15 Jun 2022 - 3:47 p. m.

Sexismo: un sello de la Mara Salvatrucha y del cristianismo

Dos crónicas del portal InSight Crime relatan la transición de dos expandilleros de la Mara Salvatrucha al cristianismo. Ambas historias están atravesadas por marcadas desigualdades de género y de poder.

InSight Crime

Dos crónicas del portal InSight Crime relatan la transición de dos expandilleros de la Mara Salvatrucha al cristianismo. Ambas historias están atravesadas por marcadas desigualdades de género y de poder.
Dos crónicas del portal InSight Crime relatan la transición de dos expandilleros de la Mara Salvatrucha al cristianismo. Ambas historias están atravesadas por marcadas desigualdades de género y de poder.
Foto: Cortesía InSight Crime

Lo que comenzó como una pequeña pandilla de salvadoreños deportados desde Los Ángeles, en los 80, es ahora una de las agrupaciones criminales más grandes y temidas del mundo: la Mara Salvatrucha (MS-13). Explotación sexual, narcotráfico, secuestro, tráfico de armas, hurto, extorsión y sicariato son algunas de las actividades de la Mara, que opera en Centroamérica, México y el sur de Estados Unidos. No obstante, estas actividades no hacen de los pandilleros personajes acaudalados, pues los dineros se reparten entre decenas de homies, como se llaman entre ellos.

El portal especializado en crimen InSight Crime describe a los mareros como una organización fraccionada y heterogénea. En cada país opera en modo distinto y las agrupaciones no están necesariamente conectadas entre sí ni son conscientes de su expansión. Sin embargo, se les suele hermanar porque comparten un mismo nombre y unos rasgos estéticos y culturales similares: cubren sus cuerpos y rostros con tatuajes y tienen un código moral que avala la venganza y la sevicia.

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Cuando Carlos García, periodista e investigador mexicano especializado pandillas, estuvo en El Salvador y se adentró en el entorno de la Mara, también se adentraba en un entorno de religión. Aunque la Mara Salvatrucha es famosa por sus atrocidades y el cristianismo pentecostal, en cambio, promete una vía a la salvación del alma, García encontró que son mundos similares. A ambos los caracterizan marcadas relaciones de poder donde quienes dominan son hombres. En ambos hay abuso, discriminación y se exige disciplina e idolatría.

Estos hallazgos, nos aclara el autor, no permiten generalizar sobre la religión como institución, pero ayudan a entender a los individuos. Es por eso que la labor del periodista en esta investigación consistió en “observar la religión desde las condiciones del entrevistado, desde su contexto y desde su manera de ver el mundo”.

Con el objetivo de “conocer cómo vive un pandillero el cristianismo, las diferencias de comportamiento, trato y las reglas que aplican tanto para mujeres y hombres en esta religión y la Mara Salvatrucha”, Carlos García recogió para InSight Crime las historias de Elvis y Flaca, dos expandilleros que dejaron la MS13 a través de la fe cristiana.

El Espectador reproduce a continuación fragmentos de las dos historias.

Capítulo 1

El dominio del hombre en la Iglesia y en la MS13

Es verano y el calor en El Salvador sofoca, José Elvis Herrera Reinoso y su familia se han reunido en la choza de una anciana que padece de diabetes. Hace apenas unos días esta señora salió inexplicablemente recuperada del hospital y están alegres por este “milagro” así que han decidido celebrarle un culto.

En las iglesias proféticas o pentecostales, los cultos no necesitan lujos, ni imágenes, solo instrumentos y la voluntad de reunirse. En lo que podríamos considerar el patio de esta choza, se ha instalado una bocina, una mezcladora, sillas y una mesa con la Biblia.

De pronto comienza la música, las alabanzas y los aplausos. “Bruno”, como lo suelen llamar desde sus tiempos en la Mara Salvatrucha 13 (MS13), una de las más temidas pandillas del mundo, toma el micrófono con pasión y empieza a leer el libro sagrado.

