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“Tengo odio, tanto odio. Le pido perdón a Dios por pensar así, por odiar a dos nenes, pero no puedo evitarlo”, dijo Belizán. Su hija Milagros de dos años, la antepenúltima de una prole de siete, fue hallada muerta el domingo en un descampado cercano a su casa en el barrio San José, en la localidad de Almirante Brown, al sur de Buenos Aires.
La pequeña, que se había ausentado unas horas antes, estaba desnuda, apoyada de rodillas contra un paredón, con el cuerpo cubierto de golpes y un cable alrededor del cuello.
El asesinato, que desató la furia de los vecinos que atacaron la casa del dueño del predio donde apareció el cuerpo de Milagros --obligando a la policía a dispersarlos con gases lacrimógenos y balas de goma -- tomó un día después un giro horrorosamente inesperado: dos hermanos de 7 y 9 años, vecinos del barrio, confesaron el crimen.
Belizán, sin embargo, tiene dudas. “Yo no creo que hayan sido ellos. No pueden haber sido los chicos, pero el fiscal me dijo que fueron ellos, que las pericias dicen que fueron ellos”, relató mientras sus hijos más pequeños jugaban en la vereda del barrio de casas de madera.
“Yo creo que con los chicos hubo un adulto. Cuando me trajeron a Milagros para velarla acá en la casa y le revisé el cuerpito, tenía muchos golpes, la cabeza rota... ¨cómo un nene puede dar semejantes golpes con un palo?” , se preguntó, entre lágrimas.
Las pericias psiquiátricas ordenadas por el juez Manuel Alessandrini revelaron que los niños--cuya identidad se mantiene en reserva -- sabían lo que hacían al momento de cometer el crimen, no se sintieron conmovidos por el dolor de Milagros y actuaron con total frialdad.
Belizán y su esposa, Mirta, evitan hablar de los menores, aunque los conocen bien. Sólo comentan que abandonaron la escuela hace más de un año luego de constantes llamados de atención por sus problemas de conducta, que se expresaban mediante ataques violentos a sus compañeros.
Pero en el barrio todos señalan a la madre, de 24 años, que solía golpearlos en públicos con palos y cadenas. Los expertos apuntan a esta historia de violencia familiar como la raíz del problema.
“Estos dos chicos son tan víctimas como la pobre niña que han matado”, dijo la psicóloga de familia Cristina Castillo. Mientras el juez Alessandrini resuelve la situación judicial, los pequeños han sido alojados en una comisaría junto su madre.
“El poder judicial tiene miedo de represalias. Desde el primer momento, un grupo numeroso de vecinos empezó a protestar con la finalidad de tomar justicia por mano propia... El juez tiene que velar por la seguridad de estos dos menores y la mamá”, explicó Raúl Leguizamón, jefe de prensa de la jefatura de policía de Almirante Brown.
Según la ley penal argentina los menores de 18 años --16 años en caso de delitos mínimos -- no pueden ser juzgados por los crímenes que hayan cometido, aún cuando se haya probado su autoría. Son enviados a institutos de menores donde permanecen alojados hasta cumplir la mayoría de edad.
Alessandrini adelantó que no enviará a los niños a un instituto --que en general aloja a adolescentes -- pero estudia otras alternativas.
Entre las opciones está la de otorgar la custodia a un familiar o “guardador”, en caso de que ningún miembro de la familia esté en condiciones de velar por los niños. El “guardador” podría ser una organización sin fines de lucro o una familia sustituta.
Belizán no quiere siquiera pensar en la posibilidad de que vuelvan con su familia: “Al barrio no pueden volver y con la madre tampoco. Si se quedan con la madre lo que le hicieron a mi hija se lo van a hacer al hijo de otro”.