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Trump pone en juego sus alianzas en un momento crucial para Estados Unidos

Cuando el país norteamericano necesitaba aciertos estratégicos, el mandatario republicano ha sacrificado el interés nacional. Bajo esa lógica, cualquier actor es susceptible de convertirse en el estado 51, en un enemigo de la democracia o puede ser nombrado guardián de la paz. Análisis.

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Alejandro González Prieto
13 de mayo de 2026 - 01:46 a. m.
Donald Trump ha implementado una política exterior agresiva e impredecible.
Donald Trump ha implementado una política exterior agresiva e impredecible.
Foto: EFE - BONNIE CASH / POOL
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El sistema estadounidense de alianzas pasa a menudo inadvertido. Cuando en 1945 los Estados Unidos escalaron a la cima del poder occidental, no lo hicieron sin ayuda.

En Washington fueron siempre conscientes de un hecho: el mundo no permite a un gobierno controlar al resto. Las potencias nucleares son varias, y el equilibrio de poder se reordena constantemente por la competencia militar, económica, demográfica y cultural. Si Estados Unidos ha consagrado su estatus, es también porque ha establecido alianzas que sostienen sus intereses.

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Las alianzas estadounidenses cimentaron una red económica y militar sin precedentes. Con alcance global consolidado, el potencial estadounidense parecía ilimitado. La superioridad les permitió surcar los mares y llegar al espacio, controlar regímenes, expandir su cultura y luchar contra el terrorismo y el narcotráfico. El éxito fue rápido: en 1991 los estadounidenses estaban solos en la cima del poder global.

Pero 70 años de dominio no son gratuitos. Hoy, el imperio muestra síntomas de crisis. Su poder está estancado; su economía, en riesgo, y su mayor rival, China, crece a desafiantes pasos de gigante.

Los signos son claros. La actividad militar estadounidense se encuentra hiperextendida, sostenida por un mastodóntico e injustificable gasto. Los costes se han multiplicado, y la superioridad militar no ha provocado triunfos en Afganistán, Irak e Irán. En paralelo, China emerge como un competidor temible: ha reforzado su Ejército, es líder en tecnología y ha formado un sistema alternativo de alianzas, recabando apoyos entre los adversarios de Estados Unidos. En Europa y Latinoamérica, tradicionales socios de Washington, la influencia china es ya inevitable.

Los estadounidenses buscan un giro estratégico y así lo reconoce la Estrategia de Seguridad Nacional. El objetivo es reducir costes, consolidar su poder y concentrar esfuerzos en el desarrollo nacional. Este camino requiere aciertos: si Washington busca retirarse del mundo para replegarse en América, es clave para sus intereses dejar detrás una red de aliados fiables, persuadidos por salvaguardar los suyos.

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Esta necesidad tiembla con la llegada de The Don a la Casa Blanca. En su segundo mandato, Trump ha implementado una política exterior agresiva e impredecible. En lugar de continuar el repliegue, ha tomado decisiones poco estratégicas, no correspondidas con las prioridades nacionales. Los ejemplos son abundantes: el intento de anexión de Groenlandia, la captura de Maduro, la guerra contra Irán (…). En ninguno de dichos movimientos parecía haber definición de los objetivos, ni de los resultados que marcarían la victoria. A esto se añade una deriva aislacionista: solo en enero de 2026, Trump retiró a Estados Unidos de 66 organizaciones internacionales, alejándose del sistema que apoyaba su influencia global.

Si el momento de Estados Unidos ya generaba inquietud entre sus aliados, Trump la ha acrecentado. Solo es necesario observar la situación de sus aliados.

Los Estados del golfo Pérsico (Emiratos Árabes Unidos, Baréin, Catar, Arabia Saudí, Kuwait y Omán) han sido los más perjudicados. Antes de la guerra, su oposición al conflicto nacía de preocupaciones sobre su vulnerabilidad a ataques iraníes, sobre la capacidad de Estados Unidos de defenderles y sobre las posibles consecuencias que un Irán desestabilizado y un Israel desatado traerían a la región.

El 28 de febrero, Trump atacó a Irán sin prevenir a sus aliados. La guerra confirmó sus miedos: han recibido la mayoría de los misiles iraníes, y Estados Unidos demostró su incapacidad de defenderles militarmente. Al contrario: las bases americanas, que prometían protección, han atraído ataques a su territorio.

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Como consecuencia, la guerra ha debilitado su modelo económico: la seguridad y el aislamiento geopolítico, bases del comercio y el turismo regional, tardarán años en recuperarse. Mientras, los Estados del golfo observan cómo Israel, iniciador del conflicto, recibe la protección de la que ellos carecen. Cuando Estados Unidos abandone Oriente Medio, estos países lidiarán con un Irán revanchista, con voluntad de recuperar su influencia regional.

En el centro de la trampa de Tucídides aparece Latinoamérica. Es la región más cercana, donde Estados Unidos ha proyectado mayor influencia; también donde China se ha consolidado como un gran actor en economía e infraestructuras. Quizá por eso esté en el corazón de la estrategia americana: la captura de Maduro era también una advertencia para otros gobernantes, como demuestran las amenazas a Sheinbaum y Petro. La Doctrina Donroe promete devolver a Estados Unidos su lugar en América, apoyando a gobiernos afines y castigando a los adversos. El recuerdo de injerencias pasadas, que tanto cercenaron la política latinoamericana, recorre hoy los gobiernos del continente, que habrán de moverse estratégicamente entre dos superpotencias.

Europa ha decidido ya su nueva dirección. Las disputas frente a Estados Unidos son innumerables. Trump ha sometido al continente a duros aranceles, ha retirado su apoyo a Ucrania, ha declarado simpatías con Rusia y ha buscado anexar Groenlandia. Ha amenazado también con retirar las tropas que operaban en Europa, y amenazó a quienes no apoyaron su operación en Irán. El reto europeo no es menor: ¿cómo situarse entre dos potencias sin perder influencia ni exponerse a un conflicto? La respuesta ya está en marcha: la autonomía estratégica de la Unión Europea es el camino elegido por Bruselas. Los europeos buscarán depender de sí mismos, protegidos de la inestable relación transatlántica.

Cuando Estados Unidos necesitaba aciertos estratégicos, Trump ha sacrificado el interés nacional buscando el rédito electoral cortoplacista. Ha convertido al país en un enfant terrible, opositor del orden internacional, con quien las negociaciones y los acuerdos no albergan validez. Bajo su gobierno, cualquier actor es susceptible de convertirse en el estado 51, en un enemigo de la democracia o ser nombrado guardián de la paz. La retirada de los recursos americanos podría no compensar los riesgos de una alianza así.

En el horizonte aparece China, presentándose como un socio estable y predecible. Cuando una potencia emergente desafía a una dominante, el tablero geopolítico tiembla y el riesgo de guerra aumenta. Es entonces cuando los actores menores calculan sus estrategias.

Cuanto más se acerque China a Estados Unidos, más obligará al mundo a replantearse su posición. Si el Gobierno estadounidense no mantiene sus alianzas, podría descubrir demasiado tarde que no retiene su estatus de potencia global.

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