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¿Quién manda en América Latina?

La obsesión del presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, consiste hoy en apartar dulcemente a Estados Unidos de América Latina, para lo cual impulsa Unasur.

M. A. Bastenier* / Especial para El Espectador

06 de febrero de 2010 - 04:59 p. m.
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Nunca desde el fin del siglo XIX había sido América Latina menos dependiente de cualquier potencia exterior. En 1898, fecha que en la historia de España se conoce como ‘El Desastre’ por la pérdida de Cuba y Puerto Rico, Estados Unidos comunicó al mundo que había llegado; que ya no tenía que pelear con tribus indias, que la teoría de la frontera de Frederick Jackson Turner empezaba a ser un recuerdo, y que la Doctrina Monroe, que databa sin embargo de 1823, era ya una realidad, como continuas intervenciones armadas sobre todo en América Central y el Caribe, y la usurpación de Panamá a Colombia, probaron en décadas sucesivas.

A comienzos del siglo XXI, muy diferentemente, la decadencia relativa de Estados Unidos parece indiscutible. Sigue siendo la primera potencia del planeta, y en el plano estrictamente militar no se divisa quién pueda hacerle sombra, pero, precisamente, esa unificación del mundo por las comunicaciones, lo que afecta de manera suprema a las identidades nacionales —la cultura— y a la economía globalizada, pone de relieve los límites de la hiperpotencia, como la llamó un ministro de Exteriores francés.

Washington no puede atender a dos conflictos mayores al mismo tiempo. Está tratando de liquidar el de Irak para ocuparse de Afganistán-Pakistán, y si surgiera un tercer foco de inestabilidad, que podría ser lo que Al Qaeda pretende en Yemen e Israel en Irán, le sería muy difícil allegar las tropas necesarias para hacerle frente. Y ello no se debe tanto a falta de recursos materiales como de voluntad nacional para sostener un imperio global, la que obligó a Gran Bretaña en el siglo XIX y a España en el XVI, a responder allí donde creciera la amenaza.

Y eso ha creado una ‘ventana de oportunidad’ para que, en su soledad, América Latina viera asomar en el horizonte a otras potencias. Desde el punto de vista económico, la más notable es China, que muy pronto dejará atrás a España que, por otra parte, jamás ha aspirado a una hegemonía política para la que le falta todo —el futuro— y le sobra todo —el pasado—; Pekín carece, sin embargo, de la capacidad de proyectar su brazo militar más allá del mar de la China.

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Igualmente, los paseos de la flota soviética por aguas venezolanas no pasan de desfiles de carrozas en el día de la Independencia. Los poderes que pueden optar sino a una hegemonía absoluta, sí a un cierto papel directivo sólo pueden estar en América Latina.

Y descartada Argentina por el desbarajuste habitual en el que vive, y México porque sólo piensa en la emigración a Estados Unidos y el narcotráfico, queda Brasil. Cierto que al presidente venezolano, Hugo Chávez, le gustaría creer que es una alternativa, con la eventual capacidad de atracción de un capitalismo de Estado que llama ‘socialismo del siglo XXI’, y el conjuro espiritista del alma de Bolívar, pero no hay motivo para suponer que vaya a aumentar su grupo nominal de seguidores: Bolivia, Nicaragua y con bastantes dudas Ecuador, del que la recomposición de relaciones con Colombia prueba que su presidente, Rafael Correa, no es el que le lleva los cafés al líder venezolano, como sí lo era del presidente Bush el premier británico Tony Blair.

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Brasil, bajo el presidente Lula, ha mostrado un enorme dinamismo y grandes aspiraciones. Con esmerada prudencia, el altísimo consejero del presidente, el ‘gaucho’ Marco Aurelio García, desmiente cualquier ilusión hegemónica, pero los hechos apuntan en otra dirección. La obsesión de Lula consiste hoy en apartar dulcemente a Estados Unidos de América Latina para lo que impulsa Unasur, la organización que por abarcar sólo Suramérica puede permitirse ignorar a Washington.

