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Política exterior colombiana: ¿qué prometen los candidatos y qué se puede hacer?

Colombia necesita una política exterior seria, técnica y de largo plazo. Los aspirantes a la presidencia aún no presentan propuestas sólidas e integrales en la materia. Análisis.

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Fabián Cárdenas
29 de mayo de 2026 - 11:00 a. m.
Fachada e instalaciones de este edificio sede del Ministerio de Relaciones Exteriores o Cancillería.
Fachada e instalaciones de este edificio sede del Ministerio de Relaciones Exteriores o Cancillería.
Foto: Óscar Pérez
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En un mundo donde las cadenas de suministro globales determinan el precio de los alimentos, donde el cambio climático no reconoce fronteras y donde las decisiones de Washington, Pekín o Moscú impactan el bolsillo del ciudadano corriente en cualquier municipio colombiano, la política exterior dejó de ser un asunto de élites diplomáticas para convertirse en política pública de primer nivel. Un gobierno que llegue al poder sin una visión clara, coherente y ejecutable de cómo se relacionará Colombia con el mundo no es solo ingenuo, es irresponsable. Colombia enfrenta simultáneamente la renegociación implícita de su posición en el hemisferio occidental, la presión del régimen transicional sobre Venezuela, la crisis migratoria más grande de su historia, la reconfiguración del mapa geopolítico en América Latina (entre derechas e izquierdas), así como la transición energética global que afecta directamente su economía extractiva, entre muchas otras cosas. Ante ese panorama, los programas de gobierno de los candidatos presidenciales 2026-2030 revelan visiones profundamente distintas. Algunas estimulantes, otras preocupantes, y algunas, francamente, constitucionalmente imposibles.

El mapa ideológico: cinco visiones, un solo mundo

Claudia López apuesta por una diplomacia activa anclada en la biodiversidad y el liderazgo regional. Su propuesta de articular la protección amazónica con organismos como la OTCA es coherente y técnicamente viable, y representa quizá la oferta más alineada con las tendencias reales de la agenda multilateral contemporánea. Sin embargo, su planteamiento de involucrar a la OTAN en seguridad ambiental —sin que Colombia sea ni remotamente candidata a esa alianza— suena más a campaña retórica que a estrategia real.

Sergio Fajardo construye su propuesta desde el fortalecimiento institucional: profesionalización del servicio exterior, creación de un consulado digital 24/7 (una gran idea que deberían tomar todos los candidatos), censo de colombianos en el exterior y una Cancillería modernizada. Es el único candidato que aborda con alguna seriedad la reforma interna del aparato diplomático, condición necesaria para que cualquier política exterior funcione. Por otro lado, su concepto de “potencia media regional” es ambicioso, pero no descabellado, siempre que vaya acompañado de recursos presupuestales que el documento no precisa. Un problema común de esta y todas las propuestas es lanzar ideas que requieren un gran músculo financiero con el que actualmente no se cuenta.

Paloma Valencia presenta su propuesta más desde el pragmatismo y el espectro proestadounidense. Su “Diplomacia Comercial de Resultados” tiene mérito en la retórica, pero reduce peligrosamente la función diplomática a su dimensión mercantil. Una idea muy sensata de Valencia es redibujar la figura del embajador, para concebirlo no solo como un diplomático sino como un promotor comercial, un operador político, un gestor de crisis y un interlocutor jurídico. Está claro que los embajadores no pueden ser neófitos que llegan al cargo solamente como pago de favores políticos o democráticos, esta debe ser una labor eminentemente técnica. No obstante, el modelo que propone Valencia, —embajadores como agentes de ventas— podría llevar a empobrecer la institución. En contraste, su iniciativa de vinculación de Colombia al “Escudo de las Américas” y su apuesta por profundizar el modelo Plan Colombia sí representa una postura estratégica coherente, aunque políticamente costosa en el contexto latinoamericano actual.

Iván Cepeda ofrece la visión más rupturista. No en vano su “programa de gobierno”, que es solo un compendio de sus discursos publicado en un documento de casi 500 páginas, se presenta a través de las llamadas “revoluciones”. Entre otras cosas, en materia de política exterior destacan sus ideas de: soberanía antimperialista, zona de paz latinoamericana y oposición frontal a cualquier base militar extranjera. Algunos de sus diagnósticos sobre el fracaso del prohibicionismo en drogas son compartidos por la academia internacional. No obstante, su alineación discursiva con el sur global —sin precisar qué significa eso operacionalmente— y su caracterización de conflictos como el de Gaza en términos de “genocidio” desde la política exterior colombiana, son posturas que, aunque eventualmente legítimas en el debate público, generarían un aislamiento inmediato con socios comerciales y diplomáticos clave. Sin duda alguna toda su postura profundizaría y agravaría la marcada desconexión internacional que actualmente tiene Colombia en la región, en donde se ve un marcado giro hacia la derecha, contando prácticamente a Brasil como su único interlocutor, si consideramos que Venezuela, Nicaragua o Cuba, se encuentran ausentes de dicho diálogo.

