Inglaterra contra Argentina no es solo un partido de fútbol. Nunca lo ha sido y nunca lo será. Ni en este ni en ninguno de los casos que se le asemejan. Porque cuando hay o hubo un conflicto de por medio, la dinámica cambia. Cuando los ingleses se enfrentan a los alemanes, por ejemplo, les recuerdan como pueden sus victorias en ambas guerras mundiales, así como su triunfo en el Mundial de 1966.
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“Dos guerras mundiales y una Copa del Mundo”, cantan los aficionados ingleses cuando se enfrentan.
Ni qué decir de los cruces entre las selecciones de países surgidos tras la desintegración de Yugoslavia. Croacia, Eslovenia, Bosnia, Serbia, Albania y Kosovo, todavía enfrascados en disputas territoriales sobre pequeños enclaves en el río Danubio, el golfo de Piran o el propio estatus de Kosovo, han llevado su conflicto a la cancha en repetidas ocasiones.
“Matar al serbio”, coreaban aficionados en el partido de Croacia contra Albania en la Eurocopa de 2024.
Los partidos dejan de ser solo sobre fútbol. Sin embargo, ningún caso ha sido comparable al de Inglaterra y Argentina, todavía enfrentados por las Islas Malvinas, o Islas Fackland, como les llaman los ingleses. La diferencia es abismal.
En otros de los casos mencionados, como en el de Inglaterra contra Alemania, las instituciones deportivas han hecho algo por tratar de atajar el conflicto. El Ministerio de Asuntos Exteriores y de la Commonwealth, por ejemplo, le pidió a los aficionados ingleses que no corearan el mencionado canto “Dos guerras mundiales y una Copa del Mundo” en el Mundial de 2006, disputado en suelo alemán. En Argentina ha sido al revés.
Tras su triunfo en cuartos de final contra Suiza, que sellaba el cruce contra Inglaterra, la propia Asociación de Fútbol Argentino (AFA) difundió un video en el que se escucha a los jugadores argentinos cantando “por Malvinas, por el Diego y por la última de Leo”. Inglaterra se quejó ante la FIFA por la violación de las estrictas normas sobre expresión de política en los estadios, pero la máxima autoridad del fútbol mundial rechazó el reclamo.
No es la primera vez que la AFA toma una postura sobre el conflicto. En 2014, la entidad recibió una sanción de 30.000 francos suizos luego de que los jugadores aparecieran con una pancarta que decía “Las Malvinas son argentinas” en un partido amistoso contra Eslovenia.
Incluso, un exdirigente la AFA habría intentando actuar como “mediador” sobre el conflicto. Según contó Humberto Grondona, hijo del exdirectivo de la AFA Julio Grondona, su padre le ofreció a Inglaterra su voto para que fuera sede del Mundial de 2018 a cambio de negociar Las Malvinas.
“Yo no he pedido nada en la vida. Pero a los ingleses sí lo hice. Les dije: ‘Vamos a acabar pronto. Tienen mi voto si me devuelven las Malvinas, que son nuestras’. Se quedaron muy tristes, y de eso no dijeron nada”, dijo Julio Grondona en 2011.
Los equipos no se ven desde 2005, cuando los ingleses se impusieron por 3 a 2 en un amistoso en Suiza. De manera oficial, el último encuentro fue en 2002 en el Mundial de Corea y Japón, cuando los ingleses se quedaron con el triunfo con un único gol de David Beckham. Antes de esto, se enfrentaron en el Mundial de Francia 1998 y en el Mundial de México 1986, ambos trascendentales para la historia argentina por sus victorias.
“Este partido tiene muchas más implicancias que el del 98 y que el del 2002 porque está mal en semifinales, porque venimos de salir campeones del mundo y buscamos repetir, y sobre todo, porque ahora hay redes sociales”, señala Gonzalo Fiore, doctor en Relaciones Internacionales y exasesor de la Embajada de Argentina en San Marino.
Y porque, como también reconoce el experto, el contexto político y diplomático ha reactivado en los últimos meses la disputa territorial en la antesala de este clásico del fútbol.
¿En qué está la pelea por Las Malvinas ahora?
En abril, la agencia Reuters accedió a un correo interno del Pentágono donde se consideraba revisar la postura de Estados Unidos frente a la disputa de Las Malvinas como castigo a Reino Unido por no respaldar la ofensiva de Donald Trump contra Irán. Londres reaccionó con firmeza. El primer ministro británico, Keir Starmer, reafirmó que “la soeberanía reside en el Reino Unido” y que el derecho de los isleños a la autodeterminación es “primoridal”.
Después de esto, el hijo de presidente Trump, Eric, alimentó la controversia durante un intercambio de tuits con el presentador británico Piers Morgan en la que sugiere que la lucha por Las Malvinas es un caso de “colonialismo”.
Sin embargo, la posición formal de Washington sigue siendo más cauta que lo que sugería la filtración del Pentágono. Ante el Senado, el embajador estadounidense en Argentina, Peter Lamelas, fue tajante y dijo: “No reconocemos la soberanía de uno ni de otro”.
Según explicó, Estados Unidos reconoce la administración británica de facto sobre las islas, pero mantiene una postura neutral, y dice apreciar el diálogo entre las partes. Es decir, entre la amenaza filtrada y la política exterior efectiva, todavía hay una distancia considerable.
Pero antes de que Trump y el Pentágono pusieran a Malvinas en el mapa internacional, el tema ya era una conversación renovada en Argentina, en parte por las posturas del propio gobierno de Javier Milei. En diciembre de 2024, excombatientes del Centro de ExCombatientes Islas Malvinas (CECIM) de La Plata denunciaron que el gobierno había vaciado el Programa Nacional de Atención a Veteranos de Guerra y preparaban medidas legales para exigir respuestas.
