no se anunciaron compromisos”.

Pero Mar-a-Lago no es una residencia privada, como a la que viajaba Barack Obama en Hawáii o Richard Nixon y John F. Kennedy en Florida. Este es un club, un complejo hotelero lujosísimo, con 114 habitaciones y al que solo se puede ingresar luego de pagar una afiliación millonaria, y claro, tras demostrar que se tiene un pasado familiar impoluto respaldado por un gran apellido. Su dueño es Trump, quien adquirió la mansión y el terreno circundante -la rodean un lago y el océano-  en 1985. Su dueña, Marjorie Meriweather Post, heredera de un imperio de cereales, construyó la edificación en 1922 y, según dijo, siempre soñó que algún día se convirtiera en una mansión presidencial.

Días antes de posesionarse, el mandatario publicó una foto en la que decía que escribía el discurso de toma de gobierno desde la “Casa Blanca de invierno”. Ahora invita a líderes mundiales y funcionarios de alto nivel a visitar “Mar-a-Lago”. Trump compró e lugar, según datos oficiales, por US$8 millones. Era la mansión más espectacular de Palm Beach, una casona de 10.000 metros cuadrados, rodeada de árboles y naturaleza. Su llegada no le gustó, sin embargo, al vecindario, pues el entonces empresario inmobiliario anunció que dividiría el lote para construir modernas casas. Luego lo convirtió en un club privado, le vendió membresías a millonarios, pero también a una pareja gay y admitió judíos y afrodescendientes, comunidades que habían sido excluídos de otros clubes.

El diseño del lugar estuvo a cargo del diseñador Rick González, un cubano-estadounidense que fue el que le puso el toque a este lugar. Algunos dicen que tiene un gusto “ostentoso”, con salas llenas de mármol, piedra italiana y dorados, muchos dorados. También hay tapices flamencos y alfombras orientales. Todas las habitaciones tienen vista al mar o a la laguna Lake Worth, club de playa, spa y campos de golf, cricket, baloncesto y tenis. Tiene jardines, varias piscinas y tres refugios antibombas. El costo de la membresía anual es de 14.000 dólares tras un pago inicial de $100.000 dólares.  Aunque la presidencia cotizó este pago que hoy asciende a $200.000 dólares.

Como Trump guarda un cariño particular por esta propiedad, aquí se casó su hijo mayor, y pasa mucho tiempo, la ha convertido en una sede alterna de la Casa Blanca. Invitó al presidente chino Li Keqiang  a una cumbre en el mes de abril y citó en el lugar a varios candidatos a dirigir la Agencia Nacional de Seguridad (NSA).  Otros miembros de su gobierno también han asistido a “reuniones de trabajo” en Mar-a-Lago.

Cada visita de fin de semana, de acuerdo con Politico, le cuesta al país cerca de $3 millones de dólares, lo que ha despertado críticas por el alto estilo de vida que él y su familia llevan desde la toma de posesión. Aunque las autoridades de Palm Beach dicen estar felices de tener a un visitante tan ilustre, hay residentes que no están tan felices con la frecuente presencia del mandatario, pues sus vidas se ven afectadas con el fuerte dispositivo de seguridad. La ciudad se paraliza con la llegada de Trump y las calles se dividen en dos bandos: una acera para los críticos y, la otra, para los seguidores.

 

 

Por redacción internacional

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