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Cientos de adolescentes coordinados a través de redes como TikTok o Snapchat han protagonizado recientemente una ola de lo que se conoce como “teen takeovers” (tomas juveniles, en español) en ciudades como Chicago, Atlanta, Detroit y Washington D.C., dejando a su paso daños materiales, tiroteos y una policía que no sabe qué hacer frente a la situación.
Estos eventos, descritos como “flash mobs” (reuniones de multitudes relámpago) de caos, consisten en convocatorias masivas en puntos estratégicos como centros comerciales o paseos marítimos que escalan rápidamente hacia el vandalismo y el desorden público.
En Chicago, los jóvenes han llegado a trepar sobre vehículos y activar alarmas en Hyde Park, mientras que en Jacksonville, Florida, un evento similar terminó con cinco adolescentes heridos de bala.
Jason Hale, residente de Hyde Park, en Chicago relató cómo durante una de las tomas los jóvenes corrieron sobre el techo de su vehículo, causándole daños por USD 3.000.
“Es una cosa venir y pasar el rato, pero otra muy distinta es destruir la propiedad de la gente, atacar a las personas o disparar. Esto es un problema, es una crisis”, señaló, subrayando que la raíz del caos reside en una crianza carente de estructura y rendición de cuentas.
En la capital, Washington D.C., se han reportado robos a los propios jóvenes participantes durante los disturbios, y en Detroit, grupos de adolescentes han irrumpido en tiendas para llevarse artículos de gran tamaño.
La velocidad de estas convocatorias, que se propagan en minutos, impide que los departamentos de policía puedan anticiparse o reaccionar de manera efectiva antes de que se desate la violencia. Ante la magnitud de las protestas de comunidades en estas ciudades, las autoridades federales y locales debaten intensamente si la solución radica en un refuerzo estricto de la ley o en programas de prevención juvenil.
“El problema es que no creen que estos jóvenes necesiten ser tratados como criminales”, afirmó la fiscal de EE. UU. para el Distrito de Columbia, Jeanine Pirro, en una entrevista citada en la que criticó lo que considera un enfoque blando de algunas administraciones locales.
¿A qué se debe este fenómeno?
Según FOX 2 Detroit, uno de los organizadores de una toma, Daveon Page, de 16 años, admitió que inició la convocatoria simplemente porque “estaba aburrido” y buscaba un evento propio en un lugar común.
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Medios locales han señalado que los videos de escenas caóticas circulan ampliamente de costa a costa, incentivando a otros jóvenes a replicar el comportamiento para ganar relevancia en redes. Por esto, algunos han insistido en la necesidad de regular las plataformas digitales, especialmente tras la muerte de un joven de 14 años en Chicago durante un evento de este tipo en noviembre.
También se ha culpado a otros retos virales como “Senior Assassins”, una tradición escolar donde los estudiantes deben “eliminar” a otros con pistolas de agua. En Portage, Indiana, este juego provocó una movilización policial masiva cuando un estudiante de honor fue reportado con lo que parecía un arma de fuego real. El joven fue detenido y acusado de un delito grave de intimidación.
“Si las empresas de redes sociales hubieran detenido, bloqueado, limitado o cambiado el ritmo de esas invitaciones aquella noche en que ese niño fue al centro de la ciudad, tal vez ese niño estaría vivo”, dijo William Hall, concejal de Chicago.
Aunque la tecnología facilita el caos, cabe destacar que también ha sido la herramienta que las ciudades están intentando usar para responsabilizar a los organizadores y a sus padres por el vandalismo resultante. Oficiales en Detroit rastrearon a los jóvenes de una toma durante toda una noche gracias a que el evento fue anunciado con flyers en redes.
Pero además de la tecnología, también se suma un factor climático. Pete Saunders, en su newsletter de urbanismo The Corner Side Yard, explica que los primeros días cálidos de primavera suelen disparar estas reuniones masivas, donde los jóvenes buscan liberar “energía acumulada”, algo que con las redes sociales se convierte en una herramienta de organización instantánea.
Saunders añade que estas tomas también son un síntoma de la pérdida de instituciones en EE. UU. (iglesias, organizaciones sociales y comunitarias) que antes guiaban a la juventud hacia actividades productivas.
Para otros, sin embargo, el problema es mucho más simple y se debe a que, tras décadas de abandono institucional, los jóvenes de barrios pobres, que son en su mayoría los protagonistas de estas tomas, no tengan acceso a espacios de ocio por el deterioro de las zonas públicas y la privatización de otros espacios.
Esta última visión es precisamente el enfoque que ha adoptado la alcaldesa de Detroit, Mary Sheffield, quien se reunió recientemente con los propios organizadores de estas tomas para entender sus motivaciones. Tras los diálogos, extendió los horarios en centros comunitarios para ofrecer alternativas a los jóvenes.
“La aplicación de la ley por sí sola no es la respuesta”, dijo Sheffield.
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Ante la inminencia de nuevas convocatorias, la comunidad ha comenzado a organizarse bajo el concepto del “Adult Takeover” (toma de adultos). En Chicago, dueños de negocios y líderes locales han decidido ocupar los espacios públicos antes que los adolescentes para actuar como un escudo de desescalada.
“Si ellos tienen a 100 niños aquí, nosotros necesitamos tener a 100 padres”, afirmó el filántropo Early Walker, quien impulsa esta iniciativa para evitar que los encuentros juveniles terminen en una intervención policial.
El fenómeno de las tomas juveniles seguirá dando de qué hablar en las siguientes semanas, a la espera de lo que pueda ocurrir en el verano estadounidense y si desde Washington se hace eco con efectos políticos de cara a las elecciones de noviembre.
Y es que aunque el país hoy tiene tasas de homicidios históricamente bajas, la percepción de inseguridad crece porque este tipo de eventos de “desorden organizado” es ampliamente difundido en las pantallas de todo el país, por lo que puede ser fuertemente explotado por los sectores políticos más favorables a medidas de seguridad más severas.
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