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Las arrugas al gesticular corrugan sus tatuajes faciales. Todos alrededor cierran los ojos y gritan consignas. Están extasiados, oran en agradecimiento por el milagro que Dios derramó sobre la señora. Gritan, cantan, reflexionan y celebran la existencia de Dios.

Al final Elvis se le acerca a la señora, le unge las manos y le susurra al oído. Los dones de Dios a través de él la están sanando o al menos eso asegura él.

Tres días después la anciana fallece, eran los designios de Dios. Todo lo que hubiera sucedido, hubieran sido los designios de Dios.

Un niño ambicioso

Desde pequeño Elvis ansió poder. Tenía doce años y vivía en la ciudad de Suchitoto, en el departamento de Cuscatlán, una ciudad a donde habían llegado células de las Fuerzas Armadas de la Resistencia Nacional (FARN)– una guerrilla que surgió en la década de los 70 en El Salvador.

Ese grupo de combatientes era parte del Frente Farabundo Martí para Liberación Nacional (FMLN), la sombrilla insurgente en El Salvador, que participó en la guerra civil contra el gobierno militar durante la época de 1979 a 1992. Sus hermanos se habían enrolado en la guerrilla siendo jóvenes y Elvis ansiaba seguir sus pasos. A Elvis le fascinaba la autoridad de su hermano mayor, conocido como “Coneja”, que estaba a cargo de algunos campamentos de la guerrilla y para Elvis ese poder era atractivo.

“Yo quería meterme a la guerrilla para tener un respeto, un liderazgo”, asegura años después de que sus intentos fueran parcialmente frustrados.

De hecho, sus hermanos le impidieron que fuera combatiente y tuvo que conformarse con ser “oreja”, un escucha que proporcionaba información a los guerrilleros de lo que sucedía con los soldados en la ciudad o llevarles comida a los campamentos insurgentes.

La guerra terminó en 1992, pero sus ganas de ser líder no. Con el tiempo se sumó a una cuadrilla de rapaces pandilleros llamada La Suchi, como el nombre de su ciudad, donde fue adquiriendo gradualmente liderazgo.

La lógica consistía en atacar a otros pandilleros en otras colonias y mantener la fidelidad hasta el aguante. Aparecieron los llamados “fierros”: los cuchillos, machetes y armas de fuego. El respeto se lo ganó a base de golpes, moretones y entrega. Pero estas pandillas locales no representaban una preocupación para el gobierno nacional, al menos hasta que la Mara Salvatrucha hizo su entrada.

La primera vez que Elvis vio a miembros de la MS13 fue para inicios de los años noventa en las discotecas de San Salvador. Ahí estaban viejos fundadores como “Cachi”, “Little Man” y “Ozzy”, que parecían controlar esa área conocida como la Zona Rosa. Ellos vendían droga y su presencia generaba atracción.

(…)

Su entrega fue tanta que se tatuó la cara con las iniciales de la pandilla. Su fervor se acompañó de violencia, sufrimiento, encierro. Acató las reglas de la pandilla y su cultura, ese conjunto de conocimientos pandilleriles que exige, entre otras cosas, controlar a las mujeres como signo de dominancia y poder. La conducta sexista se volvió parte de su diario vivir.

Y hubo muchas mujeres, algo “obvio” para Elvis. Aquellos fueron tiempos de desaforados “deseos sexuales” que los satisfacía de sobra. Nadie en la pandilla se hacía responsable de una mujer, todo era impulso sexual, recuerda. Las mujeres eran un objeto de deseo nada más.

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Su trato con las homegirls – mujeres en la pandilla – siempre fue diferenciado y casi no permitía su participación. Para él, ellas representaban “muchos problemas” y las veía como un riesgo. Eran el sexo débil por lo que se podían pesetear fácilmente, es decir podrían convertirse en delatoras.

