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30 Jul 2021 - 11:00 a. m.

Migrantes: más ideas para crear, más manos para trabajar

La mejor manera de combatir los miedos infundados o los falsos nacionalismos frente a la migración es compartir las historias positivas de integración, cada vez más frecuentes en Colombia. Relatos de acogida y trabajo binacional.
 Yenifer llegó a Bogotá el 16 de septiembre del 2017, después de un largo viaje de más de 18 horas. / OIM
Yenifer llegó a Bogotá el 16 de septiembre del 2017, después de un largo viaje de más de 18 horas. / OIM

Yenifer, una joven venezolana que llegó con su familia en 2017 al barrio Panorama, en San Mateo Soacha, es el mejor ejemplo de cómo los migrantes pueden aportarle a la comunidad de acogida, si encuentran una mano amiga. Yenifer recuerda cómo ella y su familia fueron bien recibidos por una pareja de colombianos de ese barrio en el sur de Bogotá; los ayudaron a integrarse y, sobre todo, los hicieron sentir bienvenidos.

Esa solidaridad hizo que esta inmigrante venezolana lograra capacitarse en gestión empresarial y montara un emprendimiento de comidas rápidas, que se convirtió en un restaurante muy popular en el barrio. Hoy, comprometida con esa comunidad que le dio la mano, Yenifer trabaja de la mano de la líder comunitaria Pastora Ruiz y promueve la construcción de espacios de bienestar y desarrollo de ese sector donde habita y trabaja.

Juan Parra Ríos, licenciado en Comunicación Social en Maracaibo (Venezuela) llegó a La Guajira hace más de siete años. Este profesor de ética y valores se unió con otros colombianos y venezolanos para abrir una escuela de talentos. Allí recibe a jóvenes de todas las edades y nacionalidades que quieran potenciar sus habilidades desde la pintura, la música, la danza, la expresión corporal y la pasarela.

El proyecto nació hace dos años con cuatro alumnos, hoy son más de cincuenta estudiantes, que hacen un constante intercambio de saberes y conocimientos entre las poblaciones binacionales, lo que ha enriquecido la institución. Así la escuela es hoy ejemplo de beneficios y oportunidades para los jóvenes venezolanos y colombianos en Riohacha, en donde la discriminación y el rechazo no tienen cabida.

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La historia de Verónica Lucena, de Caracas (Venezuela), es parecida. Llegó hace tres años a Bogotá con un título de abogada, especializada en derecho administrativo, laboral y planeación. No logró ejercer su profesión en Colombia, por lo que decidió dedicarse a otro oficio. Tomó cursos de artes y así montó una tienda virtual de artesanías. Hoy dicta talleres a muchas personas que como ella tuvieron que reinventarse. “Decidí aportar a la comunidad que me acogió y compartir mis conocimientos para que otros tengan la oportunidad de crear sus propios emprendimientos”, dice.

Estos relatos hacen parte de la campaña “Juntos Más Grandes”, de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), con el apoyo financiero de la Oficina de Población, Refugiados y Migración (PRM) del Departamento de Estado de Estados Unidos, que busca ayudar a prevenir la xenofobia. A través de nuevas ideas, que son materializadas en proyectos y otras oportunidades, se puede ver cómo la integración de los migrantes ayuda al crecimiento de un país.

“Ninguno de nosotros es ajeno a la situación que enfrentan los más de 1,7 millones de refugiados y migrantes venezolanos que han llegado al país en los últimos cinco años, y del esfuerzo constante que el Gobierno y las comunidades de acogida han hecho en Colombia para acompañar su proceso de integración en los sectores social, cultural y económico”, afirmó Ana Eugenia Durán, jefa de misión en OIM Colombia.