La postura de Milei frente a Inglaterra ha sido cuestionada varias veces. El presidente conserva una foto de la exprimera ministra, Margaret Thatcher, quien dirigió la respuesta británica en la guerra, en su despacho de la Casa Rosada y la ha elogiado públicamente en repetidas ocasiones, incluso siendo preguntado directamente sobre el papel que ella tuvo en la Guerra de Malvinas.
“Hubo una guerra y a nosotros nos tocó perder. Eso no quiere decir que uno no pueda considerar que quienes estaban enfrente eran personas que hacen bien su trabajo”, dijo en una entrevista con la BBC en 2024.
Por eso, en la antesala del partido de la semifinal, el vocero presidencial Adrián Ravier salió a aclarar que la admiración de Milei “tiene que ver con el plan de estabilización y la ideología económica” de Thatcher, no con su rol en la guerra.
“El presidente Milei está tratando de recuperar las Malvinas todos los días”, sostuvo.
Las críticas se han extendido a otros funcionarios. El pasado mayo, Rafael Grossi, actual director del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) y candidato argentino a la Secretaría General de la ONU y miembro del servicio exterior, dijo que su abordaje a la Cuestión Malvinas “sería de total imparcialidad”, una declaración que fue leída como una garantía a los británicos de que la ONU no presionaría por una solución.
“Desmalvinicemos la cosa”, agregó Grossi.
Las declaraciones de Grossi generaron un vendaval político y excombatientes y organizaciones de Malvinas exigieron su exclusión del cuerpo diplomático, pero no hubo ninguna consecuencia institucional. El gobierno de Milei lo mantuvo en carrera sin ningún llamado de atención público.
El intendente de Río Grande, Martín Pérez, lo calificó de “candidato de bajo vuelo y contrario a los intereses de la Argentina” y dijo que el gobierno impulsa a “alguien que tiene cero interés en dar la pelea diplomática por nuestras islas”. El Observatorio de Malvinas de la Universidad Nacional de Villa María, por otro lado, emitió un informe señalando que las declaraciones de Grossi contradicen las propias resoluciones de la ONU que reconocen la disputa de soberanía e instan al diálogo.
Más tarde, el pasado 25 de junio, en la antesala del Mundial, el Comité Especial de Descolonización de Naciones Unidas adoptó una nueva resolución reclamando la reanudación de las negociaciones de soberanía entre Argentina y Reino Unido, en lo que la Cancillería argentina interpretó como un respaldo más al reclamo histórico. Esto es clave por lo que pasa de fondo.
Mientras Argentina acumula respaldos diplomáticos en el papel, en el Atlántico Sur avanza una amenaza más concreta: la extracción de petróleo. En diciembre de 2025, el proyecto Sea Lion, operado por la israelí Navitas Petroleum y la británica Rockhopper en aguas a 220 kilómetros al norte de las islas, alcanzó su decisión final de inversión para la fase de producción, la primera en la historia de las Malvinas.
Milei calificó el proyecto en abril de intento “unilateral e ilegítimo” de avanzar sobre recursos argentinos y prometió acciones diplomáticas para frenarlo. Sin embargo, el Financial Times, que reveló el avance del proyecto esta semana, recoge que funcionarios de las islas y analistas energéticos desestiman en privado las declaraciones del presidente argentino como “sabre-rattling”, el tipo de declaraciones soberanas obligatorias para cualquier político argentino, no una amenaza real.
Una historiadora de Cambridge consultada por el diario señaló que Argentina “podría tener un caso legal” contra el proyecto por una resolución de la ONU que prohíbe modificaciones unilaterales al status quo de las islas. El problema es que el Reino Unido no se destaca precisamente por cumplir las resoluciones de la ONU.
Todo esto ha hecho que la cuestión Malvinas volviera a instalarse en el ciclo noticioso e, inevitablemente, en la cancha. Y las decisiones de las últimas horas solo han avivado el fuego entre los fanáticos. Un día antes del juego, la organización del Mundial como los propios protagonistas intentaron bajarle el tono al conflicto. A los hinchas argentinos no se les permitirá ingresar con banderas alusivas a Malvinas al estadio, mientras que los veteranos de guerra hicieron un llamado público a los aficionados para que se concentren en el fútbol.
El propio técnico argentino, Lionel Scaloni, se sumó a ese pedido de mesura, “el mensaje es que es un partido de fútbol, no busquemos otra cosa”. Lo veteranos de la guerra también publicaron una carta en la que dicenque “el deporte no es la guerra” y que no hay que “caer en la xenofobia ni en el odio”.
Pero 24 horas antes del choque, la ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva, reconoció que el gobierno avaló la prohibición de cualquier referencia a las islas en el estadio, y esto terminó por hacer enojar más a los seguidores argentinos.
“Está prohibido el ingreso de elementos que tengan mensajes provocativos, ya sea de contenido político o racial”, dijo.
Tanto el FBI como la FIFA clasificaron el partido como el de mayor riesgo de todo el Mundial 2026, el único en toda la historia del torneo con esa categoría. Tras una reunión en el Centro Internacional de Cooperación Policial en Virginia con representantes de ambos países, se desplegaron más de 1.600 agentes en las calles de Atlanta, con accesos separados para cada hinchada y un sistema de drones que ya incautó 86 aparatos no autorizados en la ciudad desde el inicio del torneo.
Los primeros enfrentamientos aislados entre hinchas ya se registraron en Miami. No es solo un partido.
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