Y con estas creencias se ganó el respeto y el liderazgo a pulso, al grado de controlar varias clicas y ser reconocido en todo El Salvador. Cuando se consolidó como líder o ranflero de su clica siguió obteniendo más poder hasta convertirse en corredor de programa, es decir, en cabecilla, ya no solo de su clica, sino de un cúmulo de clicas que él mismo levantó y respaldó.

Alcanzó en la pandilla lo que tanto anhelaba.

Cara de muerte, corazón de Dios

Ya tiene más de 15 años que prefirió a Cristo sobre la Bestia, como también se conoce a la pandilla MS13, los mismos que lleva siendo parte del Ministerio Evangelístico de las Tinieblas a su Luz Admirable . Se trata de una congregación de expandilleros de diferentes iglesias que, como él, salen a predicar a las calles para apartar a la gente del pecado y de las pandillas. Lo hacen en grupo, con Biblia en mano y a través de altavoces que instalan en cualquier punto que se les ocurre. Se apasionan y gritan con voz grave advertencias y citas bíblicas. Algunas personas suelen pasar de largo, otros los evitan y unos más los alientan. En la calle los conocen como los “aleluyas”.

Aunque inició únicamente como miembro, ahora Elvis es líder de su propia iglesia, una que empezó a levantar a un costado de su casa hace nueve años. La erigió a través de donaciones y la llamó Cristo te llama al Ministerio. Cuando dice que la levantó con sus propias manos no habla en sentido figurado. Las paredes, las puertas, el suelo, la decoración y todo la ha moldeado con sus dedos en un espacio de casi 80 metros cuadrados. La decoración es modesta, no hay crucifijos ni imágenes, solo un escaño y un paisaje pintado a mano sobre el muro principal. Elvis sueña con hacerla crecer mientras habla desde su interior. Su vida es ahora la obra de Dios.

Pero para llegar hasta ese momento tuvo que recorrer un largo camino. Despues de estar más de una década sumergido en la pandilla un vació existencial lo invadió. Para 2004 Elvis sintió que había vivido tanta zozobra con la pandilla que ya no le encontraba sentido a la vida. Ser pandillero y tener autoridad le quedaban corto.

Elvis tenia claro no quería morir en la pandilla, pero un torrente de dudas lo acechaban: “¿Cómo dejar a la Mara si yo los he hecho?”, se preguntó, “¿cómo dejar a mis homeboys si todo lo que tienen, lo tienen por mí? ¿Cómo dejar las mujeres que hay en mi vida? ¿Cómo dejar las drogas? ¿Cómo dejar los vicios? ¿Cómo dejar el alcohol? ¿Cómo dejar las rentas? ¿De dónde me voy a vestir? ¿De dónde me voy a calzar? ¿De dónde va comer mi mujer? ¿De dónde van a comer mis hijos? ¿Qué van a pensar mis homeboys de mí si abandono la Mara?”.

La vulnerabilidad que se permitía sentir en esos momentos de duda no la demostraba en público. Cuando uno entra a la pandilla, uno cambia, “se vuelve más macho”, dice. La debilidad no tiene espacio y mostrarse abiertamente sensible o emocional, le resta virilidad a la persona y, por ende, a la Mara Salvatrucha.

Sentir ternura, lástima y tristeza es para el sexo femenino, por eso llaman a sus enemigos chavalas, niñas, mujeres. Y por eso todas las veces que lloró Elvis pensando en dejar la pandilla lo hizo en la soledad de su cuarto.

“Para mi era una vergüenza que un líder de la pandilla llorara enfrente de los homeboys activos. Cuando muchas veces yo lloré, lloré bajo el techo de mi casa, lloré escondidamente en el silencio de la noche, queriendo transformar mi vida”, dice años después.

Elvis quería una respuesta para todas sus preguntas y quería saber qué vendría después si se retiraba de la pandilla. Pero no encontraba ninguna respuesta que lo consolara o lo llenara completamente, y solo podía recordar todos los malos tragos que había pasado en la pandilla, desde golpizas de sus compañeros hasta las propinadas por los policías. No sabía hacer otra cosa que ser pandillero, y eso lo aterró.

