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Vecinos cordiales, pero distantes

Brasil y Colombia se acercan a la esperanza de una relación económica más profunda. Comparten la frontera amazónica, lo que le da a la relación bilateral un carácter geoestratégico.

Beatriz Miranda Cortés*

06 de octubre de 2015 - 10:37 p. m.
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Treinta años después del inicio de la transición a la democracia, el gigante suramericano intenta equilibrarse. El contexto doméstico de Brasil es complejo: un gobierno con bajo nivel de gobernabilidad, una oposición que solo vislumbra las elecciones de 2018, manifestaciones populares que en un país de más de 200 millones de habitantes no pueden calificarse como masivas, un gobierno sin articulación política con el Congreso, recortes en el área social y en la política exterior y un partido oficialista –Partido de los Trabajadores– a la deriva.

Después de la ajustada victoria de la presidenta Dilma Rousseff en 2014, la crisis doméstica disminuyó la importancia de los logros de las últimas décadas: la lenta y gradual transición hacia la democracia y la Constitución de 1988; el largo período de estabilidad macroeconómica, la disminución del hambre, de la pobreza y del analfabetismo, la democratización de la educación superior. El mercado interno también se fortaleció. También se olvidó la relativa autonomía política del país, el sueño de una América del Sur unida, y el anhelo de participar de la construcción de un mundo multilateral. Para muchos, un anacronismo del Partido de los Trabajadores y para otros un devaneo sobredimensionado de Brasil que a pesar de ser considerado un jugador global aún es un país en desarrollo.

La crisis de 2015 tiene sus antecedentes en la recesión mundial de 2008, iniciada en Estados Unidos y Europa, la desaceleración de la economía china, con un severo impacto sobre la economía brasileña y en la crisis política provocada por las denuncias de corrupción que involucran a políticos y empresarios –la Operación Lava Jato–, el mayor escándalo que ha sido investigado en la historia republicana del país.

No obstante, Brasil es un país continental, con 16.885 km de frontera en paz, se ubica entre las siete economías más grandes del mundo, es responsable por más de 50 % del PIB de América del Sur. Tiene un comercio internacional y una pauta de exportación diversificada, es el mayor socio comercial de China y de Alemania en América Latina, tiene un comercio significativo con Estados Unidos y 25 % de su comercio se da con la región. Posee uno de los mercados más atractivos, pese a la baja de la inversión extranjera en los últimos años, y tiene actualmente una de las clases obreras más significativas y más activas del mundo.

A pesar del intento de ajuste fiscal, de una demorada reforma ministerial y de falta de evidencias jurídicas que pueda implicar directamente a la presidenta Dilma Rousseff en el escándalo de corrupción de Petrobras , segmentos distintos de la sociedad brasileña han evocado el impeachment (juicio político y posible destitución) y han promovido un ininterrumpido juicio popular y mediático al Partido de los Trabajadores.

El Brasil de 1992, no es el Brasil de 2015, y ojalá no sea el Brasil de 1964. A pesar de disminuir el hambre y la miseria ni el PT ni sus antecesores se esforzaron por liberar a Brasil de sus otras miserias; por ejemplo, la intelectual y la limitada formación política de su población, de modo que esta joven democracia fuera ejercida de forma consciente y transparente por la mayoría de sus ciudadanos, sin las prácticas clientelistas de antaño. Aliados históricos del PT, Frei Betto afirmó que este partido se preocupó por crear consumidores, por conceder a la población los servicios básicos necesarios ¬ para vivir con relativa dignidad¬, pero no por formar ciudadanos.

La alianza obrero-empresarial tuvo vigencia mientras lo permitió la situación económica internacional: todos ganaban, incluso las mayorías, y por eso nadie investigaba a nadie aunque los indicios de corrupción ya existieran. Si se diera el impeachment Brasil quedaría en manos del vicepresidente, Michel Temer, o mejor, en las manos del Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), uno de los arcaicos del país, y de un Congreso ilegítimo, también involucrado en la Operación Lava Jato.

Por el contrario, si permanece la presidenta Rousseff, la agenda de su gobierno será cada vez más la de su opositores y cada vez menos la planteada por las bases del PT, ya que el partido perdió autonomía para gobernar.

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En este sentido, aunque la debilidad del gobierno de la presidenta brasileña sea real, el impeachment así como lo plantean tiene una matriz antidemocrática, autoritaria que ha caracterizado momentos difíciles de la historia de Brasil y por lo tanto, representaría un retroceso.