Abelardo de la Espriella, por su parte, limita las posturas de política exterior de su programa a la extradición y la seguridad, lo cual es insuficiente para gobernar la complejidad de las relaciones internacionales contemporáneas. La extradición es una herramienta, no una estrategia. Así mismo, de continuar con su inconsistente idea de retirar a Colombia de la ONU y de la mayor parte de las organizaciones internacionales a través de las cuales opera el multilateralismo, conduciría a Colombia no solo al aislamiento sino a su desaparición, lo que sería totalmente improcedente.

Leídos los programas de Cepeda, De la Espriella, Valencia, Fajardo y López, lo claro es que ninguno cuenta actualmente con una propuesta sólida, estructurada y holística en materia de política exterior, esbozando apenas algunas ideas más bien escuetas que de algún modo fungen como complemento a sus visiones de país, así como a las ideologías políticas que pretenden representar. Candidatos: Colombia requiere la formulación de una verdadera política exterior de Estado.

Convergencias y contradicciones

Hay un punto de convergencia notable entre casi todos los candidatos: el reconocimiento de que la política de drogas internacional debe reformarse. Desde López hasta Cepeda, pasando por Fajardo, hay consenso en que el prohibicionismo ha fracasado. Esta es, paradójicamente, la propuesta más transformadora y la que mayor resistencia encontrará en los foros multilaterales dominados por Estados Unidos.

Por su parte, la gran contradicción estructural es la relación con Venezuela: Fajardo propone “pragmatismo democrático”, López habla de restaurar la democracia venezolana, Valencia quiere retomar el modelo de presión y Cepeda se opone a cualquier intervención. No es muy viable tener simultáneamente buenas relaciones comerciales con Caracas y una postura de condena activa al régimen. Colombia deberá dibujar con mayor asertividad sus posturas. Además, nótese que la agenda con Caracas no solo tiene implicaciones con Venezuela o la región, sino que marca el tono de la relación que se quiera tener con Washington, la cual sin duda es necesaria e imprescindible.

Lo que un presidente colombiano puede y no puede hacer

Aquí el análisis debe ser claro. En el orden constitucional colombiano, el presidente dirige las relaciones internacionales (Artículo 189), pero varios compromisos propuestos requieren aprobación del Congreso —como tratados internacionales— o tienen límites constitucionales explícitos. La propuesta de Cepeda de rechazar bases militares extranjeras ya está parcialmente consagrada en el debate constitucional, pero implementarla requeriría revisar acuerdos vigentes con los Estados Unidos, lo que implica un proceso jurídico complejo. La integración al “Escudo de las Américas” que propone Valencia requeriría un proceso jurídico internacional más profundo. El “consulado digital 24/7” de Fajardo es perfectamente ejecutable vía decreto ejecutivo y presupuesto. La reforma al régimen internacional de drogas que proponen varios candidatos depende, en lo fundamental, de negociaciones multilaterales donde Colombia es un actor relevante pero no determinante.

Candidatos: Colombia merece un debate serio sobre política exterior, así como la proposición e implementación de una visión de Estado, no solo de gobierno. De largo plazo y no solamente coyuntural. Que considere la importancia fundamental de las relaciones exteriores en un mundo inevitablemente globalizado e interdependiente. Colombia tiene el potencial para ser un líder regional, un verdadero articulador geopolítico. Pero esto se logra con planeación estratégica, jurídica, internacional, económica, donde los técnicos y expertos en el derecho internacional y las relaciones internacionales tomen un rol preponderante. Para esto debe abandonarse esa idea anacrónica e ignorante de que la diplomacia es solo la caja menor para el pago de los favores políticos de campaña o un simple relleno programático.

Colombianos: esta semana no solo elegimos presidente. También elegimos jefe de Estado y jefe de las Relaciones Exteriores. Por ahora, solo algunos candidatos parecen estar a la altura de ese desafío.

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Fabián Cárdenas

Por Fabián Cárdenas

Profesor de planta de la Pontificia Universidad Javeriana, doctor en Derecho Internacional, académico, analista y consultor.
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