Ello nos convoca a reflexionar en el papel que tienen los actores locales en la solución de sus propios problemas y en la necesidad de que la institucionalidad binacional, que se tendrá que reconstruir una vez que superemos esta crisis diplomática, se sustente en los actores de frontera, y anteponga sus intereses y visiones, a la diplomacia presidencial del micrófono que la ha consumido en el último tiempo. Aquello no busca desmerecer el rol del ámbito diplomático que se gestiona desde Quito y Bogotá, pero sí agregar al mismo, una dimensión mucho más rica pero escondida, la dimensión binacional de la frontera.
Como un primer paso, deberíamos poner más atención en lo positivo que allí transcurre. Debemos renunciar a un enfoque que solo perciba la frontera como un espacio de ilegalidad y de violencia para pensar en la riqueza de interacciones que allí ocurren. Mucho se pondera el intercambio comercial, pero además, está una enraizada comunicación cultural y hasta familiar de miles de ecuatorianos y colombianos. Podríamos decir, que, en gran medida Nariño y Carchi-Esmeraldas constituyen una región binacional, con rasgos culturales e históricos que la diferencian de sus respectivos espacios nacionales. Lo “pastuso” existe como un espacio cultural y social específico en el imaginario de nuestros dos países. Lamentablemente, mirado con desdén, con aires de superioridad, pero existente con rasgos de una identidad muy rica y con enorme potencialidad.
También se debe reflexionar en la diversidad social y geográfica de la misma frontera. Cuando hablamos de la franja fronteriza colombo ecuatoriana, nos referimos en realidad a tres regiones diferenciadas: Pacífico, Andina y Amazónica. Sus problemas y desafíos son distintos en cada caso y una perspectiva de desarrollo fronterizo viable e integral, tiene que identificar los problemas de cada región y, desde allí, definir soluciones específicas. La frontera no es una sola cosa. Es un grave error mirarla como una entidad homogénea.
Se trata de cambiar los paradigmas con que ecuatorianos y colombianos miramos nuestra frontera compartida. Más aún, es preciso abandonar una mirada solo nacional para empezar a pensarla dentro de un enfoque binacional. El espacio binacional es, sin duda, una dimensión distinta en la cual las franjas fronterizas de ambos lados pueden comprenderse en términos de una región o tres regiones, compartidas por dos estados. Ese es el nuevo paradigma al que debemos aproximarnos. Superar lo fronterizo y entrar en lo binacional. Encontrar un espacio en nuestra mente y en nuestra vecindad para reconocer lo pastuso (aunque deberíamos pensar en términos que incluyan también a la zona pacífica y amazónica) como una entidad peculiar. Este, sin duda, sería un paso hacia adelante en la forma cómo ecuatorianos y colombianos empezaríamos a comprender nuestra vecindad más allá de las divergencias que hoy nos separan.
Por ahora, nuestras relaciones diplomáticas siguen rotas y, posiblemente, lo estarán por algún tiempo más. Aquello no debe impedir que imaginemos cómo debemos construir y reconstruir nuestra vecindad.