La muerte el pasado fin de semana de Alex Pretti en Minneapolis, estado de Minnesota, ha causado tal nivel de desconcierto en Estados Unidos que incluso la Asociación Nacional del Rifle (NRA, por sus siglas en inglés), un aliado fiel del gobierno de Donald Trump, le ha dado la espalda a la narrativa oficial. Pretti, un enfermero de un hospital de veteranos, recibió 10 disparos de agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) mientras protestaba contra la agencia en la ciudad.
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El elemento que ha dividido a la administración Trump y a los republicanos clásicos es que Pretti estaba armado. Según el fiscal federal Bill Essayli, y funcionarios de la administración Trump, cualquiera que se acerque a la policía con un arma corre el riesgo de ser abatido legalmente. Para la NRA, la declaración de Essayli trata de “demonizar a ciudadanos que cumplen con la ley” solo por portar armas, y le recuerda al gobierno que tener un arma no es una invitación a que le disparen y que es un derecho plasmado en la Segunda Enmienda de la Constitución.
Por eso, la NRA ha pedido una investigación profunda sobre el caso Pretti, señalando también, como muchos legisladores y organizaciones defensoras del porte de armas, que los videos demuestran que el enfermero fue desarmado por los agentes antes de recibir los disparos, por lo que hay una clara desproporción de la fuerza.
Con demócratas y ahora republicanos sumándose a la exigencia de controles sobre ICE y a investigaciones profundas sobre sus ataques a ciudadanos, y ante la resistencia del gobierno Trump para dar un paso atrás en sus operativos migratorios, la gran pregunta es qué queda por hacer para controlar a la que algunos han calificado como una “fuerza paramilitar de la Casa Blanca”.
La respuesta, para algunos legisladores demócratas, es forzar un cierre de gobierno esta semana, condicionando la aprobación del presupuesto federal a una reducción de los fondos de ICE y la Patrulla Fronteriza. Pero acá es cuando esa propuesta se encuentra con la crudeza del invierno.
El invierno se acerca: la tormenta Fern fue el inicio
Tan solo el fin de semana, al menos 17 personas murieron en el país por las bajas temperaturas. La situación es crítica tanto en el norte, que tradicionalmente recibe los mayores vientos, como en el sur, donde los inviernos influenciados por el fenómeno de La Niña han dejado un patrón de destrucción hacia finales de este mes y las dos primeras semanas de febrero en los últimos cinco años.
En Austin, Texas, donde se registró una de las muertes este fin de semana, la actual tormenta Fern revive el fantasma de la tormenta Uri de 2021, la cual tuvo un saldo de 246 muertes, según las autoridades texanas, y hasta 702, según otras organizaciones.
“Ha estado bastante frío para lo que usualmente está en Texas. Estamos a menos tres grados con sensaciones de hasta menos 17. Seguimos las indicaciones de las autoridades, como mantener el agua corriendo, evitar usar secadores, tener comida de microondas o tratar de economizar energía para el aire acondicionado. En 2021, cuando nos quedamos sin luz y sin agua por ocho días con nevadas, luz y agua, se acabaron los víveres. Quienes recordamos eso espantados nos estamos preparando porque corremos el riesgo de que se repita”, señaló una Mónica Gómez, colombiana migrante en Austin.
También en el sur, estados como Ohio y Tennessee han enfrentado cierres totales de la vida diaria. Casi 800.000 personas han quedado sin electricidad. Por eso, algunos gobernadores, como Andrew Beshear, de Kentucky, han solicitado ayuda de sus vecinos y han llamado a limitar toda actividad.
“Mañana por la mañana (martes) será lo peor. Hará un frío peligroso. Estar al aire libre tan solo de 10 a 30 minutos podría provocar hipotermia o congelación, así que necesitamos que todos tomen precauciones”, dijo Beshear.
En el norte las cosas no son mejores. En Nueva York, las fuertes nevadas forzaron la cancelación de unos 10.000 vuelos. El recién posesionado alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, ha adoptado medidas para evitar que las personas salgan de sus casas. En New England y Connecticut, donde se esperan acumulaciones récord de nieve con 50 cm de altura, se teme que las comunidades más rurales queden incomunicadas.
“Nos aseguramos de tener comida para los niños, combustible para los autos y velas. También ponemos cosas a refrigerar en la nieve para no gastar energía en la nevera. Todo esto afecta nuestra vida porque no podemos salir de casa, pero abastecerse es difícil. Mi hija pidió comida, como leche y pan el fin de semana, y ya estaba todo vendido en tres tiendas”, señaló Kimberlee Donahue, profesora en un colegio de Connecticut.
Con este panorama, el invierno hace que la propuesta de un cierre para presionar a un cambio en ICE no sea tan llamativa para otros legisladores. El país ya viene de un desgastante cierre de gobierno de 43 días, el mayor en la historia, una razón que ya condicionaba a algunos legisladores a no tomar partido para forzar un cierre del gobierno incluso antes del tiroteo de Pretti, según PBS. Ninguno quiere que en su distrito o estado se pase por un cierre extendido de nuevo, especialmente en estas condiciones.
Aunque el Departamento de Agricultura fue financiado por una medida anterior, lo que significa que un cierre no debería detener la asistencia alimentaria esta vez, si el gobierno cierra ahora, los fondos de emergencia para combustible de calefacción y maquinaria pesada de despeje se detendrían en el peor momento posible.
¿Cerrar o no cerrar?
Los demócratas se encuentran en un dilema: cerrar el gobierno representa la única oportunidad para poner freno a las acciones de ICE, pero hacerlo también implica poner a la ciudadanía en una posición de fragilidad. Y ambas posturas tienen un costo político enorme: la inacción haría que perdieran su posición en las urnas frente a un asunto impopular de la administración Trump como lo es ICE, pero si el gobierno se cierra y los estados pierden su ayuda en medio de las nevadas, también lo recordarán los votantes en noviembre.
Como si el ajedrez no fuera suficientemente complicado para los demócratas, Trump tiene otra jugada debajo de la manga. Desde que volvió a la Casa Blanca, el presidente ha reformado la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias (FEMA) para que deje de ser una agencia técnica que seguía fórmulas matemáticas (si hay X daños, se envía Y dinero) para operar bajo un filtro de lealtad.
Al reasignar a miles de empleados de las oficinas regionales estatales directamente a la sede en Washington, ahora, las decisiones no las toma un técnico en Texas o Minnesota, sino la oficina de Trump, que decide qué solicitudes firma y cuáles ignora.
Esto ha quedado claro en casos como el de Maryland, donde el gobernador demócrata Wes Moore solicitó ayuda en julio pasado tras las inundaciones en el estado. Trump rechazó la ayuda usando tecnicismos legales como que los daños estaban por encima del umbral de gastos de la agencia.
Como señaló Politico, “mientras los gobernadores declaran emergencias ante la tormenta, algunos se preguntan si la Casa Blanca rechazará sus solicitudes de fondos federales para ayudar a financiar la limpieza”.
En este escenario, Trump ha logrado lo impensable: convertir el invierno en su mejor aliado político. Si los demócratas apagan el gobierno para castigar a ICE, el presidente podrá encender los generadores de FEMA solo donde le convenga, presentándose como el salvador de sus aliados y dejando que sus opositores carguen con el costo político, y humano, de un país congelado.
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