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Secuestro y muerte de un dictador

El 31 de mayo de 1970 se dio a conocer en Argentina el grupo guerrillero Montoneros luego de haber secuestrado y ajusticiado al ex presidente de facto Pedro Eugenio Aramburu.

Fernando Araújo Vélez

06 de junio de 2010 - 04:00 p. m.
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El 31 de mayo de 1970 se dio a conocer en Argentina el grupo guerrillero Montoneros luego de haber secuestrado y ajusticiado al ex presidente de facto Pedro Eugenio Aramburu, acusado de traición a la patria y de desaparecer el cadáver de Eva Perón.

Al general Pedro Eugenio Aramburu lo asesinaron de tres tiros en un cuartucho de dos por dos, luego de un sumario juicio oral porque había traicionado al pueblo. “Al pueblo y a la nación”. Eso fue lo que dijeron, escribieron y comunicaron el 31 de mayo de 1970 los integrantes de un grupo que se había autodenominado Montoneros. Eso fue lo que repitió la sociedad argentina de entonces, dividida entre disidentes del régimen dictatorial de Alejandro Lanusse y sus adeptos. Aramburu, reseñaron los periódicos, se había posesionado como presidente de facto en noviembre de 1955, después de haber hecho parte del plan que derrocó al “intocable” Juan Domingo Perón. Sus “jueces” en la perdida casita de Timote, a 150 kilómetros de Buenos Aires, lo acusaron, antes que nada, de haber ordenado la ejecución del general  Juan José Valle y varios de sus cómplices en un alzamiento ocurrido en 1956,  y de haber desaparecido el cadáver de Evita Perón, “el único testimonio material que nos quedaba de la compañera Evita”, como le dijeron sus ejecutores en medio del juicio. Mientras fue dictador, ordenó decapitar todos y cada uno de los bustos que había de Eva Duarte de Perón, e incluso prohibió, so pena de cárcel, que se la nombrara.

A Aramburu lo habían vigilado largos días con sus largas noches desde la biblioteca y la sala de lectura del colegio Champagnat, ubicado en la calle Montevideo, frente a su edificio. Habían estudiado el interior de su apartamento por unas fotografías aparecidas en una revista  y  se turnaban para anotar sus movimientos, horarios y vestimentas, sus acompañantes y visitas, siempre con documentos bajo el brazo que lo incriminaban en  lo que, sostenían, eran sus delitos. El día de su asesinato, los Montoneros emitieron un comunicado a la opinión pública fechado el 1º de junio, encabezado con “Al Pueblo de la Nación”, en el que escribieron: “La conducción de Montoneros  comunica que hoy a las 7.00 horas fue ejecutado Pedro Eugenio Aramburu.

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Que Dios Nuestro Señor se apiade de su alma.

Perón o Muerte, Viva la Patria”.

A Aramburu se lo  habían llevado el 29 de mayo, engañándolo con la falsa promesa de que eran militares que pretendían custodiarlo. Aunque eran conscientes de que no podían odiarlo, pues el odio terminaría por nublarles la razón, también lo eran de que no debían convertirlo en una víctima. Fueron amables con él, pero distantes. El fuego del rencor tenía que permanecer intacto.

Por eso, durante los 15 días de persecución, releyeron los sucesos de la tarde del 16 de junio de 1955, cuando en la Plaza de Mayo varios helicópteros y cientos de policías guiados por las Fuerzas Armadas que deseaban deponer al presidente Perón dispararon, indiscriminadamente, contra una multitud que se manifestaba a favor del caudillo. Hubo más de 300 muertos y miles de heridos. Indignación, promesas de venganza, dolor e ira.

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Luego repasaron los fusilamientos del general Valle y 26 civiles, firmados por el presidente de facto, acusados de conspirar contra su régimen. Como una puñalada, recordaron la tarde en la que la hija de Valle, Susana,  y su madre  fueron hasta la casa presidencial de Olivos a buscar al entonces jefe de Estado para implorarle que fuera benévolo con su padre, pues era inocente de los graves cargos que le imputaban y, además, habían sido amigos. Aramburu les mandó decir que dormía la siesta. Como una puñalada, también, revisaron el caso del cadáver de Evita Perón, ultrajado y enviado a una fosa  perdida.

 El tema de la “compañera Evita”, como la llamaban siempre los Montoneros, surgió el segundo día de su juicio. Cuando lo interrogaron sobre el asunto, Aramburu se paralizó y les pidió a sus secuestradores que apagaran la grabadora. “Sobre este tema no puedo hablar por un problema de honor. Lo único que les puedo asegurar es que ella tiene cristiana sepultura”, dijo. Luego les prometió que haría aparecer el cadáver y pidió lápiz y papel. A la mañana siguiente confesó que Eva Perón estaba sepultada en Roma, con  un nombre falso y bajo custodia del Vaticano, y que la documentación del robo de su cadáver se encontraba en una caja de seguridad del Banco Central a nombre de un coronel Cabanillas.

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El 1º de junio, los guerrilleros le informaron a Aramburu que iban  a deliberar.  A la madrugada, el líder del operativo, Fernando Abal, le comunicó la decisión: “El Tribunal lo ha sentenciado a la pena de muerte. Va a ser ejecutado en media hora”. El general les habló de la sangre que iban a derramar, de que eran muy jóvenes para tanta maldad. A los treinta minutos lo amarraron. Pidió que le anudaran los cordones de los zapatos. Quiso afeitarse. Le respondieron que no había con qué. Entonces lo llevaron al sótano de la casa. Imploró por un confesor. La petición fue negada, pues las rutas, le informaron, estaban controladas. Lo pusieron contra una pared. “General, vamos a proceder”, le avisaron. “Procedan”, respondió.

El líder de la “desperonización” de Argentina

La llamaron la ‘Revolución libertadora’ . Con ella derrocaron al presidente Juan Domingo Perón y se dieron a la tarea de erradicar del país todo lo que en él tuviera que ver con el depuesto caudillo. Las estaciones del metro o las ciudadades con los nombres de Perón o su esposa, Evita, fueron rebautizadas, y hasta sus nombres fueron  prohibidos en las conversaciones que sucedieron al golpe de 1955.

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Tras la ‘Revolución Libertadora” se encontraba el general Pedro Eugenio Aramburu.  Nacido en la provincia de Córdoba, en 1903, formado en el Colegio Militar de la Nación, se convirtió en Comandante en jefe  del Ejército argentino en 1955. Desde esa posición derrocó a Perón, para luego declararse presidente de facto, en  noviembre de ese mismo año.

Durante los casi tres años que duró en el poder, Aramburu alineó a Argentina con Washington, en plena Guerra Fría, determinó el ingreso del país al Fondo Monetario Internacinal  y  cerró los espacios de participación al Partido Peronista.

faraujo@elespectador.com

Por Fernando Araújo Vélez

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