La visita de la presidenta Dilma Rousseff a Colombia no podría tener un contexto más simbólico que el actual. Brasil vive una de sus mayores crisis política, económica y ética, pero ha demostrado una extraordinaria independencia de poderes, y su lucha para preservar la conquista democrática de los últimos 35 años.

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Colombia, la segunda población de Suramérica y la segunda economía de la región, avanza en su proceso de paz, aumentas las expectativas de la construcción de un nuevo país, algo que celebra toda la región por la posibilidad de poner fin al conflicto interno más largo del continente.

En esta primera visita de Estado de Dilma Rousseff la agenda estará centrada en la profundización de la relación económica y comercial. Esta aproximación se dio desde 2005, con la firma del acuerdo de Complementación económico (ACE 59) en el marco de la Aladi, entre los miembros del Mercosur (Brasil, Argentina, Paraguay, Uruguay, Venezuela, Colombia y Ecuador) y ante la imposibilidad de un acuerdo Mercosur-Comunidad Andina

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Este acuerdo de liberalización comercial prevé la reducción a cero, de forma gradual, de los aranceles de importación de una lista de productos comercializados entre los países signatarios.

Desde entonces, el comercio bilateral pasó de 1.500 millones de dólares a más de 4.000 millones de dólares, lo que significa un incremento de 166 %, 90 % de la pauta de exportación de Brasil a Colombia se basa en productos industrializados. Aunque Colombia sea la segunda mayor economía de América del Sur, figura en séptimo lugar en el ranquin de los países que realizan comercio con Brasil.

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En la visita presidencial se espera adelantar el cronograma, que estaba previsto para 2018. Según el periódico Valor Económico, eso significaría reducir a cero los aranceles para que Colombia importe cerca de 13.000 vehículos brasileños. Además de eso, se iniciaron diálogos para un posible acuerdo de doble tributación, compras públicas e inversión extranjera.

Más allá de la creciente relación económico comercial, un factor de alta significación en las relaciones colombo-brasileñas ha sido el intercambio académico. En efecto, en las últimas décadas se evidencia en Colombia la fuerza de Brasil como un “soft power”. Los colombianos descubrieron a Brasil como destino académico y el número de nacionales colombianos, en las universidades federales, de carácter público y gratuito creció vertiginosamente, superando los países del Mercosur.

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Hasta 2013, en el marco de la Cooperación Sur-Sur, Colombia fue receptora de más de 45 % de las becas concedidas por Brasil a países latinoamericanos y africanos. La puerta de entrada de los estudiantes colombianos a Brasil es el Instituto de Cultura Brasil-Colombia, que en el transcurso de 20 años se ha convertido en el mayor y mejor Instituto de Cultura de Brasil en el mundo y en el mayor puesto realizador del examen Celpe-Bras – ertificado de Proficiencia en Lengua Portuguesa para Extranjeros–, lo que ha permitido consolidarse como un importante medio de la diplomacia académico-educativa de Brasil en Colombia.

Coherente con su convicción de crear un espacio político y económico suramericano, Brasil fundó la Universidad de la Integración Latinoamericana (Unila), creó la Universidad Federal de la Integración Latinoamericana y el Instituto Mercosur de Estudios Avanzados (IMEA), ambos con sede en Foz de Iguazú. La Unila tendrá diez mil estudiantes en cursos de pregrado, maestría y doctorado, 50 % brasileños y 50 % provenientes de los países suramericanos, con una presencia significativa de colombianos.

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Por otra parte, en la medida que Colombia avanza en el proceso de paz, Brasil es visto por el Gobierno Nacional como un cooperante estratégico para el desarrollo de la agricultura en el posconflicto. Colombia contará con la experiencia de Brasil en agricultura familiar para realizar cultivos en de un millón de hectáreas. De esta forma se abre un nuevo espacio de encuentro entre ambos países, en uno de los temas más sensibles del posconflicto.

En años pasados, la prensa colombiana mencionó la participación de Brasil en una posible negociación con el Eln. Esa hipótesis jamás nunca fue confirmada por Brasil ni por Colombia. Mientras tanto, hay mayores convergencias entre los dos países en los ámbitos económico, comercial, académico y de cooperación productiva, lo que abre nuevas perspectivas para la construcción de América del Sur, y ratifica un pensamiento atemporal de Itamaraty: las crisis pasan y los países quedan.

 

* Analista brasileña beatrizmirandacortes13@gmail.com

Por Beatriz Miranda Cortés*

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