Eso cambió una tarde de ese 2004, cuando estaba en su casa, mirando por la ventana desconsolado y empezó a orar, o como él lo recuerda, a hablar con Cristo.

“Te reconozco como mi salvador personal”, le dijo. Y estalló en llanto, algo que jamás se hubiera atrevido a hacer enfrente de sus homies. Temblando se tiró sobre la cama y una especie de paz lo invadió. Jesucristo había entrado en él, así lo recuerda.

“Dios físicamente trató conmigo”, asegura. Al día siguiente, empezó a asistir a La Iglesia Profética 120 en Nejapa, en San Salvador, donde se “convirtió en un siervo de Cristo”. “Ahí lo envió el Señor”, asegura.

Elvis se aferró a la iglesia pentecostal creyendo que su pasado delincuencial quedaría redimido con solo aceptar el bautismo del Espíritu Santo. La subordinación y la entrega total que exige esta doctrina es muy parecida a las exigencias de la pandilla. En ambos lados, la obediencia y los códigos de conducta son esenciales.

Y esa fue la religión a la que se acogió Elvis.

Los primeros pasos para Elvis fueron complicados, pues dejar todo lo que uno posee, aunque sea muy poco, no es fácil. Abandonar de golpe el gusto por las mujeres, el dinero fácil, el alcohol y otros vicios “costó mucho”, pero lo que más padeció fue perder el liderazgo.

“Eso era lo que nunca quería perder”, recuerda Elvis.

Termine de leer la historia de Elvis en este enlace.

Capítulo 2

La MS13 nunca será una pandilla para las mujeres

La llamaremos Flaca porque quería el anonimato. Se considera una mujer dura capaz de aguantar todo: explotación laboral, marginación, violencia intrafamiliar, hambre, desamor y hasta los secos azotes de la Mara Salvatrucha en El Salvador.

Cuando recibió los trece segundos de golpes ininterrumpidos para brincarse, o entrar, a la MS13 no estaba ni cerca de ser mayor de edad… y aguantó. Quiso que la atizaran, jamás se hubiera permitido ingresar por el llamado “trencito” o sex-in, iniciación exclusiva para las mujeres que consiste en ser penetradas por una sucesión de homies que participan uno tras otro como vagones de tren.

Más bien Flaca demostró tener ese carácter fuerte, vigoroso e inquebrantable que el imaginario pandilleril exige. No quiso dar “regalos de amor”, como ella los llama, para ser aceptada, eso hubiera significado empezar con el pie izquierdo. Así que se dedicó a mimetizarse: caminar, vestirse y hablar como uno más del barrio, al punto de no tener un aspecto demasiado masculino. Verse “machorra”, con características asociadas a un hombre, no es del agrado de los homeboys, lo que resulta una batalla compleja de lidiar.

Las homegirls “deben cumplir el mismo rol que el varón” dice Frog, un viejo pandillero, “pero que no se vea varonil”.

Encontrar ese punto cuesta.

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Es difícil saber cuántas mujeres hay en la MS13. Según varios diagnósticos académicos pueden representar hasta el 10 por ciento de la pandilla.

A los trece años Flaca decidió iniciarse por dos razones: la primera es la misma que dicen la mayoría de los hombres cuando se les pregunta por qué entraron a la pandilla y ésta es el llamado “el vacil”. El vacil es esa diversión de compañeros que se fomenta cuando fuman marihuana juntos, escuchan música juntos, y, por supuesto, pelean juntos.

La segunda y más personal fue por venganza. Flaca estaba cansada de ver a su padrastro golpear a su madre y por ende ser ella la encargada de sus dos hermanos. Ese repudio combinado con asco la orilló a buscar un espacio en el cual pudiera vindicarse no necesariamente contra su principal enemigo sino contra el mundo. Y lo encontró en la MS13 que para entonces aceptaba sin complicaciones a las mujeres.