Sin embargo, las expresiones xenófobas no desaparecen y, al contrario, en redes sociales principalmente siguen siendo promovidas por un puñado de personas que buscan desinformar y estigmatizar. De acuerdo con Alejandro Daly, de la fundación Derecho a No Obedecer y del Barómetro de Xenofobia, “debemos contar las historias detrás de la movilidad humana. Narrar los sueños, frustraciones, tristezas y alegrías que han vivido las personas migrantes, refugiadas y retornadas es fundamental para generar lazos de empatía con las comunidades de acogida”.

Por eso “Juntos Más Grandes” se convierte en una oportunidad para informar, sensibilizar y educar a nacionales venezolanos, colombianos, retornados y comunidades de acogida sobre las dinámicas positivas de la migración y así prevenir actitudes xenófobas y discriminatorias como lo que ocurrió durante la pandemia, cuando muchos inmigrantes fueron acusados falsamente de promover el contagio de COVID-19. Cosas que solo generan miedos, prejuicios y mitos.

Los nuevos contenidos de la campaña incluyen un seriado audiovisual que narra historias inspiradoras de unión y trabajo entre colombianos y venezolanos, quienes construyen comunidad juntos, más allá de las nacionalidades. La serie que se podrá ver a través de la página web www.juntosmasgrandes.org y en el canal de YouTube de la OIM, muestra la importancia de la población refugiada y migrante proveniente de Venezuela en el crecimiento social, económico y cultural del país.

La campaña se difunde principalmente por redes sociales, canales en donde también se perciben narrativas contra la población refugiada y migrante venezolana.

Un fenómeno sin marcha atrás

Desde hace seis años Colombia se vio enfrentado a una dinámica nunca vista: la llegada de millones de personas de Venezuela, que huían de la escasez, el hambre, el desempleo, la crisis económica y la persecución política. Hoy, los colombianos parecen estar más familiarizados con esas realidades y comienzan a entender que este fenómeno no tiene marcha atrás, menos cuando en Venezuela la situación no da señales de cambio.

En un artículo publicado por la académica María Clara Robayo, experta en Migración de la Universidad del Rosario, se explicaba cómo la diáspora venezolana comenzó hace más de veinte años, pero hoy el perfil es más diverso: “Prestigiosos políticos, empresarios, exiliados, profesionales de alto nivel educativo, técnicos, estudiantes, madres gestantes o cabezas de familia, hombres solos que se aventuran a una migración exploratoria, refugiados, adolescentes o niños sin la compañía de adultos, personas mayores o enfermas hacen parte del grupo al que despectivamente a veces llamamos ‘venecos’. Un término que deshumaniza, reduce peyorativamente al ser humano a una nacionalidad y desconoce que cerca del 15 % de los más de dos millones de migrantes son colombianos retornados”.

Según Migración Colombia, en el país hay cerca de 1’700.000 venezolanos; en relación con su formación académica, el 7,5 % de los migrantes venezolanos no tiene ningún nivel educativo, el 42,5 % tiene educación básica y un 27,3 % educación media; solo una quinta parte manifestó tener estudios superiores.

Uno de los mitos más extendidos entre los colombianos es que los venezolanos llegaron a quitarles el trabajo a los colombianos (principalmente a los menos capacitados) y que son una carga para el país. Mentira. El informe “Integración de los venezolanos en el mercado laboral colombiano”, publicado por Brookings Institution (2018), reveló que “el flujo de migrantes y refugiados tiene impacto en las tasas de empleo de los locales, lo que sugiere complementariedad”.

Agrega el documento que “la mayoría de las investigaciones muestran que los flujos de migrantes tienen poco o ningún efecto sobre las perspectivas de empleo de la población de acogida; lo que sugiere que, en su mayor parte, los migrantes y los refugiados complementan la fuerza laboral local, en características inobservables o difíciles de medir”.

Pero hay más: un informe realizado en 2017 por el Fondo Monetario Internacional (FMI) reveló que, a largo plazo, tanto los trabajadores calificados como los poco calificados que emigran aportan beneficios a los países que los acogen, incrementando el ingreso por persona y mejorando los niveles de vida. “La inmigración calificada contribuye con talento y conocimientos, en tanto que los inmigrantes poco calificados desempeñan ocupaciones esenciales en las que escasea la mano de obra local, lo que le permite a la población del país ocupar puestos que requieren más aptitudes”, señala el documento.

