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Trump se enfrenta a la decisión de iniciar una guerra terrestre en Irán

El presidente Trump hablará el miércoles sobre la guerra en Irán. ¿Anunciará una operación terrestre? Los riesgos de esta medida son enormes.

David E. Sanger y Tyler Pager | The New York Times

01 de abril de 2026 - 06:00 p. m.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, dará un discurso sobre Irán este miércoles, 1° de abril.
Foto: EFE - AARON SCHWARTZ / POOL
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La guerra en Irán ha entrado en su segundo mes sin que se hayan programado aún negociaciones entre los principales combatientes, y el presidente Donald Trump se enfrenta a varias decisiones interrelacionadas que determinarán cuánto tiempo permanecerán las fuerzas estadounidenses implicadas en la batalla, y con qué tipo de riesgos.

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La elección más apremiante parece ser si debe reducir sus objetivos bélicos con la esperanza de impulsar un acuerdo negociado con un nuevo conjunto de dirigentes iraníes. Cuando habló con los periodistas el domingo por la noche a bordo del Air Force One, Trump calificó a los dirigentes iraníes de “un grupo de personas totalmente distinto” que “han sido muy razonables”. (Su secretario de Estado, Marco Rubio, se mostró bastante más escéptico). Como bien sabe Trump, para llegar a un acuerdo hay que dar y recibir, aunque en general no le gusta que lo vean cediendo ni un ápice.

Pero si los iraníes siguen rechazándolo, y afirmando como hicieron el lunes que no hay nada de qué hablar hasta que Estados Unidos e Israel dejen de bombardear territorio iraní, tendrá que tomar otras decisiones.

Con más de 4000 infantes de marina y la 82.ª División Aerotransportada a punto de llegar a la región, Trump puede respaldar con fuerza su amenaza de tomar las instalaciones de exportación de petróleo de la isla de Jarg, liberar el estrecho de Ormuz y tal vez confiscar las reservas iraníes de material nuclear casi apto para la fabricación de bombas.

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Pero los riesgos de las tres medidas son enormes. Incluso Trump admitió el domingo que, si enviaba soldados para apoderarse de la isla de Jarg, mantenerla operativa requeriría que los militares estadounidenses “estuvieran allí un tiempo”. Lo mismo ocurre con la apertura del estrecho, que los iraníes dicen ahora que es su territorio soberano, y que los barcos que quieran pasar tendrán que pagar los peajes multimillonarios que han empezado a imponer.

El control del estrecho ni siquiera era un problema hace cuatro semanas, cuando empezó la guerra. Sin embargo, el control que Irán ha impuesto sobre el tráfico marítimo ha perturbado tanto el sistema comercial mundial que ocupa un lugar preponderante en cualquier debate sobre cómo resolver el conflicto.

“El estrecho se reabrirá con el consentimiento de Irán o mediante una coalición internacional que incluya a Estados Unidos”, dijo Rubio el lunes.

Si no se consigue reabrirlo, añadió Trump en su cuenta de redes sociales, “concluiremos nuestra encantadora ‘estancia’ en Irán volando por los aires y destruyendo por completo todas sus Centrales Eléctricas, Pozos Petrolíferos e Isla de Jarg (¡y posiblemente todas las plantas desalinizadoras!)”.

Si dejamos de lado por un momento que tales ataques contra infraestructuras civiles constituirían casi con toda seguridad un crimen de guerra según los Convenios de Ginebra, Trump sabe que Irán podría contraatacar contra instalaciones similares en el golfo Pérsico, con su menguante flota de drones y misiles de alcance medio.

“Los iraníes han conseguido la destrucción mutua asegurada sin un arma nuclear”, dijo Robert Litwak, académico de la Universidad George Washington, quien ha escrito extensamente sobre el programa nuclear iraní. “Si Trump ataca la infraestructura civil iraní, Irán destruirá las instalaciones comparables de energía y desalinización del Golfo”.

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En el centro del dilema estratégico de Trump está el hecho de que, incluso después de atacar 11.000 objetivos, aún no ha logrado el tipo de cambios políticos en Irán de los que habló el 28 de febrero, al comenzar la operación. Por supuesto, aún tiene tiempo: predijo una guerra que duraría de cuatro a seis semanas, y quedan casi dos semanas en ese reloj.

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Karoline Leavitt, secretaria de prensa de la Casa Blanca, dijo a los periodistas el lunes que “el plazo de cuatro a seis semanas se mantiene”.

En caso de que tarde más, como la mayoría de los altos funcionarios admiten ahora que puede ocurrir, creen que tienen margen político para ganar más tiempo.

