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Una guía sobre el Brasil que dibuja “El Agente Secreto” de Kleber Mendonça

Lo más absurdo en la historia de El Agente Secreto ocurrió de verdad: la anécdota de la “pata peluda”. El resto de elementos son tomados de la realidad de Brasil de ayer y de hoy.

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Camilo Gómez Forero
05 de marzo de 2026 - 02:57 p. m.
Kleber Mendonça Filho ataca la dictadura militar brasileña en 'O Agente Secreto' (en la imagen), que se llevó el premio a mejor dirección en Cannes.
Kleber Mendonça Filho ataca la dictadura militar brasileña en 'O Agente Secreto' (en la imagen), que se llevó el premio a mejor dirección en Cannes.
Foto: EFE - Elástica / La aventura
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El cine de Brasil continúa atravesando un momento dorado. Tras la consagración mundial de Walter Salles, director de Aún estoy aquí, en 2025, ahora el turno ha llegado para Kleber Mendonça Filho, otro cineasta brasilero con una inmensa trayectoria que busca filtrar una propuesta disruptiva para lo que ha sido el cine político latinoamericano en relación con el mercado internacional en los últimos años.

A diferencia del canon tradicional del cine de denuncia de nuestra región, muchas veces anclado en la biografía lineal o el drama judicial estrictamente histórico como en Argentina, 1985, o la misma Aún estoy aquí, Mendonça Filho apuesta por una mezcolanza de texturas. Su cine no busca la verdad en un solo gran relato heroico, sino en toda una constelación de historias mínimas, ecos del pasado y hasta mitos urbanos que, al cruzarse, logran algo más difícil de documentar.

“Todo eso forma una especie de sopa. Entendí muy joven que lo mejor del cine no es la pureza, sino la impureza. Mezclarlo todo. Un recuerdo puede venir de una película de De Palma o de un comercial de televisión de 1979 con un jingle maravilloso. Las ideas promiscuas me parecen más interesantes. El cine puede ser muchas cosas a la vez”, le dijo el director a la revista Rolling Stone.

Mendonça Filho hace un gran retrato de Brasil de finales de los 70 con El Agente Secreto. Pero hay tantos subtextos en la trama, tantas referencias a la cultura dentro de la dictadura brasileña, que me habría encantado saber más de la historia del país antes de entrar a la sala del cine. Esto no quiere decir que desconocer esas historias haga que uno no se goce la película. De hecho, lo más envolvente del filme es lo poco que sabemos de la trama y su protagonista.

El Agente Secreto es, ante todo, un misterio detectivesco del que vamos recibiendo cápsulas de información sobre la identidad y misión de nuestro “detective”. Un rompecabezas que armamos con el paso de los capítulos. Y eso lo hace muy entretenido.

Por eso mismo, describir la atmósfera de la película con detalle para que se disfrute más, sin arruinarla y dar detalles sobre ese misterio, es todo un reto. Pero uno necesario para quienes quieren entenderla mejor.

Una guía sobre el Brasil de El Agente Secreto

Lo único estrictamente apegado a la historia real en la película es lo que parece más absurdo: la anécdota de la “pata peluda”. En 1975, mientras la dictadura arreciaba en Brasil, en Recife surgió una leyenda urbana sobre una pierna solitaria que aparecía en las noches para agredir a la gente.

Luego de escuchar los rumores, el periodista Jota Ferreira reportó el ataque a una mujer en un barrio de Porto do Recife, que en Colombia conoceríamos como “zona de tolerancia”. La prensa sensacionalista y la radio se obsesionaron con el tema, y esto alimentó la historia hasta lograr que las familias se encerraran temprano por miedo a la aparición.

El director, que vivió el mito como un niño de nueve años, rescata la explicación que circulaba en la época entre quienes leían entre líneas: la pierna era una forma segura de denunciar los ataques de la dictadura contra minorías, homosexuales y jóvenes. No se podía escribir sobre la represión estatal, por lo que culpaban a esta leyenda urbana de los golpes que recibía la gente en la oscuridad.

Ahora, con el resto de elementos que toma la película, hay que destacar esa lógica distorsionada en el Brasil de la época que captura desde el inicio: en la escena hay un cadáver en la calle. La policía llega a la escena, pero ignora el cadáver. En su lugar, se concentra en investigar a un viajero sospechoso. ¿Por qué no se fijaron en el cadáver?