La herencia de la migración

Una investigación sobre inmigración hecha en 2007 por Horacio Capel —experto en ciudad y geografía de la Universidad de Barcelona— muestra cómo desde el siglo pasado los migrantes aportaron a los países a los que llegaron. “Millones de migrantes europeos, que durante el siglo XIX salieron del continente para dirigirse a los territorios de ultramar, llevaban consigo, desde luego, la lengua y la civilización europeas, además, generalmente eran hombres jóvenes y emprendedores, que habían emigrado y encontraban unas condiciones adecuadas para despertar su energía y multiplicar sus iniciativas. Así crearon algo nuevo y no unas imitaciones de su país de origen”, señala el investigador español.

De acuerdo con un estudio del Observatorio del Mercado de Trabajo y la Seguridad Social de la Universidad Externado de Colombia, que recogió datos de los migrantes en el sector laboral desde 2014 hasta 2019, encontró que el 90 % de venezolanos que han llegado al país están en el sector informal o han creado puestos de trabajo con sus emprendimientos.

Datos del DANE señalan que el 46,7 % de los venezolanos en Colombia se desempeñaban hasta 2019 como empleados de empresas particulares y un 43 % como trabajadores por cuenta propia, un 3,8 % trabajaba como empleados de servicio doméstico y un 2 % como trabajadores familiares sin remuneración.

Agrega el documento del FMI que la inmigración incrementa el PIB por persona y la productividad: un aumento de un punto porcentual del porcentaje de inmigrantes en la población adulta hace subir el PIB por persona de las economías avanzadas hasta 2 % a lo largo del tiempo. Esta mejora es atribuible principalmente a un aumento de la productividad de la mano de obra, no a un aumento del coeficiente fuerza laboral/población.

“La llegada de esos inmigrantes posee efectos económicos indudables y múltiples sobre la ciudad, ya que aumenta la cifra de productores y de consumidores. Pero la inmigración tiene asimismo influencia sobre la capacidad de iniciativa y de creatividad en la ciudad”, señala el profesor Horacio Capel, quien detalla cómo los inmigrantes impactaron el desarrollo económico de las ciudades estadounidenses en el siglo XIX. Su investigación encontró cómo “la multiplicación en el número de contactos personales y la habilidad aportada por los no locales fueron fundamentales en el crecimiento de las ciudades norteamericanas y cita casos de inmigrantes europeos que introdujeron nuevas industrias (vidrio o cerveza, por ejemplo) en las ciudades de dicho país”.

Además los inmigrantes podían también a veces aportar actitudes favorables al trabajo manual en sociedades tradicionales y cita el caso de la inmigración europea a Brasil durante el siglo XIX, donde los inmigrantes instalados en las ciudades desarrollaron el comercio, la artesanía y la pequeña industria en Río de Janeiro, São Paulo y otras ciudades. Algo similar sucedió en Buenos Aires y otras ciudades.

Colombia puede marcar el paso en este fenómeno de movilidad humana, el más grave en la historia reciente en la región, con el Estatuto Temporal de Protección para migrantes venezolanos, y también promoviendo su integración y promoviendo el crecimiento del país desde las similitudes (somos países hermanos) y las diferencias.

“Los nacionales venezolanos representan el 4 % de la población del país, y como resultado de su llegada, contamos con más ideas para crear, más manos para trabajar y más proyectos por construir. Los invito a que nos demos la oportunidad de reconocer al otro desde la empatía y comprender que son múltiples las situaciones y las cosas que nos unen, así como los propósitos que nos impulsan —por encima de la nacionalidad— a seguir adelante con nuestras metas y sueños”, concluyó Ana Eugenia Durán.

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