Pero si escuchamos atentamente a Trump y a Rubio, es fácil ver cómo se están reduciendo los objetivos.

En su vuelo a bordo del Air Force One el domingo por la noche, Trump ya se atribuyó un gran éxito, al afirmar que ya se había producido un “cambio de régimen” en Irán, aunque el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica y los dirigentes clericales sigan al mando del país.

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Sin diferenciar con claridad entre un cambio de sistema de gobierno y un cambio de dirigentes, dijo a los periodistas: “Hemos tenido un cambio de régimen”, y añadió: “El régimen anterior fue diezmado, destruido, todos están muertos. El siguiente régimen está casi muerto”. Y sostuvo que Irán estaba ahora bajo el control de un “tercer régimen”, que participa en las negociaciones. No instó al pueblo iraní a sublevarse, como hizo cuando empezó la guerra hace un mes, para tomar el poder y derrocar a su gobierno, lo que constituiría un verdadero cambio de régimen.

Rubio, por su parte, publicó en la cuenta de redes sociales del Departamento de Estado un grupo reducido de metas, junto con lo que parecía ser una pulla a los medios de comunicación que han señalado los cambios de objetivos.

“Deberían anotarlos”, escribió, antes de enumerar cuatro objetivos: destruir la fuerza aérea y la marina, “la disminución severa de su capacidad de lanzamiento de misiles” y “la destrucción de sus fábricas”. Pero no hizo ninguna referencia a la eliminación de la capacidad nuclear de Irán —el objetivo ostensible inmediato del lanzamiento del ataque— ni a la protección de los manifestantes iraníes, quienes fueron masacrados en las calles en enero, lo que llevó a Trump a declarar que la ayuda estaba en camino. Tampoco hizo, en esa lista, referencia alguna a la reapertura del estrecho de Ormuz.

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Unas horas más tarde, Leavitt ofreció su propia lista. Añadió “desmantelar su infraestructura de producción de misiles y drones, debilitar significativamente a sus apoderados en el transcurso de esta operación y luego, por supuesto, impedir que Irán obtenga jamás un arma nuclear”.

Mientras Trump se jacta de que los dirigentes iraníes suplican llegar a un acuerdo, algunos altos funcionarios del gobierno de Trump restan importancia en privado a los avances diplomáticos. Los funcionarios dijeron que los intercambios se describían mejor como “conversaciones” en esta fase que como “negociaciones” formales.

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El ministro de Asuntos Exteriores de Pakistán, Ishaq Dar, dijo el domingo que su país sería la sede de conversaciones entre Estados Unidos e Irán en los próximos días, aunque funcionarios estadounidenses dicen que no se ha programado ninguna reunión. El martes, Dar viajará a Pekín para asegurarse el respaldo chino a un marco que acoja las conversaciones entre Estados Unidos e Irán.

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La visita a Pekín se produce tras una segunda ronda de consultas celebrada el domingo entre los ministros de Asuntos Exteriores de Pakistán, Arabia Saudita, Turquía y Egipto, una agrupación que se ha reunido dos veces en 10 días mientras las potencias regionales buscan una forma de contener un conflicto cada vez más amplio.

El vicepresidente JD Vance, de quien se espera que participe en cualquier reunión cara a cara si se confirma alguna, tiene previsto viajar a Hungría la próxima semana para mostrar su apoyo al primer ministro Viktor Orbán. Algunos funcionarios han dicho que ese viaje podría incluir otra parada para negociar si los funcionarios iraníes acceden a reunirse.

Trump no ha descartado aumentar la agresión militar en caso de que se le siga resistiendo una solución diplomática. Pero mientras el presidente se enfrenta a los desafíos internos derivados de la guerra, exacerbados por un cierre parcial del gobierno, algunos de sus aliados esperan que encuentre un final al conflicto dentro de su plazo de seis semanas.

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Y para hacer frente a algunos de esos retos económicos, Trump podría pedir a los países árabes que le ayuden a cubrir los costos asociados a la guerra. Cuando un periodista señaló que Kuwait, Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos habían ayudado a pagar la guerra del Golfo a principios de la década de 1990, y preguntó a Leavitt si Trump quería un acuerdo similar, dijo que el presidente estaba “bastante interesado” en ello.

“No me adelantaré a él en eso”, dijo. “Pero desde luego es una idea que sé que tiene y algo sobre lo que creo que oirás más de él”.

*Salman Masood colaboró con reportería desde Islamabad, Pakistán.

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