Bajo la dictadura de Brasil, el sistema dejó de investigar crímenes comunes para perseguir “crímenes de pensamiento”. El Acto Institucional Número Cinco, comúnmente conocido como AI-5, uno de los actos institucionales instalados por la dictadura militar en los años posteriores al golpe de Estado de 1964, suspendió la mayoría de los derechos civiles y permitió la institucionalización de la detención arbitraria, la tortura y las ejecuciones extrajudiciales por parte del régimen.

El Estado no buscaba criminales, sino “subversivos”, por lo que ver en la calle a un cadáver no resultaba tan llamativo para la policía como un ciudadano sospechoso de ser de izquierda. Se estima que más de 50.000 personas fueron víctimas de la dictadura sólo en su primer año, según la Comisión de la Verdad.

En medio de la persecución, miles de personas se refugiaron en aparelhos. Eran apartamentos de clase media, casas con jardín descuidado o habitaciones en edificios del centro de lugares como Recife que fingían una normalidad absoluta para no despertar el olfato de los vecinos.

Una regla de oro era nunca dejar las luces encendidas hasta tarde ni abrir las cortinas por completo. El exceso de privacidad era, paradójicamente, lo que despertaba la sospecha de los vecinos

Vivir en un aparelho exigía una disciplina conventual: no había que asomarse por las ventanas, no recibir visitas, mantener el volumen de la radio bajo y, sobre todo, construir una identidad de superficie que borrara cualquier rastro de militancia.

Cambiar de identidad no era solo tener un carné falso. Los militantes debían someterse a cambios físicos radicales, como teñirse el pelo con agua oxigenada, dejarse o quitarse el bigote, o usar gafas de montura gruesa sin aumento para endurecer las facciones. Y a menudo se usaban nombres comunes para pasar desapercibidos en los registros de trabajo.

En los archivos de la dictadura, se registran casos de militantes que olvidaban su nombre real tras años de usar una identidad de papel. Pero, al principio, era todo un reto para estos sobrevivientes no voltear la mirada si eran llamados por su nombre real.

La red se completaba con los “legales”, ciudadanos que mantenían empleos y estudios reales para servir de cobertura. Eran el soporte invisible que alquilaba los apartamentos o proveía víveres, permitiendo que miles de personas sobrevivieran.

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Estos eran simpatizantes que no participaban en acciones directas. Podían ser médicos, abogados, artistas o amas de casa. Su labor era alquilar los inmuebles a su nombre, pagar las cuentas de luz y teléfono, y firmar los contratos de trabajo que servían de coartada para los “refugiados” clandestinos.

También había ayuda del exterior con organismos y hasta universidades que enviaban fondos que se camuflaban como remesas familiares o donaciones religiosas. Estos fondos pagaban los alquileres de los aparelhos.

Todos estos elementos de la dictadura están empaquetados en la película de alguna manera. Pero también hay eventos recientes, nada lejanos. En una escena, una madre, que trabaja como empleada doméstica, se enfrenta a su empleadora buscando justicia por su hija, a quien dejó morir mientras la dejó bajo su cuidado.

Esta historia también es tomada de la realidad. Ocurrió en 2020, cuando Miguel Otávio Santana da Silva, de 5 años, murió al caer de un noveno piso mientras estaba bajo el cuidado de Sari Corte Real, empleadora de su madre. En este caso, la justicia también estuvo amañada. ¿Por qué incluir este episodio en la película? Mendonça Filho no hizo solo una historia que reúne lo más difícil de la dictadura, sino su legado.

Como él mismo escribió “fue mientras escribía el guión que me di cuenta de que el conservadurismo brasileño del siglo XXI era una versión optimista y nostálgica de la dictadura cívico-militar del siglo XX. La dictadura no sólo retrasó el desarrollo de la sociedad brasileña al menos 30 años, sino que también dejó a millones de brasileños confundidos sobre lo que significa vivir en un país moral y democrático”.

El Agente Secreto nos recuerda que la dictadura no fue un paréntesis, sino un molde que deformó la moral democrática del país. Hoy Brasil es un país que todavía intenta reconocer su propio rostro en el espejo. Un país que durante décadas intentó aplicar una política de “pasar página” sin haberla leído primero. Lo que estremece hoy es el silencio de quienes, cincuenta años después, siguen pretendiendo que en las calles de Recife no pasó nada.

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