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Tormenta sobre Cristina

La presidenta de Argentina es ciclotímica, vehemente, generosa, arrogante, fóbica y fiel, de acuerdo con su biografía autorizada.

Juan Jesús Aznárez, Especial de 'El País'

12 de marzo de 2015 - 09:20 p. m.
Con 61 años, Cristina Fernández culminará su mandato presidencial en Argentina en diciembre de este año. / EFE
Foto: EFE - David Fernández
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Cristina Fernández de Kirchner llega a su despacho hacia las 7:30 de la mañana e ingiere un protector gástrico antes de comenzar la estomagante lectura de la prensa porteña y algún diario extranjero. El desayuno de la presidenta argentina es light y consiste en té con tostadas y fruta, y algún disgusto de postre. El disgusto del 18 de enero fue mayúsculo: ese día el fiscal federal Alberto Nisman, que la había implicado en una siniestra trama de encubrimiento, había aparecido muerto en su casa de Buenos Aires.

La viuda de Néstor Kirchner, que cumplió 61 años el mes pasado, vive entre la aflicción y el sobresalto de la imputación fiscal, con el rímel corrido desde que desaparecieron de portada los titulares de la bonanza, las crónicas sobre las multimillonarias ventas de grano a China y un crecimiento económico envidiable.

Pero esta no es una crónica política sino una aproximación al mundo de las emociones y antojos de Cristina Fernández, que odia las arrugas y probablemente esté añorando los tiempos del florecimiento nacional y el aplauso: la apoteosis renacentista de 2003 junto a su esposo y la feliz convivencia con el periodismo.

La presidenta se carcajea cuando le preguntan acerca de la pirotecnia registrada en las redes sociales a propósito de la exhibición de contorno, y su propensión al relleno de pómulos y rebordes labiales. De la broma a la bronca y a las frecuentes rachas de malhumor y despotismo. Casi de oficio, suele arremeter contra los diarios de Buenos Aires que le indigestan la colación mañanera y distraen al pueblo con banalidades porque rechaza sus exigencias de poderes fácticos. “Otra vez La Nación y Clarín, más impresentables que nunca. Ahora las calzas. Antes que me ponía ropa de marca”. Llueve sobre mojado en la biografía de Fernández, indisolublemente asociada a la cohabitación de sus discursos villeros y redentoristas con relojes Rolex, bolsos Louis Vuitton, zapatos de Christian Louboutin, gargantillas de Tiffany & Co. y fruslerías varias.

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Siendo Argentina un país con un freudiano culto a la belleza física, la presidenta difícilmente podía sustraerse a la tendencia de las clases pudientes a guapearse con bisturí y pedrerías. “Para ser buena política no hace falta disfrazarse de pobre”, se queja. Nunca lo hizo, ni salió a la calle sin arreglarse; ni siquiera cuando estudiaba derecho y militaba en el peronismo revolucionario de 1973 junto a Néstor Kirchner.

Las escandaleras alteran periódicamente su rutina. Fue lacerante enterarse de que la admirada Hillary Clinton había preguntado si estaba en sus cabales, y leer en periódicos de EE.UU., México, Italia y Reino Unido que despilfarró en boutiques de moda. Il Corriere della Sera asumió como auténticos dispendios falsos y tuvo que pedir disculpas y el New York Post acentuó su amarillismo al atribuirle 97.000 euros por cinco pares de zapatos en París. “El tema es cuando los propios argentinos empiezan a repetir estas pelotudeces”, lamentó un portavoz oficial.

Algunos excesos no parecen sandeces. Siempre al día, llegó a fletar un jet privado a Buenos Aires para recibir en su residencia patagónica la prensa del día, según publicó The Economist. El último alboroto no encaja. “Cristina compró hasta un millón de dólares en joyas por año”, publicó en diciembre la revista Noticias. Los columnistas de oposición avivaron la denuncia con interrogantes. Los dos periódicos de referencia esperaron a que el diario español ABC recogiera la acusación del semanario y un abogado interpusiera una demanda judicial. La fuente informativa de la revista, Sergio Hovaghimian, un exempleado de la joyería que pleitea con sus dueños acusándolos de evasión impositiva y contrabando, anunció que huye a EE.UU. temiendo por su vida.

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Perseverante en las dietas, practica el patinaje y el jogging por la quinta presidencial Olivos. “Su carácter oscila entre la pasión y la razón”, según la periodista Olga Wornat, su biógrafa autorizada. “Va y viene como una tormenta de verano. Es ciclotímica, vehemente, generosa, difícil, arrogante, vanidosa, fóbica, implacable, compasiva y fiel”, escribe en el libro Reina Cristina.

Una eminencia en viveza criolla, enardece a los descamisados de arrabal evocando el legado de la inmortal Evita y finge con profesionalidad y aplomo cuando afirma que el poder, su primer empeño, la aburre pues carece del narcisismo y la soberbia necesarios para su disfrute.

No es fácil el retrato de una mujer tan abarcadora y vehemente. Chapotea en ese mundo la biografía no autorizada de Franco Lindler, Los amores de Cristina, que se pregunta mucho sobre su vida privada, rebautiza al gallardo ministro Kicillof con el alias de “Kicilove” y promociona el morbo con insinuaciones de juzgado de guardia. Genio y figura, la presidenta aguanta la nueva tempestad pestañeando un poco, arrebatada por sus tres pasiones: la política, la imagen y sus dos retoños, Máximo y Florencia.

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Por Juan Jesús Aznárez, Especial de 'El País'

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