Pero los designios de Lula y, presumiblemente, de su sucesora si gana las presidenciales del próximo octubre, Dilma Rousseff, se orientan a la creación de una segunda OEA cuyo límite septentrional se detenga en río Bravo, dejando extramuros a Estados Unidos y Canadá. Unasur no pretende ser una OTAN americana, porque eso sería irritar innecesariamente a la Casa Blanca, pero sí un foro de coordinación para asuntos militares que, por ejemplo, si Colombia no hubiera cedido el uso de bases a las fuerzas norteamericanas, podría facilitar una acción conjunta continental para hacerle la vida aún más difícil a las Farc.


En campos decisivos Brasil ha dado pasos de gigante. Cuando la crisis mundial se ceba con Occidente, el país no cayó en 2009 en recesión y para este año espera superar el 5% de crecimiento; la operación rearme en la que está embarcado la negocia, significativamente, con París para no darle a Washington el poder de negar repuestos cuando éstos hagan falta. El paquete incluye 36 cazabombarderos Rafale, 50 helicópteros de transporte EC-725 Cougar, cuatro submarinos Scorpene convencionales y uno nuclear; a Rusia le ha comprado 12 helicópteros de combate Mi-35M, y fabricará con Italia más de 2.000 vehículos de transporte blindados VBTP-MR.

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Y toda esa larga lista implica importantes transferencias de tecnología militar de los países vendedores, para que Brasil disponga en el futuro de una verdadera industria nacional de armamento. Si se tiene en cuenta, por añadidura, que los únicos enemigos conocidos de Brasil son las pandillas de las favelas, habría que preguntarse para qué puede querer semejante panoplia de guerra, sino para proyectar una capacidad militar imbatible en América Latina y por ello que no le permita suponer a Chávez que con su tarjeta de crédito petrolera pueda nunca poner a Caracas en posición de superioridad sobre Brasilia.

Y la obra que corona todo el edificio es el descubrimiento de vastísimos yacimientos submarinos de crudo, el llamado pre-sal, de los que las primeras exploraciones apuntan a un filón de 60.000 ó 70.000 millones de toneladas, con los que financiar una política de presencia militar e intervención diplomática.

Pero decir que Brasil aspira a dirigir un bloque de países latinoamericanos no implica que pueda sustituir a Estados Unidos en lo que fue y aun puede volver a ser en el continente, y eso no lo ignora ni Marco Aurelio García ni el propio Lula. Los límites de esas aspiraciones están por doquier. La economía brasileña ha de apuntar muchísimo más al valor añadido de la tecnología y mucho menos a la exportación de materias primas; una primera potencia aunque sólo sea regional, ha de poseer el monopolio de la violencia, como decía Weber, en su propio territorio, lo que se halla muy lejos de estar claro en el interior de sus grandes ciudades; y en diplomacia es tan diciente como negativa la evidencia de que un politicón cazurro y astuto pero que no milita en las grandes ligas, como el golpista hondureño Roberto Micheletti, haya podido reírse de la diplomacia del palacio de Planalto, negándole hasta un minuto de presidencia al derrocado y exiliado Manuel Zelaya.

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El comentarista boliviano Román Ortiz, fino observador (Infolatam) de la zona, afirma que a Brasil le falta también una opinión pública dispuesta a sostener esa política como la que cree que todavía tiene —y yo discrepo— Estados Unidos, pero eso no sería tan grave porque esa voluntad se fabrica; lo que en mi opinión le falta a Brasil es más Brasil.

Como la mayoría de países latinoamericanos con la posible excepción de Uruguay, Brasil está aún por edificar; y no como potencia más o menos prestante, sino como nación pura y simple. Mientras que en Brasil no haya ni la más remota posibilidad de que un negro llegue a la presidencia, o a otros puestos de la mayor relevancia en la república, tendrá un déficit de sí mismo, porque contar con ‘o rei’ del fútbol no basta.

Esas aspiraciones, en cualquier caso, están ahí, darán de sí lo que den, y será apasionante asistir al espectáculo, porque es bueno que así sea para América Latina y probablemente también para esta descascarillada Europa que mira con estrabismo a América, desde el otro lado del océano.

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 * Columnista del diario El País de España

Por M. A. Bastenier* / Especial para El Espectador

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