Al terminar su iniciación Flaca recibió su taka o apodo, que tampoco revelaremos. Le inculcaron las reglas básicas del barrio: representar la pandilla en todas partes, controlar la zona y acabar con las chavalas (niñas) término despectivo que usan para referirse a sus enemigos.

La regla de oro después del brinco es clara: ver, oír y callar. Lo que sucede en la pandilla es de la pandilla y Flaca ha visto y oído mucho. Hasta hoy tiene el arrojo de confesar una parte de su pasado, pero está pávida.

Tampoco podía negar la pertenencia a la M13, abusar sexualmente o delatar porque podría ser castigada con fuertes azotes de 13, 26 o 39 segundos o hasta la muerte

Todos los líderes, o ranfleros, eran hombres, así que al ingresar a su nueva familia oyó la trillada retórica que promete a las homegirls ser tratadas igual que los hombres. Y ser respetadas y defendidas si alguien se sobrepasa. Discurso que también aclara que, si hay que jalar el gatillo, hay que jalarlo a la par “como cualquier homeboy”. Y Flaca estaba más que preparada para hacerlo.

Pero lo cierto es que no, las pandilleras jamás son tratadas por igual. Desde sus primeros pasos en la pandilla la sobreprotección que de inmediato le brindaron sus compañeros fue un acto fetichista, un cuidado escrupuloso que se obedecía meramente por su virginidad. Esa construcción social adoptada en la pandilla, en el que se le da más valor a una mujer si no ha tenido relaciones sexuales. Muchos hombres ansiaban en la pandilla ese estado y algunos querían arrebatárselo. Querían controlar su cuerpo y su deseo.

“Me cuidaban tanto que no dejaron que tuviera novio ni nada. Así eran, no permitían que saliera con nadie pues yo era virgen de todas y me crecí con clecha [aprendizaje pandilleril] de ellos que yo tenía que darme mi lugar, sino me enseñarían el respeto a la mala”, arroja Flaca años después mientras sorbe su café.

Uno de esos que tanto la protegía es actualmente uno de los líderes más importantes de la MS13 y quien además tenía la obsesión de olerle el pelo. El día que éste se enteró que Flaca había perdido su virginidad dejó de hablarle.

En la pandilla las jerarquías se ganan a base de violencia y respeto. Sin embargo, ganarse el respeto dentro de la MS13 es doblemente complicado para las mujeres. Ellas además de tener que demostrar sangre fría deben imponerse ante los atosigamientos constantes de sus colegas, quienes son los primeros en acosarlas y paradójicamente exigirles que se den a respetar.

A la vez los homeboys se enojan si sus compañeras no ponen un alto a sus tocamientos. Ellos consideran que entonces eso “les gusta” y no conforme con violentarlas, las culpan.

Así es la vida ahí adentro y pese a ello, las homegirls aman la pandilla.

Con el tiempo Flaca desarrolló una violencia impasible. Aprendió a defenderse para no dejarse. Matar fue uno de los rasgos más severos y la manera más fácil de mostrar su compromiso con la organización. En particular cogió un odio contra los violadores. Que un hombre abuse sexualmente a una mujer le hace perder los estribos, los mismos que perdió la vez que encontró a un señor abusando a una niña.

“Ese día se me despertó, se me activó el sensor”, recuerda con rencor, “lo subí a una onda como un pedestal. Ahí lo encasqueté y lo amarré. Y le dije a los bichos: ‘Tráiganme el palo de la escoba’. ‘¡No!’, me decían. ‘No’. ‘¡Cállense!’, les decía. ‘Sienta lo que sintió la niña’, le dije al hombre.

Lo puso en cuclillas y apartó a la niña.

“Le metí el palo de la escoba en el trasero y le pegué una descuachipada que respetó. Su mismo pito se le metí en la trompa”, dice algo orgullosa.

¿Lo mataste?, se le pregunta.

“Sí”.

(...)

Termine de leer la historia de Flaca en este enlace.

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